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domingo, 28 de junio de 2026

Eduardo Marquina, Brindis de los tercios

 BRINDIS DE LOS TERCIOS


De Eduardo Marquina, en su En Flandes se ha puesto el sol


No os preguntarán por mí,

que en estos tiempos a nadie

le da lustre haber nacido

segundón en casa grande;

pero si pregunta alguno,

bueno será contestarle

que, español, a toda vena

amé, reñí, di mi sangre,

pensé poco, recé mucho,

jugué bien, perdí bastante

y, porque esa empresa loca

que nunca debió tentarme,

que, perdiendo ofende a todos,

que, triunfando alcanza a nadie,

no quise salir del mundo

sin poner mi pica en Flandes.


¡Por España! y el que quiera

defenderla, honrado muera.

Y el traidor que la abandone,

no tenga quien le perdone,

ni en Tierra Santa cobijo,

ni una cruz en sus despojos,

ni las manos de un buen hijo

para cerrarle los ojos.

lunes, 15 de junio de 2026

Juan del Encina, ¿Qué es de ti, desconsolado, qué es de ti, rey de Granada?

 ¿Qu’es de ti, desconsolado,

qu’es de ti, rey de Granada?

¿Qu’es de tu tierra y tus moros,

dónde tienes tu morada?


Reniega ya de Mahoma

y de su seta malvada,

que bivir en tal locura

es una burla burlada.


Torna, tórnate, buen rey

a nuestra ley consagrada,

porque, si perdiste el reino,

tengas el alma cobrada.


De tales reyes vencido,

honra te deve ser dada.


¡O Granada noblecida,

por todo el mundo nombrada,

hasta aquí fueste cativa

y agora ya libertada!


Perdióte el rey don Rodrigo

por su dicha desdichada,

ganóte el rey don Fernando

con ventura prosperada,


la reina doña Isabel,

la más temida y amada:

ella con sus oraciones,

y él con mucha gente armada.


Según Dios haze sus hechos

la defensa era escusada,

que donde Él pone su mano

lo impossible es casi nada.

sábado, 17 de enero de 2026

¡Ay triste España de Caín!, por Miguel de Unamuno

 «¡Ay triste España de Caín!»

Un trozo de planeta por el que cruza

errante la sombra de Caín.

Antonio Machado


    ¡Ay, triste España de Caín, la roja

de sangre hermana y por la bilis gualda,

muerdes porque no comes, y en la espalda

llevas carga de siglos de congoja!

    Medra machorra envidia en mente floja

—te enseñó a no pensar Padre Ripalda—

rezagada y vacía está tu falda

e insulto el bien ajeno se te antoja

    Democracia frailuna con regüeldo

de refectorio y ojo al chafarote,

¡viva la Virgen!, no hace falta bieldo.

    Gobierno de alpargata y de capote,

timba, charada, a fin de mes el sueldo,

y apedrear al loco Don Quijote.

Javier Egea, poeta granadino desaparecido, Soneto "Si supieras" y otros poemas

 Soneto


Si supieras la noche que me llena,

cómo cultivo sombras en mi huerto,

como nado del mar al negro puerto

del océano triste de la pena.


Si supieras, amor, como resuena

-roto de soledad, pobre y desierto-

el acorde cansado, casi muerto

de un recuerdo de amor sobre la arena.


Si supieras, amor, como labora

el labrador de penas que me ocupa

de sol a sol, con el antiguo arado.


Si supieras, amor, que soy ahora

el jinete más gris sobre la grupa

del más triste corcel acobardado.


«Poética»

A Aurora de Albornoz


Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía

Juan Ramón Jiménez


Vino primero frívola ─yo niño con ojeras─

y nos puso en los dedos un sueño de esperanza

o alguna perversión: sus velos y su danza

le ceñían las sílabas, los ritmos, las caderas.


Mas quisimos su cuerpo sobre las escombreras

porque también manchase su ropa en la tardanza

de luz y libertad: esa tierna venganza

de llevarla por calles y lunas prisioneras.


Luego nos visitaba con extraños abrigos,

mas se fue desnudando, y yo le sonreía

con la sonrisa nueva de la complicidad.


Porque a pesar de todo nos hicimos amigos

y me mantengo firme gracias a ti, poesía,

pequeño pueblo en armas contra la soledad.


—ese pingajo de la soledad—

te derriba, te ocupa, sienta plaza en tu cuerpo

y, lo más peligroso, te alumbra, te interroga…

JE


«Itinerario»

Camina en paz, refiérelo a tu gente.

Luis de Góngora


Como quien madrugó por tantos patios

de los que muestran su belleza inhóspita,

quien tantas veces hubo de vendar

los brazos sin descanso de la esperanza

rota de tanto afán,

quien habitó sus calles,

el asombro violeta de la ciudad

cerrada ya con las primeras luces,

>como quien ha llamado a tantas puertas,

como quien sufre más de lo que puede.


Pero salgo mañana tras mañana

fingiendo saludar a las palomas en tropel,

casi sonámbulo,

viendo la muerte escrita

sobre los paredones

y los emblemas de sus dueños:

Ellos, los asesinos,

nos fueron invadiendo con lluvias y con sapos,

anegando las últimas rendijas del corazón,

marcándonos el aire, tempestuosamente,

arrancando los hilos que llevaban

la voz, la dicha, las pequeñas cosas.

Porque la muerte nuestra tiene dueño:

ese desmesurado comprador

de la memoria y el deseo,

ese gran vendedor de la tristeza.


¡Ellos, los asesinos,

se llevaron tan lejos la alegría!


Para entonces ya sabes

que la vida también les pertenece.

Y te miras los brazos acaso con temor

– esa fuerza tronchada –

por si los reconoces después de tantos siglos

tendidos sobre un fondo de oficinas,

de fábricas,

abiertos entre gentes que como tú se agotan,

entre rostros que llevan

un secreto brutal de forzada miseria,

un obligado guiño de silencio.


Se diría que todo se desploma

aunque cruzas la calle y piensas en su cuerpo

y sigues adelante.


Todo parece demasiado lejos

bajo esta luz obrera de diciembre.


Y algo te adentra en la ciudad de nuevo,

algo que ni siquiera es el amor

pero que empuja poderosamente

hacia una voz,

un resto de firmeza, una piel que se ofrece,

sabiendo en cada paso con más fuerza

que no fueron los signos o el azar,

que hay demasiada sangre detrás de una caricia.


Así salgo con norte, más cansado,

a este paisaje despoblado, sin barcos,

y en qué puedo pensar

si no es en la curva brillante

de tu cintura con estrellas,

en tu espalda con mapas ignorados y abiertos,

en los caminos sin alba de la libertad.


Y te llevo conmigo,

compañero de esquinas de diciembre,

pequeña tempestad que zarandeas,

atónito viajero,

engranaje de sueños y verdín,

naúfrago dulce,

amarrado a la tabla de mi cuerpo

por este mar oscuro, despiadado,

de esa forma salvaje y tan extraña

que vive el corazón.


Hoy te lo llevo a ti porque lo veas

como él siempre ha sido,

con sus bolsillos rotos,

su vieja colección de cicatrices,

sus años, si de nieves, no de bienes,

su habitación con fotos y ceniza

y este badil en el rincón, cesante,

como si alguna lumbre antigua.


Una extraña madeja de tumbos y deseo

te va poniendo en pie cada mañana,

te dice que hay camino, que no regreses nunca.

martes, 5 de agosto de 2025

Diálogo que habla de las condiciones de las mujeres, por Cristóbal de Castillejo

 DIÁLOGO QUE HABLA DE LAS CONDICIONES DE LAS MUJERES Fragmentos

Cristóbal de Castillejo


INTERLOCUTORES: ALETHIO, FILENO


Alethio.- Bien se conoçe, Fileno,

que andáys alegre y ufano.


Fileno.- ¿No os pareçe, Alethio hermano,

que es bien gozar de lo bueno

y alaballo?

Quanto más yo, que me hallo

preso de lindos amores,

y tan rico de favores

que peno quando los callo.


Alethio.- Sinrazón

les hazéys, si tales son,

pues la ley de amor perfeto

nos manda tener secreto

lo que está en el coraçón.


