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domingo, 25 de enero de 2026

Christina Rossetti, En pleno sombrío invierno

    [En una encuesta de hace unos veinte años, este poema, musicado muchas veces, se consideró el mejor villancico de la historia]

    En pleno sombrío invierno, el gélido viento parecía gemir,

la tierra estaba dura como el hierro, el agua como una piedra;

había nevado, nieve sobre nieve, nieve sobre nieve,

en pleno sombrío invierno, hace mucho tiempo.

    A nuestro Dios, el cielo no pudo retenerlo, ni la tierra sostener;

el cielo y la tierra huirán lejos cuando venga su Reino.

En pleno sombrío invierno, un establo bastó

para el Señor Dios Todopoderoso, Jesucristo.

   Ángeles y arcángeles pudieron reunirse allí,

querubines y serafines abarrotaron el aire;

mientras solo su madre, en su felicidad de doncella,

adoraba a su amado hijo con un beso.

    ¿Qué puedo yo darle, pobre como soy?

Si yo fuera un pastor, le llevaría un cordero;

si yo fuera un Rey Mago, aportaría mi regalo;

pero lo que puedo dar se lo doy: le doy mi corazón.

                Versión original en inglés

In the bleak midwinter, frost wind made moan,

Earth stood hard as iron, water like a stone;

Snow had fallen, snow on snow, snow on snow,

In the bleak midwinter, long ago.

Our god, heaven cannot hold him, nor earth sustain;

Heaven and earth shall flee away when he comes to reign.

In the bleak midwinter a stable place sufficed

The lord God almighty, Jesuschrist.

Angels and archangels may have gathered there,

Cherubim and seraphim thronged the air;

But his mother only, in her maiden bliss,

Worshiped the beloved with a kiss.

What can I give him, poor as I am?

If I were a shepherd, I would bring a lamb;

If I were a wise man, I would do my part;

Yet what I can I give him: give my heart.

martes, 18 de febrero de 2025

Excerpta de In memoriam Arthur Henry Hallam (1850), de Alfred lord Tennyson

 ¿Están entonces Dios y la Naturaleza en conflicto,

y la Naturaleza nos da sueños tan perversos?

Parece tan cuidadosa con la especie,

tan descuidada con la vida individual,

que yo, considerando en todas partes

el significado secreto de sus acciones

y descubriendo que, de cincuenta semillas,

a menudo solo salva una,

vacilo donde pisé con firmeza,

y, cayendo con todo el peso de mis preocupaciones

sobre las grandes escaleras del altar del mundo

que descienden a través de la oscuridad hasta Dios,

extiendo las cojas manos de la fe y tanteo,

y recojo polvo y paja, y llamo

a lo que siento que es Señor de todo,

y confío débilmente en la mayor esperanza.


Canto LVI


Quien confió en Dios, fue por amor de verdad.

Y el amor fue la ley final de la Creación.

Aunque la Naturaleza, rojos sus dientes y garras,

gritó contra su credo en los barrancos.

¿Quien amó, quien sufrió males innúmeros,

quien luchó por lo Verdadero, lo Justo,

será arrastrado por el polvo del desierto

o sellado entre las colinas de hierro?


Canto CXXII


Si alguna vez, cuando la fe se ha dormido,

oigo una voz: «No creas más» y una orilla

que se rompe sin cesar y se derrumba

en las profundidades sin Dios,

un calor dentro del pecho ha derretido

la parte más fría de la razón helada,

y, como un hombre enfurecido, el corazón

se levanta y responde: «Lo he sentido».

No como un niño en duda y miedo:

ese clamor ciego me hizo sabio;

entonces era como un niño que llora,

y, al llorar, sabe que su padre está cerca.


Canto XCIX:


Sin vigilancia, la rama del jardín se balanceará,

la tierna flor revoloteará hacia abajo;

sin amor, esa haya se volverá marrón,

este arce se quemará.


Canto XXVII:


Lo considero verdadero, pase lo que pase;

lo siento cuando más dolor siento;

es mejor haber amado y perdido

que no haber amado nunca.


Canto LIV:


Así corre mi sueño, pero ¿qué soy yo?

Un niño que llora en la noche,

un niño que llora por la luz,

y sin más palabras que un llanto.


En el Canto CXXIII:


Las colinas son sombras: fluyen

de forma en forma y ​​nada permanece;

se derriten como la niebla las tierras sólidas,

se moldean como las nubes y se van.

miércoles, 27 de junio de 2018

Walt Whitman, Un momento con el viejo sabio



No dejes que termine el día 
sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, 
sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos enseña,
nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa: Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores: el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo", dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas, 
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante.
Vívela intensamente, sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron, 
de nuestros "poetas muertos", 
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros: Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...

NO TE DETENGAS del poeta Walt Whitman (1819-1892)
Versión de: Leandro Wolfson

jueves, 28 de diciembre de 2017

La carga del hombre blanco, de Rudyard Kipling, y traducción

En la ratificación del Tratado de París de EE. UU.  con España en 1898 tras la guerra, España tenía que renunciar a su soberanía sobre las Islas Filipinas. A ese efecto, el Senador Tillman preguntó:

¿Por qué nos empeñamos en imponerles una civilización que no les conviene, y que solo significa, en su opinión, degradación y pérdida de respeto propio, que es peor que la pérdida de la vida misma?

Cuatro días después, el 11 de febrero de 1899, el Congreso de Estados Unidos ratificó el "Tratado de Paz entre los Estados Unidos de América y el Reino de España" (Tratado de París, 1898), que estableció la jurisdicción imperial americana sobre el archipiélago de las Islas Filipinas , en el Océano Pacífico, cerca del continente asiático. Y Rudyard Kipling, que había compuesto este poema días antes para ofrecérselo a Roosevelt como una justificación del imperialismo  anglosajón y de la colonización, lo publicó un día antes, el once de febrero y luego lo incluyó en su poemario The Five Nations (1903). Rubén Darío lo contestó su "A Roosevelt"

The White Man's Burden


Take up the White Man's burden —

Send forth the best ye breed —

Go bind your sons to exile

To serve your captives' need;

To wait in heavy harness,

On fluttered folk and wild —

Your new-caught, sullen peoples,

Half-devil and half-child.


