sábado, 17 de enero de 2026

Javier Egea, poeta granadino desaparecido, Soneto "Si supieras" y otros poemas

 Soneto


Si supieras la noche que me llena,

cómo cultivo sombras en mi huerto,

como nado del mar al negro puerto

del océano triste de la pena.


Si supieras, amor, como resuena

-roto de soledad, pobre y desierto-

el acorde cansado, casi muerto

de un recuerdo de amor sobre la arena.


Si supieras, amor, como labora

el labrador de penas que me ocupa

de sol a sol, con el antiguo arado.


Si supieras, amor, que soy ahora

el jinete más gris sobre la grupa

del más triste corcel acobardado.


«Poética»

A Aurora de Albornoz


Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía

Juan Ramón Jiménez


Vino primero frívola ─yo niño con ojeras─

y nos puso en los dedos un sueño de esperanza

o alguna perversión: sus velos y su danza

le ceñían las sílabas, los ritmos, las caderas.


Mas quisimos su cuerpo sobre las escombreras

porque también manchase su ropa en la tardanza

de luz y libertad: esa tierna venganza

de llevarla por calles y lunas prisioneras.


Luego nos visitaba con extraños abrigos,

mas se fue desnudando, y yo le sonreía

con la sonrisa nueva de la complicidad.


Porque a pesar de todo nos hicimos amigos

y me mantengo firme gracias a ti, poesía,

pequeño pueblo en armas contra la soledad.


—ese pingajo de la soledad—

te derriba, te ocupa, sienta plaza en tu cuerpo

y, lo más peligroso, te alumbra, te interroga…

JE


«Itinerario»

Camina en paz, refiérelo a tu gente.

Luis de Góngora


Como quien madrugó por tantos patios

de los que muestran su belleza inhóspita,

quien tantas veces hubo de vendar

los brazos sin descanso de la esperanza

rota de tanto afán,

quien habitó sus calles,

el asombro violeta de la ciudad

cerrada ya con las primeras luces,

>como quien ha llamado a tantas puertas,

como quien sufre más de lo que puede.


Pero salgo mañana tras mañana

fingiendo saludar a las palomas en tropel,

casi sonámbulo,

viendo la muerte escrita

sobre los paredones

y los emblemas de sus dueños:

Ellos, los asesinos,

nos fueron invadiendo con lluvias y con sapos,

anegando las últimas rendijas del corazón,

marcándonos el aire, tempestuosamente,

arrancando los hilos que llevaban

la voz, la dicha, las pequeñas cosas.

Porque la muerte nuestra tiene dueño:

ese desmesurado comprador

de la memoria y el deseo,

ese gran vendedor de la tristeza.


¡Ellos, los asesinos,

se llevaron tan lejos la alegría!


Para entonces ya sabes

que la vida también les pertenece.

Y te miras los brazos acaso con temor

– esa fuerza tronchada –

por si los reconoces después de tantos siglos

tendidos sobre un fondo de oficinas,

de fábricas,

abiertos entre gentes que como tú se agotan,

entre rostros que llevan

un secreto brutal de forzada miseria,

un obligado guiño de silencio.


Se diría que todo se desploma

aunque cruzas la calle y piensas en su cuerpo

y sigues adelante.


Todo parece demasiado lejos

bajo esta luz obrera de diciembre.


Y algo te adentra en la ciudad de nuevo,

algo que ni siquiera es el amor

pero que empuja poderosamente

hacia una voz,

un resto de firmeza, una piel que se ofrece,

sabiendo en cada paso con más fuerza

que no fueron los signos o el azar,

que hay demasiada sangre detrás de una caricia.


Así salgo con norte, más cansado,

a este paisaje despoblado, sin barcos,

y en qué puedo pensar

si no es en la curva brillante

de tu cintura con estrellas,

en tu espalda con mapas ignorados y abiertos,

en los caminos sin alba de la libertad.


Y te llevo conmigo,

compañero de esquinas de diciembre,

pequeña tempestad que zarandeas,

atónito viajero,

engranaje de sueños y verdín,

naúfrago dulce,

amarrado a la tabla de mi cuerpo

por este mar oscuro, despiadado,

de esa forma salvaje y tan extraña

que vive el corazón.


Hoy te lo llevo a ti porque lo veas

como él siempre ha sido,

con sus bolsillos rotos,

su vieja colección de cicatrices,

sus años, si de nieves, no de bienes,

su habitación con fotos y ceniza

y este badil en el rincón, cesante,

como si alguna lumbre antigua.


Una extraña madeja de tumbos y deseo

te va poniendo en pie cada mañana,

te dice que hay camino, que no regreses nunca.

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