Fileno.- Bien sería,

pero yo no tomaría

plazer grande ny senzillo

a trueque de no dezillo

y gozar en conpañía

mi favor;

porque assí como el dolor

duele más siendo callado,

el plazer comunicado

diz que se haze mayor.


Alethio.- En buen hora.

Mas dezidme vos agora:

¿en qué fundáys vuestra gloria?


Fileno.- En el amor y memoria

de my amiga y my señora.


Alethio.- Ceguedad.

Ya que esso fuesse verdad,

locura sería dañosa

fundar el plazer en cosa

en que no ay seguridad.


Fileno.-¿Cómo no?


Alethio.- Porque luego que crió

Dios la primera muger,

por su culpa aquel plazer

ya veys quán poco duró.


Fileno.-Fue engañada.


Alethio.- Es verdad, mas no forçada,

y ella se dexó engañar;

de donde para burlar

y mentir quedó vezada.[...]

[...] No se entienda,

Fileno, ni se defienda

no haver hembras señaladas

que deven ser exçebtadas

de aquesta nuestra contienda

y proçesso;

que claramente confiesso

aver siempre, a la verdad,

hartas de cuya bondad

se puede bien dezir esso.

De las quales,

verdaderas y leales,

vaya lexos tal afrenta,

y solamente esta cuenta

se entienda de las no tales;

antes éstas

son causa que las honestas,

veniendo a ser conoçidas,

queden más esclareçidas,

adornadas y conpuestas

de virtud.

Mas en tanta multitud

de traydoras y alevosas,

las buenas y virtuosas

son desseo de salud.

Entre espinas

suelen naçer rosas finas

y entre cardos lindas flores

y en tiestos de labradores

olorosas clavellinas.

A buscar

se va el oro y a hallar

a montes y peñascales,

y las perlas orientales

en las conchas de la mar.[...]

[...] No ay regla tan general

que no tenga su excebçión

a la mano.

No se hizo para el sano

la sçiençia de mediçina,

y una sola golondrina

diz que no haze verano. [...]

[...] de lo general hablemos,

dexad lo particular.[...]


Fileno.- [...] Pues si Dios con su sapiençia

las mugeres ordenó,

no sin causa nos las dio.


Alethio.- Diónoslas por penitençia,

y pudiera

no criarlas si quisiera,

y oxalá no las criara,

y a nosotros nos formara

de otra materia qualquiera. [...]


MONJAS


Alethio.- [...] Dios os guarde

del fuego que entre ellas arde,

de sus temas y porfías,

contiendas y vanderías,

quando salen en alarde

sus pasiones,

con muy grandes esquadrones

de enbidias, odios, coxquillas,

differençias y rrenzillas

y corages y quistiones

y barajas.

Por el fuero de dos pajas

sostienen enemistades

que aun al fin de sus hedades

las llevan en las mortajas

apegadas.

Después que una vez ayradas

se desaman o baldonan,

con dificultad perdonan,

aunque vayan ynclinadas,

sometidas.

Al sacramento rendidas,

queriéndole reçebir,

confessadas pueden yr,

pero nunca arrepentidas,

perdonando,

ni al tiempo que están rezando

o cantando sus maytines,

que allí suelen los chapines

alguna vez yr bolando

por el coro.

No ay saña de ningún moro

contra nuestra religión,

ni braveza de león,

onça, ni tigre ni toro

ni de alano,

ni con Héctor el Troyano

fue tanto el furor de Archiles,

ni el de las guerras çiviles

que nos escrive Lucano

de Romanos,

ni de aquellos dos hermanos

de Thebas y de sus llamas,

quanto son los de estas damas

quando llegan a las manos. [...]


ALCAHUETAS


Alethio.-[...] Algunos las llaman amas

honestas, viejas pobretas,

cuyo nombre es alcahuetas,

sin más andar por las ramas.

Muy sin pena

por cal os venden arena;

es gente de rapapelo,

que de nadie tienen duelo

por comer a costa agena.

Unas dueñas

amorosas, halagüeñas

en sus gestos y visajes,

van y vienen con mensajes,

mas son algo pedigüeñas

y pesadas;

y como están desarmadas

algunas vezes de muelas,

chupan como sanguisuelas

la sangre, muy mesuradas,

dulcemente.

Es pueblo muy diligente

en prometer y mentir

y nunca se arrepentir,

porque no se lo consiente

su maldad.

Ninguna seguridad

os da su prometimiento,

porque han hecho juramento

de nunca dezir verdad

sin cohecho,

y aun con él no ay nada hecho,

porque esta gente engañosa

no tienen fin a otra cosa

sino a solo su provecho; [...]


[MUJERES EN GENERAL]


[...] ¡O animal,

más que bruto, yrraçional

y malvada bestia, a quien

hizo Dios por nuestro bien,

y ella piensa nuestro mal

sin hartura!

¡Ynperfecta criatura

hecha para ser esclava,

cruel enemiga brava

y sobervia de natura!

¡Careçiente,

general y comúnmente,

de razón, orden y ley! [...]

[...] Si grave quiere mostrarse,

pónese triste, pesada,

rostrituerta, encapotada,

que apenas dexa mirarse;

y si acuesta

a ser cortés y modesta,

dexando la gravedad,

da muestras de liviandad

con risa menos honesta,

y muy presto

aquella graçia del gesto,

con que se muestra amigable,

se haze vituperable

en su oçico conpuesto.

En un hora

canta y gruñe y ríe y llora,

es sabia y loca en un punto,

osa y teme todo junto

y niega al mesmo que adora,

y le vende;

quiere y no quiere, ni entiende

lo que quiere ni dessea.

Consigo mesma pelea,

contraria de sí, se offende

y destruye;

sigue lo mesmo que huye,

lo que sabe no lo sabe,

conçierto ninguno cabe

en lo que ordena y concluye

con razones,

porque contrarias passiones

le perturban la razón,

y en una mesma opinión

tiene muchas opiniones.


Una dama,

de mejor gesto que fama,

me acuerdo que vi en Toledo,

con tanta saña y denuedo

como un toro de Xarama

carniçero,

que en braços de un cavallero,

casi bramando dezía:

«¡Qué desventura la mía,

que no sé lo que me quiero!» [...]

miércoles, 26 de febrero de 2025

Dos sonetos de amor de Cervantes en la Galatea


Soneto de la pastora Gelasia

 

¿Quién dejará del verde prado umbroso

las frescas yerbas y las claras (*) fuentes?

¿Quién de seguir con pasos diligentes

la suelta liebre o jabalí cerdoso?


¿Quién, con el son amigo y sonoroso,

no detendrá las aves inocentes?

¿Quién, en las horas de la siesta ardientes,

no buscará en las selvas el reposo,


por seguir los incendios, los temores,

los celos, iras, rabias, muertes, penas,

del falso amor, que tanto aflige al mundo?


Del campo son y han sido mis amores;

rosas son y jazmines mis cadenas;

libre nascí, y en libertad me fundo.


(*) Corrijo "las frescas fuentes" por "las claras fuentes", por creer que es una ditografía muy probable.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 137b)


Soneto de Elicio


Si deste herviente mar y golfo insano,

donde tanto amenaza la tormenta,

libro la vida de tan dura afrenta

y toco el suelo venturoso y sano,


al aire alzadas una y otra mano,

con alma humilde y voluntad contenta,

haré que amor conozca, el cielo sienta

qu’el bien les agradezco soberano.


Llamaré venturosos mis sospiros,

mis lágrimas tendré por agradables

por refrigerio el fuego en que me quemo.


Diré que son de Amor los recios tiros

dulces al alma, al cuerpo saludables,

y que en su bien no hay medio, sino estremo.


(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 141a)

viernes, 21 de febrero de 2025

Miguel de Unamuno, Es de noche, en mi estudio

 Es de noche, en mi estudio.

Profunda soledad; oigo el latido

de mi pecho agitado

es que se siente solo,

y es que se siente blanco de mi mente

y oigo a la sangre

cuyo leve susurro

llena el silencio.

Diríase que cae el hilo líquido

de la clepsidra al fondo.

Aquí, de noche, solo, este es mi estudio;

los libros callan;

mi lámpara de aceite

baña en lumbre de paz estas cuartillas,

lumbre cual de sagrario;

los libros callan;

de los poetas, pensadores, doctos,

los espíritus duermen;

y ello es como si en torno me rondase

cautelosa la muerte.