Take up the White Man's burden —

In patience to abide,

To veil the threat of terror

And check the show of pride;

By open speech and simple,

An hundred times made plain

To seek another's profit,

And work another's gain.


Take up the White Man's burden —

The savage wars of peace —

Fill full the mouth of Famine

And bid the sickness cease;

And when your goal is nearest

The end for others sought,

Watch sloth and heathen Folly

Bring all your hopes to nought.


Take up the White Man's burden —

No tawdry rule of kings,

But toil of serf and sweeper —

The tale of common things.

The ports ye shall not enter,

The roads ye shall not tread,

Go mark them with your living,

And mark them with your dead.


Take up the White Man's burden —

And reap his old reward:

The blame of those ye better,

The hate of those ye guard —

The cry of hosts ye humour

(Ah, slowly!) toward the light: —

"Why brought he us from bondage,

Our loved Egyptian night?"


Take up the White Man's burden —

Ye dare not stoop to less — Nor call too loud on Freedom

To cloak your weariness;

By all ye cry or whisper,

By all ye leave or do,

The silent, sullen peoples

Shall weigh your gods and you.


Take up the White Man's burden —

Have done with childish days —

The lightly profferred laurel,

The easy, ungrudged praise.


Comes now, to search your manhood

Through all the thankless years

Cold, edged with dear-bought wisdom,

The judgment of your peers!


LA CARGA DEL HOMBRE BLANCO


Lleve la carga del hombre blanco:

envíe lo mejor de su raza,

condene a sus hijos al exilio

para servir la necesidad de los cautivos;

soporte bajo pesados arneses

a gente revuelta y salvaje,

a pueblos nuevos e iracundos

medio diablos y medio niños.


Lleve la carga del hombre blanco

con paciencia, para perdurar,

para velar la amenaza del horror;

y contemple las muestras de orgullo;

con discurso franco y simple,

cien veces más claro,

para buscar el beneficio de otro

y trabajar en la ganancia de otro.


Lleve la carga del hombre blanco,

las guerras salvajes de la paz

llene la boca del hambre

y haga que cese la enfermedad;

y, cuando su objetivo esté más cerca,

el propósito buscado para otros,

contemple la pereza y la locura paganas

y conduzca sus enteras esperanzas a la nada.


Lleve la carga del hombre blanco

sin impuras reglas de reyes,

sino con el trabajo de siervos y barrenderos,

historia de cosas comunes;

y los puertos donde no entre,

los caminos que no pisemos,

vaya a señalarlos con su vida

vaya a señalarlos con sus muertos.


Lleve la carga del hombre blanco

y coseche su antigua recompensa:

la culpa de a quienes sea mejor,

el odio de los que guarde

el grito de los anfitriones

"¡eh, despacio!" hacia la luz

-"¿Por qué nos sacó de la esclavitud,

de nuestra amada noche egipcia?"


Lleve la carga del hombre blanco:

no atreverse a ser menos,

no buscar la desmedida libertad

para ocultar el cansancio

por todo lo que llora o gime,

por todo lo que se deja o se hace;

los pueblos silenciosos y malhumorados

harán pesar sus dioses sobre usted.


Lleve la carga del hombre blanco

y hágalo en los días de su infancia

el laurel de ligero proferido

y fácil el elogio sin las trabas.


Y llegue ahora, para buscar su virilidad

tras todos estos años ingratos,

aterido, y bien cubierto de querida sabiduría,

¡al juicio de sus pares!


Este poema se ganó las críticas de Mark Twain, William James y Joseph Conrad entre otros. Rubén Darío lo respondió en cierta manera con este "A Roosevelt" de Cantos de vida y esperanza (1905)

A Roosevelt

¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman, 
que habría que llegar hasta ti, Cazador! 
Primitivo y moderno, sencillo y complicado, 
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod. 
Eres los Estados Unidos, 
eres el futuro invasor 
de la América ingenua que tiene sangre indígena, 
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español. 

Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza; 
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy. 
Y domando caballos, o asesinando tigres, 
eres un Alejandro-Nabucodonosor. 
(Eres un profesor de energía, 
como dicen los locos de hoy.) 
Crees que la vida es incendio, 
que el progreso es erupción; 
en donde pones la bala 
el porvenir pones. 
No. 

Los Estados Unidos son potentes y grandes. 
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor 
que pasa por las vértebras enormes de los Andes. 
Si clamáis, se oye como el rugir del león. 
Ya Hugo a Grant le dijo: «Las estrellas son vuestras». 
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol 
y la estrella chilena se levanta...) Sois ricos. 
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón; 
y alumbrando el camino de la fácil conquista, 
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York. 

Mas la América nuestra, que tenía poetas 
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl, 
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco, 
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió; 
que consultó los astros, que conoció la Atlántida, 
cuyo nombre nos llega resonando en Platón, 
que desde los remotos momentos de su vida 
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor, 
la América del gran Moctezuma, del Inca, 
la América fragante de Cristóbal Colón, 
la América católica, la América española, 
la América en que dijo el noble Guatemoc: 
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América 
que tiembla de huracanes y que vive de Amor, 
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive. 
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol. 
Tened cuidado. ¡Vive la América española! 
Hay mil cachorros sueltos del León Español. 
Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo, 
el Riflero terrible y el fuerte Cazador, 
para poder tenernos en vuestras férreas garras. 


Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

sábado, 17 de diciembre de 2016

Epílogo, de Antonio Nobre

Corazón mío, ¡no golpees, para!
Corazón mío, ¡déjate tumbar!
Nuestro dolor, lo sé, es amargo,
nuestro dolor, lo sé, es amargo...
Corazón mío, vamos a soñar... 
Al mundo vine, pero engañado.
Estoy cansado de vivir: 
vi lo que era, estoy hastiado,
vi lo que era, estoy hastiado...
¡No golpees más! Vamos a morir... 
Llamé a la puerta de la ventura:
nadie me abrió, golpeé en vano.
¡Vamos a ver si la sepultura,
vamos a ver si la sepultura
nos hace lo mismo, corazón!
¡Adiós planeta! ¡Adiós, oh Lama! 
Que a ambos nos vais a digerir... 
Mi corazón, la vieja llama,
mi corazón, la vieja llama.
¡Basta, por Dios! Vamos a dormir...

domingo, 7 de febrero de 2016

Si... de Rudyard Kipling

Si conserváis ta calma mientras todos
la cabeza perdieron y os censuran;
si en vosotros creéis sin ofenderos
de que os pongan los otros bajo duda.
Si al mendaz toleráis sin ser mendaces;
si esperáis sin fatiga ni cansancio;
si no pagáis el odio con el odio
sin por ello adoptar aires magnánimos.
SÍ pensáis y soñáis sin rendiros a los sueños
ni convertir el pensamiento en meta;
si sabeis afrontar fracaso y triunfo
tratando de igual forma a esos dos impostores.
Si soportáis que la verdad que hablasteis
la truequen en embuste gentes necias;
si las cosas que hicisteis veis caídas
y las habéis de alzar sin herramientas.
Si cuanto con trabajo conseguisteis
a un solo golpe lo arriesgáis de suerte
y si sabéis, perdiendo, vuestra vida
hacer que de nuevo recomience.
Si vuestro corazón y vuestras fibras
servir hacéis, aun cuando estén deshechos,
y si sabéis luchar faltando todo
salvo la voluntad que dice: «Quiero».
Si frecuentando al vulgo os guardáis sabios
y si sensatos, al tratar a reyes;
si a todos apreciáis y poco a todos,
y nadie, amigo o no, dañaros puede.
Si a sesenta segundos de distancia
el minuto alejáis de odio y reproche,
vuestra es la tierra con cuanto contiene
y, lo que es más, oh, hijos, seréis hombres.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Discursos de Castelar

I

Debate sobre la libertad religiosa contra el canónigo Manterola:

«Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios y sin embargo diciendo : "¡Padre mío, perdónales, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que hacen!". Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es mas grande la religión del perdon misericordioso; y yo, en nombre de esta religión, yo en nombre del Evangelio, vengo aquí a pediros que escribáis al frente de vuestro código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad para todos los hombres».

II

Resume 80 años de monarquía en España:

«Señores –dijo–, con Fernando VII murió la monarquía tradicional; con la fuga de Isabel II, la monarquía parlamentaria; con la renuncia de Amadeo de Saboya, la monarquía democrática. Nadie ha acabado con ella; ha muerto por sí misma. Nadie trae la República; la trae una conspiración de la sociedad, de la Naturaleza, de la Historia. Saludémosla como el sol que se levanta».

III

Primer discurso de Castelar en la reunión electoral del Partido Liberal, Teatro de Oriente

Emilio Castelar [1]

[22 de Septiembre de 1854]

Señores:

Voy a defender las ideas democráticas, si es que deseáis oírlas. Estas ideas no pertenecen ni a los partidos, ni a los hombres; pertenecen a la humanidad. Basadas en la razón, son, como la verdad, absolutas, y como las leyes de Dios, universales. Por eso la persecución no puede ahogarlas, ni la espada del tirano vencerlas; pues antes que el tiempo desplegara sus alas, fueron escritas en libros mas inmensos que el espacio, por la mano misma del Eterno. Así, los hombres que se pierden en el Océano de la vida, los poetas que adoran lo eternamente bello, los filósofos que leen la verdad absoluta en el puro cielo de la conciencia, no hacen más que arrojarlas en ondas de luz sobre la menta del pueblo.

Yo, señores, lleno de sentimientos, si desnudo de inteligencia, me propongo reseñar los dogmas del partido democrático, ya como principios eternos de su escuela, ya como principios de aplicación práctica en las actuales circunstancias. Convirtamos un instante nuestros ojos a lo pasado. ¡Qué espectáculo, señores, tan tremendo! ¡La imprenta, ese soldado de Dios que pelea como Ayax por la luz, encadenada al pié de los tiranos; la tribuna, providencia del pueblo, sujeta al carro del vencedor; las obras del ingenio humano proscritas porque dan generoso aliento al pecho de los oprimidos; la idea oculta en el fondo de la conciencia, estallando en el cerebro sin poder alzar su vuelo y perderse en lo infinito; la fe vendida por una cartera de ministro, y la razón y la libertad llorando en ignominioso calvario.

Todos hemos presenciado el martirio de la libertad. Bravo Murillo intentó matarla con el puñal del materialismo, sin parar mientes en que las ideas son invulnerables; Esteban Collantes la insultó con sus sarcasmos; Domenech fue su Judas, pues cuando la creyó vencida; no dudo un punto en venderla a los seides del absolutismo: Sartorius escribió su epitafio como antes Donoso había escrito el evangelio de la reacción, sosteniendo que la razón y el absurdo se aman con amor invencible, que fuera de las vías católicas nada hay tan despreciable como el hombre; que el Siglo XVI con su inquisición y sus frailes, es el ideal de la sociedad; que debíamos por nobleza amar la dictadura del sable: que la humanidad es la concentración de todos los deberes y la teocracia el mas perfecto de todos los gobiernos. ¡Insensatos! No sabían que negando la libertad negaban al hombre, cuya esencia no es sin la libertad; que negando la razón negaban a Dios, cuya existencia no se comprende sin la razón... Pero hacían bien. Negando al hombre, negaban: al eterno enemigo de sus conjuraciones; negando a: Dios, negaban al aterrador espectro de sus conciencias.

(Aquí el orador empezaba hablando de la libertad de cultos; pero nos hemos visto obligados a suprimir toda esta parte del discurso, por respeto a las leyes vigentes)

Enseñad a un hereje nuestras catedrales: mostradle sus arcos sosteniendo las bóvedas sembradas de lámparas como el cielo de estrellas; la cúpula que se lanza a lo infinito y se pierde en los arreboles del aire; el santuario irradiando divina luz; las vírgenes trazadas por el pincel de nuestros artistas, subiendo al empíreo en atas de los ángeles, cuyo pecho agita el soplo del amor divino; los doctores leyendo eternamente la verdad absoluta en sus libros de piedra; los héroes descansando en los sepulcros, sobre cuya losa se cierne la bienaventuranza: hacedle oír las notas del órgano que como rocío de vida anima estatuas y columnas; el cántico del sacerdote, que parece eco perdido de las armonías que forman las esferas: y bien pronto flaquearán sus rodillas, se estremecerá su conciencia, cayendo de hinojos ante la realidad de un Dios que se revela bajo los tres eternos atributos de la divinidad, que son la virtud, la ciencia y la hermosura. Condenarle a no ver tanta maravilla, es lo mismo que arrancar los ojos al ateo para que no mire al cielo.