Me vuelvo a ratos para ver si acecha,

escudriño lo oscuro,

trato de descubrir entre las sombras

su sombra vaga,

pienso en la angina;

pienso en mi edad viril; de los cuarenta

pasé ha dos años.

Es una tentación dominadora

que aquí, en la soledad, es el silencio

quien me la asesta;

el silencio y los sombras.

Y me digo: «Tal vez cuando muy pronto

vengan para anunciarme

que me espera la cena,

encuentren aquí un cuerpo

pálido y frío

la cosa que fuí yo, éste que espera ,

como esos libros silencioso y yerto,

parada ya la sangre,

yeldándose en las venas,

el pecho silencioso

bajo la dulce luz del blando aceite,

lámpara funeraria.»

Tiemblo de terminar estos renglones

que no parezcan

extraño testamento,

más bien presentimiento misterioso

del allende sombrío,

dictados por el ansia

de vida eterna.

Los terminé y aún vivo

miércoles, 15 de enero de 2025

Canto del amor en El mágico prodigioso de Pedro Calderón de la Barca

  De Pedro Calderón de la Barca, El mágico prodigioso, III:


DEMONIO: 

                  Ea, infernal abismo,

               desesperado imperio de ti mismo,

               de tu prisión ingrata

               tus lascivos espíritus desata,

               amenazando rüina

               al virgen edificio de Justina.

               Su casto pensamiento

               de mil torpes fantasmas en el viento

               hoy se informe, su honesta fantasía

               se llene; y con dulcísima armonía

               todo provoque amores:

               los pájaros, las plantas y las flores.

               Nada miren sus ojos

               que no sean de amor dulces despojos;

               nada oigan sus oídos

               que no sean de amor tiernos gemidos;

               porque, sin que defensa en su fe tenga,

               hoy a buscar a Ciprïano venga,

               de su ciencia invocada

               y de mi ciego espíritu guïada.

               Empezad, que yo en tanto

               callaré, porque empiece vuestro canto.

(Canta dentro, una VOZ)

VOZ:

              ¿Cuál es la gloria mayor

               de esta vida?

TODOS: 

                       Amor, amor.

(Mientras esta copla se canta, se va entrando el DEMONIO por una puerta, y sale por otra JUSTINA huyendo)

VOZ:

                No hay sujeto en quien no imprima

               el fuego de amor su llama,

               pues vive más donde ama

               el hombre que donde anima.

               Amor solamente estima

               cuanto tener vida sabe:

               el tronco, la flor y el ave.

               Luego es la gloria mayor

               de esta vida...

TODOS:

                                        ...amor, amor.

                Esto representa asombrada y inquieta

JUSTINA:

                 Pesada imaginación,

               al parecer lisonjera,

               ¿cuándo te he dado ocasión

               para que de esta manera

               aflijas mi corazón?

                  ¿Cuál es la causa, en rigor,

               de este fuego, de este ardor,

               que en mí por instantes crece?

               ¿Qué dolor el que padece

               mi sentido?

(Cantan)

TODOS: 

                                    Amor, amor.

Cóbrase más

JUSTINA: 

                 Aquel ruiseñor amante

               es quien respuesta me da,

               enamorando constante

               a su consorte, que está

               un ramo más adelante.

                  Calla, ruiseñor; no aquí

               imaginar me hagas ya,

               por las quejas que te oí,

               cómo un hombre sentirá,

               si siente un pájaro así.

                  Mas no.  Una vid fue lasciva,

               que buscando fugitiva

               va el tronco donde se enlace,

               siendo el verdor con que abrace

               el peso con que derriba.

                  No así con verdes abrazos

               me hagas pensar en quien amas,

               vid; que dudaré en tus lazos,

               si así abrazan unas ramas,

               cómo enraman unos brazos.

                  Y si no es la vid, será

               aquel girasol, que está

               viendo cara a cara al sol,

               tras cuyo hermoso arrebol

               siempre moviéndose va.

                  No sigas, no, tus enojos,

               flor, con marchitos despojos;

               que pensarán mis congojas,

               si así lloran unas hojas,

               cómo lloran unos ojos.

                  Cesa, amante ruiseñor;

               desúnete, vid frondosa;

               párate, inconstante flor;

               o decid: ¿qué venenosa

               fuerza usáis?

(Cantan)

TODOS:

                                        Amor, amor.

jueves, 19 de diciembre de 2024

Lope de Vega, soneto de El mayor imposible

   Noche siempre serena, cuyo velo

y silencio tomó el amor por capa.

Nema del cielo, de sus ojos tapa,

madre del sueño, el hurto y el recelo;

   si alguna vez amaste, pues del suelo

al cielo, nadie del amor se escapa,

con esa escuridad los ojos tapa

a las estrellas, que lo son del cielo.

   Aunque celos te den sus resplandores,

deja, Luna, salir mi luz querida,

que bien sabe de amor quien tuvo amores.

   La noche se verá del Sol vestida,

tendrá la sombra luz, perlas las flores,

mi pena gloria y mi esperanza vida.

domingo, 15 de septiembre de 2024

Miguel de Unamuno, Agranda la puerta, padre

Este poema suele circular por las redes solo en sus dos primeras cuartetas; aquí lo reproduzco entero

Agranda la puerta, padre,

porque no puedo pasar;

la hiciste para los niños,

yo he crecido a mi pesar.


Si no me agrandas la puerta,

achícame, por piedad;

vuélveme a la edad bendita

en que vivir es soñar.


Gracias, padre, que ya siento

que se va mi pubertad;

vuelvo a los días rosados

en que era hijo, no más.


Hijo de mis hijos ahora

y sin masculinidad

siento nacer en mi seno

maternal virginidad

miércoles, 3 de julio de 2024

Lope de Vega, égloga autobiográfica en La Arcadia

Danteo y Gaseno, a quien tocaba representar la égloga, vestidos a propósito con pellicos de tela fina, el uno blanco, sembrado de clavellinas de nácar, y el otro verde, listado de encarnado y blanco, con armiños blancos y negros, y con los nombres de Montano y Lucindo, comenzaron así:


ÉGLOGA.


Montano, Lucindo,


MONTANO.


En este fuerte roble, 

para sufrir robusto, 

os cuelgo desta vez, armas cansadas; 

que cuando al pecho noble 

le vienen mas al justo, 

las puede hacer el galardon pesadas. 

las edades pasadas

afrentan las presentes. 

Ya la virtud es muerta, 

o vive tan cubierta, 

que no se deja ver a todas gentes; 

porque a las majestades 

visitan muy de espacio las verdades. 

  Ya no se dan coronas 

cívicas ni murales;

el tiempo las marchita y descompone; 

y a todas las personas 

ha hecho el tiempo iguales. 

Lisonjas a servicios antepone. 

Dichoso el que se pone 

la espada por costumbre, 

y parte del vestido, 

cuyo acero bruñido 

jamás le dio en la mano pesadumbre, 

ni le sirvió de espejo, 

para tomar en él su honor consejo. 

  Dichoso el que escribiendo, 

o lejos del asalto,

un campo rige y del peligro escapa,

o aquel que está midiendo, 

de su experiencia falto, 

los sitios fuertes en sucinto mapa. 

 ¡Oh grande manto y capa 

de los cielos piadosos! 

 Ya que todo lo encubres, 

¿por qué los ojos cubres 

 de los polos del suelo poderosos? 

Mas no es su curso eterno, 

y así dejas errado su gobierno. 

  Ya, soledades mias, 

alegre vuelvo a veros, 

desengañado, sin provecho y tarde. 

 Aquí las fantasías, 

por quien quise perderos, 

harán de sus memorias justo alarde, 

Y de un Lotos cobarde, 

dormidos los sentidos, 

dejarán ocasiones, 

cuidados y opiniones, 

que descuidos al fin desconocidos 

de quien siempre desmedra, 

son Circe, que convierte un hombre en piedra. 

 ¡Oh discurrir de un alma, 

¡Cuánto los ojos ciegas! 

Lucindo no es aquel que ahora tiene 

sus cuidados en calma? 

Dichoso tú, que entregas 

al sueño, que te burla y entretiene, 

la parte que contiene 

en sí tan grande todo, 

como es el pensamiento, 

que suele en un momento 

cielo y infierno penetrar de un modo, 

ya su pena y su gloria 

llevar de los cabellos la memoria.