Señores: Para hacer nuestra revolución verdaderamente popular, es necesario que consagremos de una manera absoluta los derechos del pueblo. Señores, no es mi propósito desencadenar las pasiones, ni mi objeto oponerme a la triunfal carrera del gobierno; pero si me lo permitís, hablaré con la prudencia que cumple a la libertad de mi sentir respecto a los gobiernos doctrinarios. Hace ya largos años que un hombre encerrado en el secreto santuario de su propia conciencia, se propuso regenerar el mundo científico, abriéndole horizontes infinitos. Este hombre se llamaba Descartes. El demostró que la humanidad era al mismo tiempo objeto y sujeto de la ciencia, y que debemos reconocer por único criterio científico la razón, cuyo destino es herir a la autoridad, como el rayo del cristianismo hirió los ídolos del Capitolio. Estas ideas descendieron bien pronto de la mente del filósofo a la conciencia del pueblo; porque la Providencia difunde con su divino soplo en los entendimientos los principios salvadores que han de regenerar a las naciones. Entonces, entre el principio basado en las leyes del tiempo y el principio basado en las leyes de la razón, se entabló una contienda que pone espanto en el ánimo; pero no olvidéis que se desencadenan en la historia tempestades necesarias, que agitan horriblemente la atmósfera, sin romper por eso la cadena que une a la tierra con los mundos. Entonces el pueblo pro¬nunció en su triunfo esta palabra, que no han podido borrar nunca los gobiernos: Per me Reges regnant. El antiguo principio de autoridad subió sin comprender su ruina del sólio del poder al sólio del cadalso; mas después, por razones que no es del momento referir, se firmó un pacto entre la autoridad vencida y el pueblo vencedor, pacto que ha sellado generosa y noble sangre. Pero este pacto ha sido mil veces rasgado, y no es parte a salvarlo la espada de la fuerza, pues lo aniquila hoy la espada de la justicia. Y si no, poned frente a frente dos principios antitéticos por naturaleza, y veréis como son contradictorios por consecuencia. El principio de autoridad solo luce el día de la reacción, como el principio de la libertad solo luce el día de las revoluciones. Cuando triunfa el primero, condena a su contrario al ostracismo, pone mordazas en sus labios, grillos en sus plantas, lo arrastra por el Iodo, fabrica para él sus cárceles y le asesina con la espada de la dictadura. Cuando triunfa el segundo, suele ser, como en la revolución de julio hemos visto, más generoso con su enemigo, porque es más fuerte. ¿Por qué, me diréis, el principio reaccionario es tan tenebroso, y el principio liberal tan sublime? Porque el primero es un principio muerto, que si respira, respira el mefítico aire de las tumbas: y el segundo es un principio lleno de vida, puesto en el trono de la humanidad por la inflexible lógica de Dios, que se manifiesta centellante en la historia.

Esto mismo explica cómo en algunas épocas instituciones sagradas, venerandas, caen en manos de ciertas personas que afrentan a los siglos y manchan a los pueblos. Los hombres no son mas que puras formas do las ideas. Cuando una idea generosa y levantada, como la idea liberal, agita la conciencia de la humanidad, y se presenta a recoger los trofeos de su victoria, tiene poder para sacar centellas de misteriosa luz de los abismos del tiempo y del seno de la conciencia, y Rousseau y Kant son sus profetas; Mirabeau, Verngiaud sus sacerdotes; Andrés Chernier y Byron sus cantores; madama de Stael y de Rollaud sus heroínas; y Hoche y Napoleón son sus soldados; pero cuando una idea condenada por Dios como la idea absolutista, se empeña en vivir entre los hombres, sus símbolos se llaman Carlos IV, Fernando VII, Fernando de Nápoles y Napoleón el chico.

Señores la revolución no puede ser popular si el sufragio no es amplio; mejor diré, si no es completo. Dicen que el pueblo no conoce sus derechos. ¡Ay! el jornalero que abandona su hogar, desoye el lloro de mujer y de sus hijos, únicos lazos que le atan a la tierra, se lanza a la calle ofreciendo desnudo pecho al plomo asolador del despotismo, lucha con denuedo y muere con gloria, el pueblo siempre esclavo, ¿se verá halagado el día tremendo de las contiendas sangrientas, y vilmente proscripto el día feliz de las contiendas legales?

¿Su voz no ha de resonar sino entre el estruendo de las fraticidas armas, y su majestuosa figura no ha de lucir sino al pálido resplandor de las hogueras? El pueblo da su vida por la libertad pero no puede dar por la libertad su voto; ¡qué sofisma!

Dicen que no es ilustrado; no lo creáis. Si no temiera cansaros, desenvolvería una teoría a mi entender lógica y razonable; pero renuncio a ello por el temor de seros inoportuno. El señor Castelar: No tengo derecho a distraer por tanto tiempo la atención del auditorio. Señores, la humanidad es como él hombre. Tres facultades intelectuales descubrimos en el hombre; la sensibilidad que le relaciona con el mundo exterior; la inteligencia, esfera donde se forman las nociones; y la razón, último extremo de nuestras facultades, hermoso templo de las ideas.

A estas tres facultades pertenecen tres periodos históricos. Cuando la sensibilidad predominó en los pueblos, el feudalismo los cautivó amedrentándolos con su tajante espada y deslumbrándolos con su colosal poder; pero cuando la inteligencia dominó a la sensibilidad, la tiranía perdió su fuerza, los magnates perdieron sus fueros, y el trono, institución veneranda, institución antiquísima, concentró en sí todos los derechos; hasta que la razón, soberana del mundo, levantó el pueblo al absoluto ejercicio de la soberanía que por derecho le corresponde. Señores: ¡el pueblo del siglo XIX no es ilustrado! Eso es mentira. Ese pueblo tiene por cetro el rayo, por mensajero el relámpago. Ese pueblo mandó un día en la Convención que la victoria le obedeciera, y le obedeció la victoria. Ese pueblo ha recibido la herencia de todos los siglos, y ha reconquistado con la fuerza de sus ideas la completa serie de todos sus derechos; ese pueblo, en fin, ha visto los fantasmas de lo pasado caer trémulos de espanto a sus pies pidiendo un ósculo de paz.

Necesita educación, ¡quién lo duda! He aquí, señores, el instante oportuno para hablar libremente de la libertad de enseñanza. Yo la admito como principio absoluto, yo la rechazo hoy como principio de aplicación. Señores, no dudareis que la Francia nos ha precedido en muchos periodos de civilización, aunque después haya abandonado vergonzosamente su gloriosa obra. ¿Sabéis, pues, quién defendía en Francia la libertad de enseñanza? La defendía Montalembert. ¿Sabéis quién atacaba en Francia la libertad de enseñanza? La atacaba Víctor Hugo. El mismo programa que estamos discutiendo ha comprendido esta verdad al pedir que la enseñanza sea gratuita, pues si es gratuita no puede ser libre, y si es libre no puede ser gratuita; porque ¿con qué derecho forzaríais al hombre que necesita del trabajo para vivir a que enseñase gratuitamente? Entonces el pobre pueblo, ese rey sin corona, caería en las tinieblas de la ignorancia, y de consiguiente en las cadenas de la esclavitud. Hoy las nuevas inteligencias que se despiertan a la triste lucha de la ida, deben ser educadas por el Estado y para el Estado. De otra suerte, la enseñanza vendría a parar a nuestros enemigos, y nuestros enemigos, de seguro, no le dirían al pueblo que son soldados de su inmortal cruzada el divino Homero, creador de los Dioses; Esquilo, que desafiaba a los tiranos en el campo y en la escena; Sófocles, que cantó las miserias de los reyes; el justo Sócrates; el angelical Platón; y el triste Lucrecio; no le recordarían, no, que la libertad cuenta entre sus cantores al Dante, entre sus apóstoles a Santo Tomás, y entre sus mártires a Dios.

Señores: Toda libertad no puede existir sin que tenga por límite otra libertad. Así es que la libertad de enseñanza podrá realizarse cuando la libertad de cultos sea completa, cuando la libertad de imprenta sea absoluta; y aquí, señores, llamo vuestra atención. La imprenta que, entre nosotros es una organización, un poder, debe perder esa forma, porque los poderes nos abruman. Sus ideas deben ser consideradas como ideas individuales; así, señores, la imprenta no tendrá fuerza para derribar a los gobiernos. Esto sucede en todos los pueblos libres. En Inglaterra la imprenta dice todo lo decible del gobierno sin que la sociedad se conmueva; en los Estados Unidos la imprenta sostiene todo lo sostenible contra el presidente, sin que el presidente caiga. Aquí, señores, mientras la imprenta tenga fuero propio, mientras preste un depósito, será, fuerza es decirlo, será una aristocracia; y tened entendido que siendo de esta forma, la aristocracia del capital representa por lo mismo a la mas temible y a la menos gloriosa de todas las aristocracias. Señores, yo, por ejemplo, puedo tener la cabeza llena de ideas levantadas, y el corazón rebosando en generosos sentimientos; pero como soy pobre, como no tengo dos mil duros para un depósito, me arrastraré en la impotencia y moriré en el olvido.

Señores: Solo el partido democrático puede llevar a su cima nuestra gloriosa revolución. Todos los principios que le han servido de bandera forman nuestros dogmas y nuestros principios. Yo le diría al partido progresista: ¿Qué quieres? ¿Soberanía del pueblo? Pues cédenos el puesto, porque nosotros queremos esa soberanía con todas sus lógicas consecuencias; porque nosotros damos al pueblo por corona el derecho, y por cetro la ley.

¿Economías'? Nadie sino el partido democrático puede salvaros de la bancarrota que os amenaza, porque el partido democrático, con su abnegación, realizará profundas economías sin lastimar, por eso el crédito del país, sin oponerse a todos los derechos, que son sagrados. ¿Libertad? Nosotros la alzaremos, en nuestros brazos, sin límites que la nieguen; sin barreras que la detengan, sin instituciones que la limiten. He aquí por qué la unión que proclamáis es viciosa: y esta es, la ocasión de hablar cuatro palabras sobre la encomiada unión liberal, que aquí se ha tratado de una manera lastimosa.

Las ideas no se unen, porque entre ideas opuestas no debe haber lógicamente armonía; los partidos no se unen, porque el partido que renuncia a sus ideas es apóstata. El antiguo partido liberal, por mas esfuerzos que haga, está ya muerto. Ha puesto en práctica toda la serie posible de sus ideas, y no ha podido después, señores, ni por breve espacio sostenerlas. Hoy dice que olvidemos el pasado. Un partido viejo, un partido decrépito, renuncia a la historia que debiera ser hoy su único título a la consideración de las gentes. Señores, tres Constituciones ha dado el partido liberal; la Constitución del 12, que enaltecía el principio de libertad; la Constitución del 45, que enaltecía el principio monárquico; y la Constitución del 37, término medio entre estos dos puntos extremos. Ahora bien: la Constitución del 12, que corrió azares de varia fortuna, fue rasgada por los hombres que la habían apoyado con sus ideas y defendido con su sangre: la Constitución del 37 ni fue respetada ni fue temida, y no la valió el instinto de prudencia que había presidido a su elaboración y nacimiento para libertarla, de los tremendos golpes, que ocasionaron su muerte; y la Constitución del 45, que la suprema inteligencia del partido moderado había compuesto, fue arrastrada sin piedad por sus prohombres, y conducida al abismo de su perdición por sus mismos autores. El partido liberal, está, pues, muerto; ya no hay ni puede haber en su corazón sentimientos; ya no hay ni puede haber en su cerebro nuevas ideas. Si avanza, es nuestro el triunfo; si retrocede, el triunfo es del absolutismo. ¡Qué elija! Señores: Todos dicen que nuestra patria camina a la retaguardia de la civilización. No lo creáis. España está destinada a ponerse a la cabeza del mundo. En su privilegiado suelo, bajo ese hermoso horizonte que sonríe como un ángel de paz, debe ensayar las grandes ideas que mas tarde han de realizarse en todos los pueblos de la tierra. ¿Quién puede poner en duda este privilegio, cuando Portugal nos tiende sus brazos, cuando estamos en el deber de realizar, no la unión de los partidos, sino la unión de los pueblos?