Fue aqueste mozo, ilustre

un tiempo cortesano,

y soldado tambien gallardo y fuerte;

mas ya todo su lustre

deshizo amor tirano,

que tiene igual poder como la muerte.

Aqui llora y divierte

con rústico vestido,

en estas soledades,

desdenes y verdades

de un extranjero amor, que le ha vencido;

que, siendo en tierra ajena,

trajo a la propria su cuidado y pena.


Ya despierta y me ha visto;

no es posible

que puedan esconderme estos laureles;

¡oh sueño, a los cuidados apacible!


LUCINDO.


Montano, que escuchar mis males sueles,

¿Posible es que de verme te desvías,

Cuando es razón que mi dolor consueles?

Si ya no engendran en aquestos dias,

de la lluvia que lloro tan en vano,

veneno y fuego las entrañas mias;

como las tempestades del verano,

que con el gran calor reciben forma,

y tengo algunas de que soy humano.


No te escondas de mí; que no conforma

con la piedad del que es perfecto amigo,

ni cura bien el mal quien no se informa.

No soy yo basilisco, aunque conmigo

le traigo y dél sustento los despojos,

con que a miralle y a morir me obligo

si no es que desde el alma por los ojos

salga a matar los que me ven llorando

la causa de mis lágrimas y enojos.


MONTANO.


No me escondí, Lucindo, imaginando

que me matara el verte ni el oírte,

aunque fueras el aire inficionando.

Quisiérame guardar de interrumpirte

la calma de tus tiernos pensamientos,

que mal pueden durmiendo perseguirte.


LUCINDO.


Antes con espantosos fingimientos

acuden las imágenes del día

en sombras de mayores sentimientos.

Si el alma nunca duerme, y en la mía

siempre viven sospechas y temores

del bien ausente que gozar solia;

sin duda los sentidos interiores,

que no los desengañan los de afuera,

durmiendo sufrirán penas mayores.


MONTANO.


  Esta verde frescura, esta ribera, 

este prado, esta fuente y este río 

movidos tienes a tu pena fiera. 

  Pues mira tú si ahora el pecho mío, 

si las cosas lo están inanimadas, 

se moverá a ver tu desvarío. 

  Todos sin lengua en voces mal formadas 

te piden que la causa comuniques 

de tus glorias presentes o pasadas. 

  Razón será que algún remedio apliques,

pues el dolor la medicina aplaca,

y que lo más secreto me publiques.

 Es el hablar del mal una trïaca,

que deshace la fuerza del veneno,

y del enfermo corazón le saca.

  No estoy de tus cuidados tan ajeno,

que te merezca que la causa calles;

solo está el valle, aunque de sombras lleno.


LUCINDO.


Lejos de aqueste en otros frescos valles

vive la causa del dolor que adoro,

cuando en la tierra tantas glorias halles.

 Ni mi descanso ni tu pecho ignoro;

mas ¿para qué me mandas que renueve

la dulce causa de mi amargo lloro?


MONTANO.


  A la ocasión, a la amistad se debe.

¡Mira cómo del sol la calma estiva

hiere de Béjar la montaña y nieve!

  ¡Mira qué blandamente se derriba

destas pizarras Tormes murmurando

por solo acompañar tu pena esquiva!

  Las fuentes desta selva están callando,

y olvidadas del agua y de la yerba,

las satisfechas vacas descansando.

  Deja el león de perseguir la cierva,

las aves de volar; que tiempos tales

todo animal para dormir reserva.

  Y cuando fuentes, aves y animales

murmuraran, cantaran y anduvieran,

pararan todos a escuchar tus males.

  Los árboles y el viento enmudecieran,

y a ver de Orfeo el singular retrato

suspensos y admirados estuvieran.


LUCINDO.


   ¿Piensas tú que yo puedo ser ingrato 

a quien me paga con amor tan puro, 

ni que de sus entrañas me recato? 

  Solo no despertar mi mal procuro; 

pero porque no quedes sospechoso 

verás que con mis males te aseguro. 

  Ya sabes que el monarca poderoso 

que desde el Tajo al Indo rige y manda, 

y hasta el sepulcro del planeta hermoso; 

  aquel armado, y el tuson por banda, 

espantaba al francés y al africano, 

que agora mira en paz humilde y blanda; 

  aquel que con valor de godo hispano, 

en dar a España su vejez emplea 

un retrato de Carlos soberano; 

  como la paz universal desea,

y quiere que en el cuerpo del gobierno 

no haya miembro que al otro igual no sea; 

  movido solo de un amor paterno, 

que no, como otros piensan, de venganza, 

que a veces daña ser humano y tierno, 

  Ejército formó, con esperanza 

de remediar el daño que crecía 

entre la remisión y la tardanza, 

  Contra aquella corona que solía 

resplandecer en su dichosa frente 

desde la unión de aquel famoso día. 

   Allí pues yo, movido justamente 

del antiguo valor de mis pasados, 

fui libre capitán de libre gente. 

  ¡Cuán diferentes eran mis cuidados 

deste que agora el corazón me inflama! 

Celos gobierno ya, que no soldados. 

  Trujo a sus muros miedo nuestra fama, 

y trocadas las armas en castigos, 

cesó la suya y comenzó mi llama. 

  Vivimos todos de improviso amigos, 

de una común nación, ley y costumbres, 

y pocos los rebeldes y enemigos. 

  Luego las altas y elevadas cumbres, 

de los montes enojos, odio y saña, 

allanaron sus graves pesadumbres. 

  Dejábamos á veces la campaña, 

y a la ciudad veníamos famosa, 

que el padre Ibero fertiliza y baña. 

  Era del año la estación dichosa, 

aunque de nieves coronada en torno, 

que celebra la tjerra venturosa. 

  En vez del verde y deleitoso adorno. 

la plateaba con escarcha y hielo 

el seco y feminino Capricorno; 

  Cuando me trujo el variar del cielo 

a ver entre unas damas la que ha sido 

milagro suyo y perdición del suelo. 

  De la nieve el ejército movido 

a regocijo y fiestas con las damas, 

andaba entre los hielos encendido. 

  Yo, que nunca vi nieve ardiendo en llamas, 

hallé en esta ocasión esta hermosura, 

como en un tronco dos contrarias ramas. 

  Y en cortesía haciéndola segura 

de algunos que tirando entonces pellas, 

juntaban nieve con su nieve pura; 

  Sin ver que en pecho, rostro y manos bellas 

para excederla y convertirla había 

en helado cristal como eran ellas; 

  Llamome cortésmente, y aquel día,

que nunca lo pensé, tuve por cierto

que suele ser traición la cortesía.

  Que apenas de su boca el cielo abierto

me agradeció libralla de aquel trance, 

cuando como de rayo quedé muerto. 

  ¿Quién no tuviera por dichoso el lance, 

o imaginara que con tanta nieve 

diera en mi libertad amor alcance? 

  Cuando montañas della arroja y llueve 

el enojado cielo, amor desnudo 

a andar entre ellos sin temor se atreve. 

   Huir de Troya, aunque era fuego, pudo, 

sacando a su mujer, Eneas troyano, 

y yo a mi libertad de nieve dudo. 

  Con la ocasión allí también, Montano, 

el no haber sido huésped en su casa 

me agradeció la mesma ingrata en vano. 

  Y mira el trueco que en el alma pasa, 

pues ya tengo por huésped en el pecho 

esta nieve divina que me abrasa. 

  Y, aunque le viene el aposento estrecho, 

a vivir se acomoda y a matarme, 

y estoy yo del agravio satisfecho. 

  Desde este punto comencé a abrasarme, 

que la sangre más pura me encendieron 

los espíritus vivos, de mirarme. 

  Si los ojos pagaron lo que vieron, 

el estado lo diga de mis males, 

y la poca esperanza que tuvieron. 

  Los días para todos siempre iguales 

pasaban como siglos por mi vida, 

haciendo mis cuidados inmortales. 

  Pienso que fue mi pena conocida, 

mientras que ser no pudo declarada : 

tanto estaba al mirar la lengua asida. 

  Aunque, como una víbora pisada, 

si a llegar a su reja me atrevía, 

soberbia huyendo, se mostraba airada. 

  Pues es verdad que la desdicha mía 

se contentó con este triste estado, 

con que pasaba el mal del bien que vía. 