Hoy somos los soldados de la libertad, y, por consecuencia los soldados de Dios. Los individuos ensayan en sus conciencias ideas que aplican a los pueblos; los pueblos ensayan en su conciencia ideas que aplican a la humanidad. El sol, pues, el sol, sujeto en otro tiempo a iluminar eternamente nuestro suelo, bendice hoy con sus rayos de oro la bandera de nuestra victoriosa revolución, que hace estremecer de gozo a los oprimidos. Somos la nación salvadora. Si no, tended los ojos conmigo por Europa. Inglaterra ha comerciado con la libertad; Francia, levantando a los pueblos de su postración, los ha vendido en el amargo día que mas necesitaban de su espada; Alemania ¡parece imposible! Alemania, que ha pretendido la confederación universal de todos los pueblos; que ha elevado en alas de la libertad del pensamiento a todas las inteligencias a las últimas esferas de la filosofía; Alemania, patria de Schiller y de Hegel, es hoy esclava de Juliano el apóstata.

La democracia es antigua, muy antigua en nuestro suelo. Nuestros pueblos de la edad media entendían el derecho de petición mejor que lo entienden los liberales de nuestros días.

¿Sabéis donde está nuestro porvenir? Nuestro porvenir está en África. Allá deben ir nuestros ejércitos permanentes a ganar sus grados.

No olvidéis que fuimos un día pueblo civilizador. Nosotros llevamos la civilización a la América. Verdad es que América fue ingrata; pero los pueblos tienen que ser ingratos con los pueblos, para ser agradecidos con la humanidad. Un día recorrió España a la sombra del Trono, el espacio que separa Covadonga de Granada; se lanzó a lo infinito, y nuevos mundos le tributaron homenaje; pobló los mares con innumerables escuadras que merecieron tener por enemigo la cólera de Dios: que no otro pudiera vencer a la invencible. Levantó el Escorial, símbolo de nuestras instituciones, padrón de nuestras artes. ¿Pues por qué ahora con progresos mas grandes no hemos de alcanzar días mas felices?

Señores: voy a concluir, estoy muy fatigado y el auditorio lo estará también. Señores, algún día irán nuestros hijos a registrar en las páginas de la historia los colosales poderes que han vivido en apartados siglos, y les causará el espanto y la admiración que a nosotros nos causan las pirámides de Egipto; y en su espanto no sabrán que admirar mas, si la inmensa grandeza de esos poderes, o la afrentosa esclavitud de sus progenitores.

Señores: Pidamos que se realice la fraternidad entre todos los hombres, y la fraternidad entre todos los pueblos, porque todos nos encaminarnos a una patria que es el cielo. Pidamos que se realice en todas sus aplicaciones la verdad cristiana; que la Justicia sea el sol de nuestras esferas sociales; que las clases menesterosas reciban el pan de la inteligencia, no del Estado sino de la libertad de su trabajo. El trabajo, señores, que es a la propiedad lo que el cincel de Fidias es al mármol, debe recibir de la justicia la debida recompensa. En fin, señores, pidamos a Dios que Inglaterra sea verdaderamente aliada de la libertad; que Alemania, mente del mundo, nos revele nuevos misterios de la ciencia, nuevos secretos del arte; que Francia sacuda su letargo y vuelva a ser el tribuno de los pueblos; que Hungría y Polonia rasguen sus túnicas de esclavas, y que Italia, esa prodigiosa artista que regala con dulces armonías el sueño de sus señores, se levante herida de sus recuerdos y recoja del suelo la rota lanza de Bruto y Cincinnato; porque con ideas tan grandes, y con tan denodados guerreros, el triunfo de la libertad será, sí eterno.

He dicho.

EMILIO CASTELAR

1875.

[1] Nota de Castelar:

(He aquí mi primer discurso. En él se ve toda la inexperiencia de los veintiún años. Además, el día mismo que pronuncié este discurso llegué de un viaje. Un amigo me anunció la reunión del Teatro Real, que yo ignoraba. Encaminé allí mis pasos, y para hablar, solo pedí inspiración a mi amor por la libertad. Las primeras palabras fueron recibidas con un rumor sordo de desaprobación y de disgusto, pues el público estaba cansado, y era ya muy avanzada la hora. Mas a los pocos minutos comenzó ese entusiasmo que se desahogaba en aplausos, en aclamaciones, y que me interrumpía a cada instante, no dejándome con la conmoción profunda que llevaba a mi animo tan inesperada felicidad, ni tiempo siquiera para coordinar mis ideas, Solo así se explica que cometiera yo la inconsecuencia de atacar la libertad de enseñanza, que es parte integrante de la libertad, una en esencia. Ese error doctrinario prueba que yo solo escuchaba mi propio corazón, y de ninguna suerte había hecho el trabajo de sistematizar mis ideas. Hoy cuento entre las primeras libertades la libertad de enseñanza, y quiero él derecho íntegro y único, el derecho que es la encarnación de nuestra alma en la sociedad. Además, como yo no había pensado nada, no había reunido mis ideas; y saltaba de flor en flor, de pensamiento en pensamiento, arrebatado en alas de la tempestad de entusiasmo que me cercaba por todas partes. En muchas ocasiones iba a concluir, el público no lo consentía. Por consiguiente, este discurso se resiente de las circunstancias en que fue pronunciado y de la falta de unidad y de sistema en mi pensamiento.

Pero no puedo menos de recordar con gratitud lo que fue para mí aquel público, y lo que fue para mi toda la prensa. En un día me crearon un nombre que suele ser el resultado de muchos afanes, de muchos dolores, de larguísimos esfuerzos. Los innumerables periódicos que se publicaban en España a la sazón, reprodujeron mi discurso; llevaron mi palabra a las aldeas mas humildes, dijeron de mi mucho más de lo que merecía, y me crearon un nombre, empeñándome en trabajos superiores a mis fuerzas para corresponder a sus favores. La única manera con que podré expresar lo que pasaba mi alma, será reproduciendo integra la carta que dirigí a casi toda la prensa de Madrid en aquellas graves y solemnes circunstancias, carta que no desmentido ni en un tilde. Puedo asegurar hoy a mis compañeros de la prensa, que en las polémicas diarias, en el ardor de los combates, no he olvidado nunca las promesas de cariño, de amistad, guardadas en esta carta.

«Señores redactores de La Europa, El Miliciano, La Época, El Tribuno, El Esparterista, Las Cortes, La España, La Nación, El Voto Nacional, La Iberia, El Siglo XIX, La Unión Liberal, El Clamor, El Diario Español, Las Novedades, etc. etc.»

Muy señores míos: Las pruebas innumerables de aprecio que recibo de la prensa periódica, me fuerzan a mostrar mi gratitud, que no puedo de manera alguna encarecer. Llamar por un instante la atención de la prensa, es un premio que apenas acierto a creer; pero llamarla de manera para mí tan grata, es felicidad que jamás soñó en sus ilusiones mi deseo.

Yo espero que, desimpresionado el ánimo de los que me oyeron, ya por el tiempo, ya por la publicación de mi discurso, volveré a perderme en el olvido. De todos modos, estimo de mi deber manifestar, en pro de la santa causa de la libertad, que jamás se vio abnegación mas admirable, cuya grandeza sube de punto cuando se considera que recae en un joven oscuro y desvalido. Los hombres de altos merecimientos y las nuevas inteligencias, llenas de sublimes aspiraciones, que han servido a la revolución con sus ideas y con su sangre, no dudan un momento en ceder un puesto entre ellos al joven que no encuentra en su conciencia ni en su conducta mérito alguno que le haga acreedor a tan grandes distinciones. Señores redactores, yo creo que vuestros aplausos son un tributo de justicia pagado a la idea regeneradora que se adelanta majestuosamente a recoger los trofeos de la victoria. He consagrado a la libertad mi vida, y nunca retrocederé en este mi propósito. No serán bastante a hacerme ceder ni la envidia, porque me estimo en tan poco que nunca creo pueda yo inspirarla, ni la malicia que no entiendo, ni el odio, porque, cristiano de corazón y educado en la desgracia, he aprendido a amar a mis enemigos.

Creo que la juventud debe, para alentar a las naciones, traer en su razón una idea mas progresiva que las ideas adoradas por los hombres de la generación que al presente se agita, y que a su vez lucharon ardorosos con lo pasado; porque de otra suerte no puedo entender a que nos ha Dios despertado del sueño de la nada. Recibí de Dios, como todos, mi pobre inteligencia, y la recibí, aunque pobre, para la humanidad. Pienso conservarla sin mancha, para que no se aparte de su origen, y consagrarla a la democracia, para que no falle a su objeto. He ahí explicada con lealtad, con franqueza mi conducta. Señores redactores, conservaré siempre vuestros nombres en mi memoria. Debo agradecer vuestros elogios, por lo mismo que no creo merecerlos. A los periódicos de mis ideas les ofrezco mi inteligencia; a todos mi corazón. Es en verdad muy corto tal presente; pero es infinita mi voluntad e inmensa mi gratitud. Adiós, señores redactores; recibid el afecto de este vuestro S. S. Q. B. V. M.

E.C.)

domingo, 30 de agosto de 2015

Gerard Manley Hopkins, Antología

Gerard Manley Hopkins (Essex, 1844-Dublin, 1879)

Ramas de Fresno

Nada de lo que veo, rodando por el mundo, 
nutre más el espíritu o alienta hondas palabras
que un árbol con sus ramas abiertas hacia el cielo.
Estas ramas de fresno: si apretadas y firmes en invierno,
en tiernas crestas de  húmedas pestañas se despliegan
y anidan nuevas en los cielos altos.

Ellas tocan el cielo, tamborean; ¡cómo arañan sus garras
la espejeante bóveda enorme del invierno! Marzo en ellas
funde nieve y azul, y un hilo roto de verdor ajado.
Es nuestra vieja tierra aupándose, escalando a tientas
al escarpado cielo de quien nos ha engendrado.


Hurras por la cosecha

Ya termina el verano; ya en bárbara hermosura
en redor se levantan las gavillas.
Cómo va el viento. Qué amable compostura
las nubes de algodón. ¿Alguna vez formaron
más esponjosos, libres, ondulados
torbellinos de harina por los cielos?
Voy, me elevo, levanto el corazón, los ojos.
Miro toda esa gloria que en los cielos espiga al Salvador.
Y ojos, corazón, ¿qué miradas, qué labios
alguna vez os dieron, más exacta y ardiente,
respuesta a vuestro amor?
Y las lomas colgadas del azul son su hombro;
de Él, que sostiene con majestad el mundo,
robusto garañón, dulce, violeta.
Todo eso estaba aquí, mas no quien lo mirase.
Al reunirse los dos le nacen alas
al corazón y a Él corre, se levanta.
Toda la tierra es poca para alzarla a sus pies.  



El mar y la alondra

A mi lado dos sones muy viejos, inmortales.
A la derecha, olas rompen contra la playa
con un vaivén crispado o silencioso,
eterno mientras crezca la luna o se retire.

A izquierda, desde tierra, oigo subir la alondra.
Su alborotado, fresco acorde serpentea
en rizos, libre, y gira en remolinos, y derrocha
su música y la vierte, hasta agotarla toda y consumirse.

Ellos dos avergüenzan nuestra ciudad trivial.
Claman contra este tiempo turbio y sórdido.  
Y nosotros, orgullo de la vida y ansiosos de corona,

perdimos la alegría, el esplendor primero de la tierra.
Nuestro ajetreo y descanso se deshacen, y el polvo
deprisa fluye al barro original del hombre.

martes, 11 de agosto de 2015

Emily Dickinson, Antología

Bueno es soñar. Despertar es mejor...

Emily Dickinson

Bueno es soñar. Despertar es mejor
si se despierta en la mañana.
Si despertamos a la media noche,
es mejor soñar con el alba.

Más dulce el figurado petirrojo
que nunca alegró el árbol,
que enfrentarse a la solidez de un alba
que no conduce a día alguno.

 Certidumbre

Emily Dickinson

Yo jamás he visto un yermo
y el mar nunca llegué a ver
pero he visto los ojos de los brezos
y sé lo que las olas deben ser.

Con Dios jamás he hablado
ni lo visité en el Cielo,
pero segura estoy de a dónde viajo
cual si me hubieran dado el derrotero.

A una casa de rosa no te acerques...

Emily Dickinson

A una casa de rosa no te acerques
demasiado, que estragos de una brisa
o el rocío inundándola -una gota-
abatirán su muro, amedrentado.

Y atar no intentes a la mariposa,
ni escalar setos del arrobamiento.
Hallar descanso en lo inseguro
está en el mismo ser de la alegría.