  Luego del alto César fui llamado, 

y, si es que sabes el dolor de ausencia, 

juzga, Montano, el tuyo y mi cuidado. 

  Perdí con la esperanza la paciencia, 

y pues partido no perdí la vida, 

no fue porque faltó mi diligencia. 

  Partí, lloré, volví, y a la venida 

corría, por mi mal, tanto recato 

como si fuera entonces la partida. 

  Mas no fue el tiempo a mi esperanza ingrato,

que hallé en su casa una pastora hermosa,

gran prenda de mi sangre y de su trato.

  Y, aunque para mi intento provechosa, 

en alguna manera fue mi daño, 

sirviéndome de amiga cautelosa. 

  Era de todos general engaño 

pensar que mi verdad sus ojos fuesen, 

siendo los míos cierto desengaño. 

  Que como sus extremos conociesen, 

juzgaban que a querella me inclinaba: 

así pluguiera a Dios mis males viesen. 

  Con esto tibiamente me ayudaba, 

y siendo en mi instrumento la tercera, 

a la prima del alma se igualaba. 

  Ya con la vecindad la hermosa fiera 

se mostraba más fácil y tratable, 

volviéndola el amor, de piedra, en cera. 

  Ya agradecía con piedad notable 

mi secreto servir y mi porfía, 

y a la ventana se mostraba afable. 

  Y así como quien ya mi mal sentía, 

jamás de Clori Albania se fïaba, 

que este es su nombre y de la prenda mía, 

 y como alguna vez le importunaba 

que un papel de su mano recibiese, 

parece que celosa se enojaba. 

 Y, como yo licencia le pidiese 

para escribir mis penas y dolores, 

donde con menos turbación pudiese, 

  Mostraba con razones y colores 

que no era buena diligencia aquella, 

y eran, con esta dilación, mayores. 

  Posible, finalmente, fue vencella,

porque no hay al amor cosa imposible,

y para ser crüel era muy bella.

 Y para que este amor incomprehensible 

tuviese más valor, con un concierto 

el poderla escribir me fue posible; 

  que ni el papel le fuese descubierto 

a Clori, ni viniese por su mano, 

lo que, siendo su gusto, fue muy cierto. 

 Y, entonces, ¿qué dirás de mí, Montano, 

cuando con tan extraños pensamientos 

puse sobre el papel la incierta mano? 

  Vieras allí las penas y tormentos 

acudir de tropel a ser escritos 

con mil enamorados sentimientos. 

  Yo, puesto entre cuidados infinitos, 

solamente de todo el gran proceso 

juzgaba los deseos por delitos. 

  Oprimido en efecto de aquel peso, 

escogí lo mejor, y humilde escribo 

lo que estaba más lejos de mi seso. 

  Cierro el papel dichoso, y apercibo 

un tercero discreto que llevase 

de un muerto en penas un retrato vivo. 

  Quiso el amor que la ocasión llegase, 

y, aunque difícilmente, también quiso 

que le diese el papel y le tomase 

  cuando deste suceso tuve aviso, 

pues yo no perdí el seso, no le tuve; 

que mata un bien si viene de improviso. 

  Desde este punto más perdido estuve, 

porque ya la esperanza me mostraba 

cubierto el sol de una pequeña nube; 

  con que me respondiese la cansaba, 

o que solo escribilla permitiese; 

pero todo mi bien dificultaha. 

  Forzome el ciego amor que la escribiese,

y, no pudiendo dárselo, forzome 

que como la esperanza el papel fuese. 

  Díselo al viento por su reja, y diome 

lo que pude esperar de un hierro helado,

que no hay diamante que mis yerros dome.

 ¡Qué mal se limará, Montano amado,

con el de cera un corazón de acero!

 Que amor no escoge los que no ha llamado.

Desta manera por Albania muero,

y dando un monte en ecos su respuesta, 

  yo pregunto a mujer y no la espero. 

Esta es la historia y la desdicha es esta,

breve en el gusto y larga en la memoria,

  que tanta pena y confusión me cuesta.


ΜΟΝΤΑΝΟ.


Paréceme el discurso de tu historia

los lejos que se ven en la pintura,

confusos cielos de tu incierta gloria.

 Mas dejas encantada la aventura,

pues no me das razón de tu partida,

siendo el rigor de la ocasión más dura.


LUCINDO.


  Por no mover el alma divertida 

en otros sentimientos favorables, 

quise dejar la historia interrumpida; 

  que en pesares que son incomportables, 

mal puede discurrir la lengua triste 

sin sentimiento y lágrimas notables. 

  Pero, pues hasta el fin saber quisiste 

el mal que mi abrasado pecho siente, 

y a la memoria la ocasión trajiste, 

  aquí verás un venturoso ausente, 

porque suele el amor en una ausencia 

descubrirse mejor que no presente. 

  Llegada la partida y la sentencia 

de mi muerte forzosa, despedime 

del cielo de su angélica presencia. 

 Mas dime, ¿a quién habrá que no lastime 

que le ofenda su dama cuando parte? 

O¿qué esperanza que a vivir le anime? 

  Pasado estaba yo de parte a parte 

con una flecha de crueldad, partiendo 

de quien de todo mi dolor fue parte, 

  cuando me dijo, en sangre convirtiendo 

su pura nieve, que era caso injusto 

arrojalle el papel no le queriendo; 

  Y que debiera yo, pues era justo, 

agradecer que vella permitiera, 

y que de verme recibiera gusto. 

  Yo entonces respondí lo que pudiera 

delante de los cielos, que crïaron 

aquesta hermosa vengativa y fiera. 

  Las causas le mostré que me obligaron, 

oyéndomelas todas hasta el punto 

que prendas enemigas lo estorbaron. 

  Aquella noche, en fin, como a difunto, 

en las postreras honras de una reja 

me dieron el favor y el partir junto. 

 Y como el que la amada patria deja, 

y en ella el alma, y lleva el cuerpo solo, 

que ella se acerca más cuanto él se aleja, 

  partí como del bello ingrato Apolo 

la flor, que sus doradas hojas cierra, 

y queda escuro de Calixto el polo; 

  o como el que mirando va la tierra 

desde el profundo mar, y más, si acaso 

esposa amada o tierno padre encierra. 

   El suspiro, la lágrima y el paso 

juntos sallan, sin que diese alguno 

menos que así del alba hasta el ocaso. 

   ¡Cuántas veces al cielo fui importuno 

para que diese fin a tantos daños! 

Porque viviendo no esperé ninguno 

  siéndome con tan graves desengaños 

los puntos horas y las horas días, 

los días meses, y los meses años. 

  Y parábanme tal las ansias mías, 

y aquel amor y fuego que nacieron 

de dos nieves tan ásperas y frías, 

  que hasta desesperarme no quisieron 

alzar la espada ni el rigor pasado, 

no contentas de ver que me rindieron. 

  Pero, en aqueste miserable estado, 

que, como dicen, la esperanza vive 

aunque su dueño esté desesperado,

 veo que amor me llama y apercibe 

al bien más alto que su esquiva mano 

pudiera dar a quien con él más prive. 

  Hallé de mis zagales un serrano 

al fin de la esperanza y del camino, 

que se quedaba con mi bien, Montano. 

  El cual (¡mira qué extraño desatino, 

mira qué efecto de un amor ausente!) 

me trajo humano mi desdén divino. 

  Trájome ya la nieve diferente; 

que como ya de su rigor pasaba, 

trocose el frío en otra especie ardiente. 

  Por una carta supe que quedaba 

(¿quién lo dirá, Montano?) enternecida, 

y que señales de quererme daba. 

  Escríbeme que estaba persuadida 

a estimar mi verdad o creer mi engaño, 

engaño que me cuesta mi alma y vida. 

  Que no creyera de mi ausencia el daño, 

si la terneza y pena en que se vía 

no le fuera notorio desengaño. 

  Que estimase saber que pretendía 

darme este gusto, y si le estimo y siento, 

pregúntelo mi Albania al alma mía; 

  y que aquel amoroso arrojamiento, 

pues no era justo, no le condenase; 

¡qué honesto, aunque escuchado pensamiento! 

   Y que me aseguraba imaginase 

que era el postrero, y que sería el primero 

que a tales pensamientos la inclinase. 

  Yo entonces, como suele el prisionero 

que revocar oyó mortal sentencia, 

la muerte olvido y en la vida espero. 

  Dejo al César y vuelvo a su presencia, 

y aun dejara de serlo de mil mundos, 

por ver mi bien y no sufrir su ausencia. 

  Llegué a sus ojos, en la luz segundos 

al planeta mayor, nortes y faros 

de los estrechos de mi mal profundos, 

  desde este día que sus ojos claros 

miraron mis deseos, amor puso. 

en mi abrasada Troya sus reparos. 

  Ya sabes que al oráculo confuso 

Venus, por ver que no crecía Cupido, 

a preguntar la causa se dispuso, 

 y que le fue de Temis respondido 

que hasta que al niño diese hermano, en vano 

pensaba ver el tierno amor crecido. 

  Venus no sé si e Marte o a Vulcano 

llamó para este efecto; en fin, se cuenta 

que dio a Cupido otro Cupido hermano. 

  Anteros se llamó, que representa 

un recíproco amor de voluntades, 

que amor pagado, con amor se aumenta. 

  Desta suerte pagadas mis verdades, 

creció mi amor, haciendo sin recato 

el uno al otro ciertas amistades. 

  Ni fue más desdeñosa ni yo ingrato, 

antes el trato dio al amor aumento, 

que hace al niño amor gigante el trato. 

  ¿Qué monte o sierra con igual contento

no corrimos los dos? ¿Qué valle frío

no nos dejó cazando sin aliento?

  ¿En qué ribera del corriente río

no sacamos los peces con anzuelos

debajo de algún álamo sombrío?

  Los tímidos cobardes conejuelos 

le presentaba yo, si se enojaba, 

por hacer amistad de algunos celos, 

  por los frondosos árboles trepaba, 

y, chillando los pollos, le traía 

los nidos que su pájaro lloraba. 

  ¡Cuántas veces me halló en su puerta el día 

con las tempranas guindas y cerezas 

que con el verde elejo entretejía! 

  Si no podia hablarla, ¡qué tristezas! 

Sus puertas, sus ventanas coronaba 

de mudas selvas y silvestres nuezas. 

  Con esto, cuando Albania despertaba, 

y daba por sus rejas sol al mundo, 

conocía que yo velando estaba. 

  ¿No has visto un perro con gemir profundo, 

si le deja su amo, herir la puerta? 

Pues yo era así, y en la lealtad segundo. 

  Ni menos si la vi, Montano, abierta, 

dejé de hacer locuras amorosas, 

que así enloquece una esperanza incierta. 

  Mil veces en las selvas espaciosas, 

si me hallaba dormido, me tejía 

guirnaldas de azucenas y de rosas. 

  Yo despertaba, y, viendo qué me hacía, 

vencedor y vencido la buscaba, 

y aquel triunfo de amor le agradecía. 

  Ella, con risa, todo lo negaba, 

cubierta de vergüenza y de claveles, 

con que el nevado rostro matizaba. 

  Pero los hados, en mi bien crüeles, 

en estos tiempos mi descanso impiden, 

porque del bien, si es grande, te receles. 

  De Albania con ausencia me dividen 

segunda vez, quedando interrumpida 

la historia, cuyo fin mis quejas piden. 

  Lo demás del estado de mi vida 

por esto puedes conocer, Montano, 

y, si ganada mal, tan bien perdida, 


MONTANO.


Extraño fin de amor, a quien en vano

hace el desdén injusta resistencia,

y el imposible más incierto es llano.

 Lucindo, él mesmo te dará paciencia

con solo imaginar que Albania hermosa

siente con tiernas lágrimas tu ausencia.

 Porque ver humanar tan alta diosa,

y por Endimión bajar la Luna,

bastan a hacer un alma victoriosa.

 No le pidas mas bien a la fortuna;

sufre tu mal, que no es tan imposible

que no le apliques esperanza alguna.

  No es empresa de amor la que es posible;

que para grandes ánimos se hacen

las que tienen su fin inaccesible.

  En tanto, pues, que las ovejas pacen,

y de cogollos de florido espino

las cabras a placer se satisfacen, 

  Quiero de Albania al resplandor divino 

consagrar de improviso un epigrama 

con aqueste cuchillo en este pino, 

  Porque crezca su nombre, gloria y fama 

en las orillas del anciano Tormes, 

como por el lbero se derrama. 


LUCINDO.


Harás la tuya y su valor conformes,

aunque todas las cosas deste suelo,

para tenelle igual, serán disformes.

  Pinta mi puro amor, mi casto celo,

que no le vencerán olvido y muerte

por muchos siglos que revuelva el cielo.


MONTANO.


Escúchame, que escribo desta suerte: 


                EPIGRAMA


  Una hermosura y celestial belleza 

de un rico entendimiento acompañada, 

en quien la ciencia infusa está cifrada 

que puso Dios en la naturaleza... 

  la mayor majestad y gentileza 

que vio la edad presente y la pasada, 

de las mayores gracias adornada 

que son del alma corporal riqueza; 

  un término real, un noble trato 

y, en tiernos años, un discurso altivo 

todo de ejemplos inauditos hecho, 

  de Albania son el singular retrato; 

y quien quisiere verla más al vivo, 

busque a Lucindo y mírela en su pecho. 


Acabada la égloga, y referida la fábula en prosa de Frondoso, dieron licencia Benalcio y Tirsi a las pastoras que diesen algunas prendas a sus amantes, con tal condición, que ellos las celebrasen de improviso con algunos versos. Agradó á todos generalmente el favor y la satisfacción; y así, dio la primera Isbella a Menalca un reloj con su brújula.

viernes, 8 de marzo de 2024

Fernán Pérez de Guzmán, Coplas a la muerte de Alfonso de Cartagena

Transcribo la edición crítica de Maria Mercè López Casas, pero corrijo la falta de criterios métricos poniendo las diéresis que faltan y remedio la puntuación, que me parece a veces incorrecta. No señalo las haches aspiradas, ni las dialefas ni las sinéresis, pues no hay signo asignado para esas licencias.

COPLAS QUE HIZO EL NOBLE CABALLERO FERRÁN PÉREZ DE GUZMÁN SOBRE EL TRÁNSITO Y MUERTE DEL REVERENDO PADRE Y VIRTUOSÍSIMO PRELADO DON ALFONSO DE CARTAGENA OBISPO DE BURGOS, SU CARO AMIGO. 

Aquel Séneca expiró

a quien yo era Lucilo:

la facundia y alto estilo

de España, con él murió.

Así que, no solo yo,

mas España, en triste son,

debe plañir su Platón,

que en ella resplandeció.


La moral sabiduría,

las leyes y los decretos,

los naturales secretos

de la alta sabiduría;

la sacra teología,

la dulce arte oratoria,

toda verísima historia,

toda sutil poesía


hoy perdieron un notable

y valiente caballero,

un relator claro y vero,

un ministro comendable.

¡Quién dará loor loable

al que a todos loaba! 

Quien de todos bien hablaba,

¡quién será quien de él mal hable!


La Iglesia, nuestra madre,

hoy perdió un noble pastor;

las religiones, un padre;

la fe, un gran defensor.

Pierdan y hayan dolor

los que son estudïosos

y del saber deseosos:

un gran interpretador.


La yedra, so cuyas ramas

yo tanto me delectaba...

El laurel, que aquellas llamas

ardientes del sol templaba, 

a cuya sombra yo estaba...

La fontana, clara y fría,

donde yo la gran sed mía

de preguntar sacïaba...


¡Oh, severa y crüel muerte!

¡Oh, plaga cotidïana,

general y común suerte

de toda la gente humana!

¡En una escura mañana

secaste todo el vergel,

tornando en amarga hiel

el dulzor de la fontana!


¡Oh Fortuna, si fortuna

es verdad que hay en el mundo!

¡Oh más claro y más profundo,

Señor, de la alta tribuna!

¡Cuánto escura y cuán sin luna

es tu ordenanza secreta,

aunque justa, santa y neta,

sin contradicción alguna!


¿Por qué habemos ausencia

de varones virtüosos,

útiles y provechosos

a la humana providencia?

¿Por qué nos queda presencia

inútil y mal compuesta?

De esta causa la respuesta

se remite a tu sentencia.