 Coloquio

Emily Dickinson

Había muerto yo por la Belleza;
me cercaban silencio y soledad,
cuando dejaron cerca de mi huesa
a alguno que murió por la Verdad.

En el suave coloquio que entablamos,
vecinos en la lúgubre heredad,
me dijo y comprendí: Somos hermanos
una son la Belleza y la Verdad.

Y así, bajo la noche, tras la piedra,
dialogó nuestra diáfana hermandad
hasta que el rostro nos cubrió la hiedra
y los nombres borró la eternidad.

La tierra tiene muchas llaves

Emily Dickinson

La tierra tiene muchas llaves.
Donde no está la melodía
está la desconocida península.
La belleza es la realidad de la naturaleza.

Pero testigos para su tierra,
y testigos para su mar,
el grillo es su extrema
elegía para mí.    


A salvo en sus cámaras de alabastro...

A salvo en sus cámaras de alabastro,
insensibles al amanecer y al mediodía,
duermen los mansos miembros de la resurrección,
viga de raso y techo de piedra.

La luz se ríe de la brisa en su castillo sobre ellos,
murmura la abeja en un oído imperturbable;
trinan los dulces pájaros en cadencia ignorada,
-Ah, ¡cuánta sagacidad aquí perecida!

Solemnes pasan los años, crecientes, sobre ellos;
los mundos recogen sus arcos y los firmamentos reman,
se arrojan diademas y se rinden los dux,
tácitos como puntos sobre un disco de nieve.


***

Algunas cosas hay que vuelan
(pájaros-horas-abejorros)
de éstos no hay elegía.

Algunas cosas hay que quedan, que están ahí
(pena-montañas-eternidad)
ni éstos me preocuparon.

Algunas hay que descansando, se elevan.
¿Puedo yo interpretar los cielos?
¡Qué inmovil el acertijo yace!                              (1859)


125a

Para cada estático instante
tenemos que pagar con angustia
en aguda estremecidad cuota
por el éxtasis.

Por cada bienamada hora
penetrantes óbolos de años-
amargos debatidos centavos-
y cofres llenos de lágrimas.                                c.1859

125b

Por cada instante de éxtasis
tenemos que pagar en angustia
la aguda y trémula proporción
de éxtasis.

Por cada adorada hora
constante porción de años-
amarga disputa de centavos-
y cofres llenos de lágrimas.                                c.1859


Como los niños dicen al huésped buenas noches
y luego desganados se van -
mis flores alzan sus bonitos labios -
se ponen los camisones.

Como los niños brincan al despertar
alegres porque es la mañana-
mis flores desde mil camitas
atisbarán, y saltarán de nuevo.                              c.1859


Vine a comprar una sonrisa -hoy-
una sola sonrisa-
la más pequeña de tu cara
me agradará lo mismo -
la que nadie echaría de menos
brillaba tan diminuta-
estoy rogando en el mostrador-señor-
puede usted comprar-
tengo diamantes -en mis dedos-
¿Sabe usted qué son los diamantes?
¿Tengo rubíes-como la sangre del ocaso-
y un topacio-como una estrella!
!Podría ser "buen negocio" para un judío!
Diga -¿puedo hacerlo-señor?                                 c.1861


Mi momento había llegado para rezar -
otro arte - no serviría -
un rudimento a mis tácticas - faltaba
Creador - ¿eras tú?

Dios florece arriba -los que rezan
horizontes -debes ascender -
y yo me encaminé al norte
para ver a este curioso amigo -
su casa no estaba - ningún signo de él-
por la chimenea - no por la puerta
pude inferir su residencia -
vastas praderas de aire

Inviolada por un poblador -
fue todo lo que pude ver -
infinitud - ¿no tienes faz
para poder mirar en tí?

El silencio condescendió -
la creación se detuvo -para mí-
pero reverente más allá de mi propósito -
yo adoré - no "recé" -                                                 c-1862


La verdad -es inmutable-
otra fuerza-podrá parecernos variable-
ésta- es más digna de confianza-
cuando los viejos cedros se doblan-

y los robles entreabren sus puños-
y las montañas -débiles-se inclinan-
qué excelente es el cuerpo
que sin hueso se endereza

qué vigorosa una fuerza
que sin puntal se levanta-
la verdad se mantiene por sí misma-y todo hombre
que confía en ella-valiente se mantiene-                      c.1863


El corazón tiene muchas puertas-
sólo me basta llamar-
para un dulce "entre"
impelido a escuchar-
no entristecido por repulsión,
repitiéndome
que en alguna parte, existe,
supremacía -                                                             c.1883


La hechicería se ahorcó en la historia,
pero la historia y yo
hallamos la hechicería que necesitamos
a nuestro alrededor, cada día -                                      c.1883


!Oh futuro! secreta paz
o subterránea pena -
no hay una senda que llege vagando hasta tu gracia
que conduce lejos de tí -
ningún circuito sabio de todo el camino
descripto por hombres engañadores
para frustrarte de tu sagrada presa -
avanzando hacia tu antro -                                            c.1884


El error está en estimar.
La eternidad está ahí
la nombramos, como a una estación -
mientras está tan cerca

me acompaña en mis correrías -
comparte mi morada -
ningún amigo tengo que tanto persista
como esta eternidad

Elizabeth Barret Browning, Antología

Si has de Amarme...

Elizabeth Barret Browning

Si has de amarme que sea sólo
por amor de mi amor. No digas nunca
que es por mi aspecto, mi sonrisa, la melodía
de mi voz o por mi dulce carácter

que concuerda contigo o que aquel día
hizo que nos sintiéramos felices...
Porque, amor mío, todas estas cosas
pueden cambiar, y hasta el amor se muere.

No me quieras tampoco por las lágrimas
que piadosamente limpias de mi rostro...
¡Porque puedo olvidarme de llorar

gracias a ti, y así perder tu amor!
Por amor de mi amor quiero que me ames,
para que habite en los cielos, eternamente.


La mejor cosa del mundo

Elizabeth Barret Browning

¿Cuál es la mejor cosa del mundo?
Las rosas de junio perladas por el rocío de mayo;
El dulce viento del sur diciendo que no lloverá;
La Verdad, con los amigos despojada de crueldad;
La Belleza, no envanecida hasta agotar su orgullo;
El Amor, cuando somos amados de nuevo.
¿Cuál es la mejor cosa del mundo?
Algo fuera de él, pienso.