Queda quien debe partir;

parte quien debe quedar,

que pudiera aprovechar

al político vivir.

De aquí podemos sentir

cuánto grande es la distancia

de nuestra gruesa ignorancia

usada a mal presumir


al tu jüicio divino

alto e inestimable,

Señor mío, uno y trino,

de cïencia incomparable.

Lo que a nos es razonable

parece, Señor, perfecto;

al tu eterno conspecto, 

ni es grato, ni aceptable.


Habido tal presupuesto

y tus jüicios dejados,

yo creo ser causa de esto,

nuestras culpas y pecados.

Aquellos nos son negados,

que por mal vivir perdemos.

Aquellos que merecemos,

esos nos son otorgados.


FIN


El Fénix de nuestra Hesperia,

esciente y muy virtüoso,

ya dejó la gran miseria

de este valle lagrimoso.

Pues, concilio glorïoso

de las cïencias, decid:

¡Oh Jhesu Filii David,

tú le da santo reposo!

sábado, 13 de enero de 2024

José Joaquín Benegasi de Luján. Sobre la independencia al escribir

Aconseja a un amigo que hacía versos deje de frecuentar las casas de los señores


Don Juan mío, la mucha introducción

en casa de un señor nunca está bien.

No debes olvidar el ten con ten,

si quieres conservar la estimación.


Hoy soneto, mañana relación

y tener que decir a todo amén,

es querer exponerte a que te den

el célebre destino de bufón.


Mira lo que hago yo, pues, aunque a mí

honras vienen, amigo, honras van,

jamás en las visitas excedí.


Mira todas las cosas cómo están,

mira tu calidad, mírate a ti

y, en fin, que pierdes lo que no te dan.


José Joaquín de Benegasi y Luján

sábado, 7 de octubre de 2023

Un nuevo corazón, un hombre nuevo, de Francisco de Quevedo

Un nuevo corazón, un hombre nuevo

Francisco de Quevedo


Un nuevo corazón, un hombre nuevo

ha menester, Señor, la ánima mía,

desnúdame de mí, que ser podría

que a tu piedad pagase lo que debo.


Dudosos pies por ciega noche llevo,

que ya he llegado a aborrecer el día,

y temo que hallaré la muerte fría

envuelta en (bien que dulce) mortal cebo.


Tu hacienda soy, tu imagen, Padre, he sido,

y si no es tu interés, en mí no creo,

que otra cosa defiende mi partido.


Haz lo que pide verme cual me veo;

no lo que pido yo, pues, de perdido,

recato mi salud de mi deseo.


(En este poema Quevedo cita la imagen de San Pablo de "vestirse del hombre nuevo", Ad efesios, 4. 24)

lunes, 18 de septiembre de 2023

Luis de Góngora, A cierta dama que se dejaba vencer

 A cierta dama que se dejaba vencer


Mientras Corinto, en lágrimas deshecho,

la sangre de su pecho vierte en vano,

vende Lice a un decrépito indïano

por cient escudos la mitad del lecho.


¿Quién, pues, se maravilla deste hecho,

sabiendo que halla ya paso más llano,

la bolsa abierta, el rico pelicano,

que el pelícano pobre, abierto el pecho?


Interés, ojos de oro como gato,

y gato de doblones, no Amor ciego,

que leña y plumas gasta, cient arpones


le flechó de la aljaba de un talego.

¿Qué Tremecén no desmantela un trato,

arrimándole al trato cient cañones?

viernes, 29 de julio de 2022

Treinta aerolitos de Carlos Edmundo de Ory

 Todo es una gota de fuego: el cuerpo, la salud, el sueño.


***


Hay silencio. Hay silencio. Como en mi infancia.


***


Los camiones en la noche llenos de personalidad.


***


Sueño palabra que sueña.


***


–¿Qué miras?


–El polvo de la vida.


–También Lavoisier lo miraba. Eres un sabio.


–Nada de sabio. Yo miro. No analizo.


***


Hay que saber Beckett, no leerlo.


***


Cuento escrito en un huevo.


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No seas esclavo del lenguaje, ni de los dioses, ni de los hombres.


***


Carne fraternal amiga.


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Epitafio para mi tumba: aquí yace nadie.


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El ocio es vital. El silencio es acto. Recomiendo ocio y silencio.


***


¡La humildad! ¡Qué inmensa cosa! Ahí. Ni pesimismo ni cólera.


***


Historia de la Filosofía: Marco Aurelio.


Historia a secas: Marco Aurelio también.


***


Me gusta más la verdad que un huevo frito.


***


La única solución potable: tirarse al agua.


***


Estoy alegre. ¿A quién lo debo? A la existencia de la alegría.


***


Caen las hojas del color amarillo.


***


En el terreno resbaladizo de los días, me incorporo como puedo y avanzo hacia lo desconocido.


***


Para mí, todo es paisaje y nostalgia de paisaje.


***


El tren: berbiquí del espacio u oruga maquinal.


***


Yo soy siempre mío, y lo pago caro.


***


Soy el poeta de la media luna.


***


Una mano de bofetadas a quien da consejos que nadie le ha pedido.


***


He sido sorprendido en pleno zapateado. Estaba danzándome.


***


Lujo fúnebre: una tumba al sol.


***


¿Quién inventó el agua caliente?


***


Ser libre como el ciprés, independiente como el pino.


***


Soy el maestro del abismo absoluto.


***


En el silencio de mi bibliocama.


***


Almohada: alma del hada.


***


Visito al viento en traje de etiqueta.


***


Quien es perfecto caga lágrimas.


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Las palabras marchan hacia el silencio.

Castilla, de Manuel Machado

Castilla, de Manuel Machado


El ciego sol se estrella

en las duras aristas de las armas,

llaga de luz los petos y espaldares

y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo.


Nadie responde… Al pomo de la espada

y al cuento de las picas el postigo

va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes

de eco ronco, una voz pura, de plata

y de cristal, responde… Hay una niña

muy débil y muy blanca

en el umbral. Es toda

ojos azules, y en los ojos. lágrimas.

Oro pálido nimba

su carita curiosa y asustada.


Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,

arruinará la casa

y sembrará de sal el pobre campo

que mi padre trabaja…

Idos. El cielo os colme de venturas…

¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!


Calla la niña y llora sin gemido…

Un sollozo infantil cruza la escuadra

de feroces guerreros,

y una voz inflexible grita: ¡En marcha!

El ciego sol, la sed y la fatiga…

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Poemas de Guillermo Carnero

 Paestum


Los dioses nos observan desde la geometría

que es su imagen.

Sus templos no temen a la luz

sino que en ella erigen el fulgor

de su blancura: columnatas

patentes contra el cielo y su resplandor límpido.

Existen en la luz.

Así sus pueblos bárbaros

intuyen el tumulto de sus dioses grotescos,

que son ecos formados en una sima oscura:

un chocar de guijarros en un túnel vacío.


Aquí los dioses son

como la concepción de estas columnas,

un único placer: la inteligencia,

con su progenied de fantasmas lúcidos.


Disolución del sueño


Nadie puede instalarse

en los sueños de otro: están fundados

en la incredulidad, la decepción y el miedo,

y su inquietud no admite compañía.

Juguetes rotos de una niñez tapiada

que no quiere arriesgar el privilegio

de mecerse en la paz de no haber sido;

un andrajo sin nombre

vacante en el umbral del paraíso

al no tener un cuerpo que lo vista.

El que contempla el Sol no ve su fuego,

cifrado en cenital circunferencia;

baja la vista, y teme. Lo confunde la luz;

sólo puede mirarla si se mezcla

a los colores turbios de las cosas.

Tampoco se permite

afrontar la arrogancia de sus sueños.

Finge que no lamenta su vacío

pues no los tiene ni jamás los tuvo,

o los destierra al sótano más hondo

sin calor ni alimento, hasta que mueren

y vagan insepultos y lo acosan

al apagar la luz en un cuarto de hotel;

y por fin engalana su cadáver,

lo corona de mirto y lo pasea

para ofrecerlo a quien lo pisotee,

y lo destierra al fin a la página escrita

para eludir su insulto de blancura,

salpicando de tinta su amenaza de espejo,

su insoslayable potestad de lirio.

Sueño: región más alta,

sonora en geometría cuyo color se vuelve

imán de la certeza del exilio.

La voz es una brisa que nos trae

los primeros jirones

de los aromas del jardín del sueño.

Ha de reburujarse como seda

o desplegarse cálida y redonda,

henchida al ascender en su ternura,

y volar sobre cumbres y estuarios.

Así tu voz, umbral de tantos mundos,

sabía concederlos resumidos

en la proximidad del horizonte

de la luz de la llama de una vela;

pero hoy vendría a mí tenue y descalza,

sobre la duda de cristales rotos

que esparciste en la estela de tu nombre.

Si rompieras a hablar, tu voz tendría

una pátina oscura de parajes

donde se pudre la lección del tiempo.

Ya no podré entenderte si me hablas:

sólo olvidando el lastre de las cosas

y las aristas negras de los nombres

tiene tu voz la pulcritud del sueño:

música en el estuche de su brillo.

En los sueños, los ojos son azules:

si son de otro color, no estás soñando.

El azul es un reino de dulzura.

Dulzura no es palabra suficiente

en lo espiritual y trascendido;

es la de los torrentes cuando llegan

a presentar en el Abril del valle

la rendición templada de su hielo,

conservando en color de las alturas

la transfiguración del aire límpido;

la del rumor de guijas y de conchas

que resuena en las playas por la noche,

llenando de sí misma

la conciencia de estar oculto y solo.

Cuando abrías los ojos levantabas

una cúpula azul sobre la tierra,

coronada de flámulas ardientes;

un recinto tan alto

y en su ofrenda de luz tan silencioso

que toda voluntad se deslizaba

por la pendiente del desasimiento.

Así unos ojos pueden encender

la latitud inaugural del mundo

diáfana y trasparente sin frontera,

y entrecerrar su propio laberinto

de heces y esquirlas de rumor taimado.

No quiero su amenaza

en la consternación del aire turbio:

sólo el azul extático y redondo.

La curvatura es vocación del río

con inflexiones lentas de meandro

en el arroyo que desciende al valle,

es consuelo en el círculo del Sol

cuando tiñe de rojo la parábola

en que la luz dibuja el horizonte,

espiral aguzada

en el brillo del brote de la hoja,

convexidad en la tensión del fruto,

densidad y turgencia

en todo lo colmado y lo creciente.

La redondez es signo de la carne

de mujer, salvación,

oasis de volumen

en la angustia del plano y de la recta;

pero ha de ser jardín al que no lleve

la ausencia de un camino no trazado.

Esa es la norma capital del sueño,

lo que confiere elevación de nube

y resplandor solar de paraíso

a la entereza de un jardín redondo

retirado al secreto

de su concavidad, sin que el dardo del tiempo

-serpiente rectilínea que hiere con la ciencia

del veneno sin paz de la memoria-

tenga puerta cerrada en que clavarse.

Pero tú oscureciste el horizonte

donde pudo brillar el más diáfano

silencio precursor de voz primera,

y trajiste al preludio

de su estación redonda la maldición del tiempo:

un largo corredor de palabras caídas

pudriéndose en la sombra de su otoño.

Así llegué al umbral del paraíso

como Moisés en su último viaje;

y en la desolación de la memoria

y la miseria del entendimiento

se desvanecen un jirón azul,

geometría sin voz, música abstracta.


De la inutilidad de los cristales ópticos


Si las imágenes se apiñan en un recinto oscuro

nada en ellas hay de movimiento (menos aún hábito de

movimiento);

sí en cambio los ojos de cristal que el taxidermista tan bien

conoce,

con su excesiva holgura en la órbita seca;

un día han de invadir a medianoche

los bulevares de la ciudad desierta,

aterrando con su agilidad a los animales pacíficos,

en una conjunción única que consagre el azar.


El azar, anigquilando en su represalia de hondero

el estupor del que alinea y su conciso cristal.


Museo de Historia Natural


Encerrados en un espacio distante

perfeccionan allí la estabilidad de no ser

más que inmovilidad de animales simbólicos

la escorzada pantera, el mono encadenado

y la fidelidad que representa el perro

echado ante los pies de la estatua yacente;

adquieren aridez en la luz incisiva

bajo las losas de cristal del domo,

traslúcido animal que no perece.

La boa suspendida

por cuatro alambres tensos sobre cartón pintado

no es más que el concepto de boa.

Agavillados

bajo un domo distante, la memoria

les redondea el gesto, los induce

a la circunferencia imaginaria

en la que inscriben dentro de su urna

la suspensión del gesto, salto rígido

igual que las mandíbulas abiertas

gritan terror de estopa, agonía en cartón, violencia plana.

Agazapados tras una puerta distante,

cuando la empuja el simulacro vuelve

a componer su coreografía;

y un día han de invadir los bulevares

de la ciudad desierta, amenazando

la arquitectura fácil del triunfo

y el gesto de la mano que acaricia

la mansedumbre impávida de animales pacíficos.


Palabras de Tersites


Esa carcasa ocre es Helena, la gracia de la nuca

aureolada de cabellos lúcidos.

Los que la amaron son inmortales ahí, en la tierra inverniza,

o bien envejecieron con una pierna rota

dislocada para mendigar unos vasos de vino-

y yo, el giboso, el patizambo, me acuerdo algunas veces

de la altivez biliosa de los jefes aqueos

considerando la pertinencia del combate,

inspiración segura de algún poema heroico

cantor de esta campaña y su cuerpo de diosa:

polvo para quien no la amó, sus versos humo.


Es la decrepitud lo que enciende esta guerra.

miércoles, 25 de agosto de 2021

Comienzo de La casa encendida, de Luis Rosales

LA CASA ENCENDIDA

Luis Rosales

I


Porque todo es igual y tú lo sabes,

has llegado a tu casa y has cerrado la puerta

con aquel mismo gesto con que se tira un día,

con que se quita la hoja atrasada al calendario

cuando todo es igual y tú lo sabes.

Has llegado a tu casa,

y, al entrar,

has sentido la extrañeza de tus pasos

que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,

y encendiste la luz, para volver a comprobar

que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año,

y después,

te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,

y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,

y te has sentido solo,

humanamente solo,

definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.

Has llegado a tu casa,

y ahora querrías saber para qué sirve estar sentado,

para qué sirve estar sentado igual que un náufrago

entre tus pobres cosas cotidianas.

Sí, ahora quisiera yo saber

para qué sirven el gabinete nómada y el hogar que jamás se ha encendido,

y el Belén de Granda

– el Belén que fue niño cuando nosotros todavía nos dormíamos cantando –

y para qué puede servir esta palabra: ahora

esta palabra misma “ahora”,

cuando empieza la nieve,

cuando nace la nieve,

cuando crece la nieve en una vida que quizás está siendo la mía,

en una vida que no tiene memoria perdurable,

que no tiene mañana,

que no conoce apenas si era clavel, si era rosa,

si fue azucenamente hacia la tarde.

Sí, ahora

me gustaría saber para qué sirve este silencio que me rodea,

este silencio que es como un luto de hombres solos,

este silencio que yo tengo,

este silencio

que cuando Dios lo quiere se nos cansa en el cuerpo,

se nos lleva,

se nos duerme a morir,

porque todo es igual y tú lo sabes.

martes, 30 de marzo de 2021

La Bienpagá, letra de Ramón Perelló música de Juan Mostazo

Na te pido,

na te debo

me voy de tu vera,

olvídame ya,

que he pagao con oro

tu carne morena,

no maldigas, paya,

estamos en paz.


No te quiero,

no me quieras.

Si to me lo diste,

yo na te pedí.

No me eches en cara

que to lo perdiste

también a tu vera

yo to lo perdí.


Bien pagá,

si tu eres la bien pagá,

porque tus besos compré

y a mí te supiste dar

por un puñao de parné

bien pagá, bien pagá,

bien pagá fuiste mujé.

 No te engaño,

quiero a otra.

No creas por eso

que te traicioné:

no cayó en mis brazos,

me dio sólo un beso,

el único beso

que yo no pagué.


Na te pido,

na me llevo

entre esas paredes

dejo sepultás

penas y alegrías

que te he dao y me diste

y esas joyas que ahora

otro lucirá.


Bien pagá,

si tu eres la bien pagá,

porque tus besos compré

y a mí te supiste dar

por un puñao de parné

bien pagá, bien pagá

bien pagá fuiste mujé.