Soneto
Si supieras la noche que me llena,
cómo cultivo sombras en mi huerto,
como nado del mar al negro puerto
del océano triste de la pena.
Si supieras, amor, como resuena
-roto de soledad, pobre y desierto-
el acorde cansado, casi muerto
de un recuerdo de amor sobre la arena.
Si supieras, amor, como labora
el labrador de penas que me ocupa
de sol a sol, con el antiguo arado.
Si supieras, amor, que soy ahora
el jinete más gris sobre la grupa
del más triste corcel acobardado.
«Poética»
A Aurora de Albornoz
Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía
Juan Ramón Jiménez
Vino primero frívola ─yo niño con ojeras─
y nos puso en los dedos un sueño de esperanza
o alguna perversión: sus velos y su danza
le ceñían las sílabas, los ritmos, las caderas.
Mas quisimos su cuerpo sobre las escombreras
porque también manchase su ropa en la tardanza
de luz y libertad: esa tierna venganza
de llevarla por calles y lunas prisioneras.
Luego nos visitaba con extraños abrigos,
mas se fue desnudando, y yo le sonreía
con la sonrisa nueva de la complicidad.
Porque a pesar de todo nos hicimos amigos
y me mantengo firme gracias a ti, poesía,
pequeño pueblo en armas contra la soledad.
—ese pingajo de la soledad—
te derriba, te ocupa, sienta plaza en tu cuerpo
y, lo más peligroso, te alumbra, te interroga…
JE
«Itinerario»
Camina en paz, refiérelo a tu gente.
Luis de Góngora
Como quien madrugó por tantos patios
de los que muestran su belleza inhóspita,
quien tantas veces hubo de vendar
los brazos sin descanso de la esperanza
rota de tanto afán,
quien habitó sus calles,
el asombro violeta de la ciudad
cerrada ya con las primeras luces,
>como quien ha llamado a tantas puertas,
como quien sufre más de lo que puede.
Pero salgo mañana tras mañana
fingiendo saludar a las palomas en tropel,
casi sonámbulo,
viendo la muerte escrita
sobre los paredones
y los emblemas de sus dueños:
Ellos, los asesinos,
nos fueron invadiendo con lluvias y con sapos,
anegando las últimas rendijas del corazón,
marcándonos el aire, tempestuosamente,
arrancando los hilos que llevaban
la voz, la dicha, las pequeñas cosas.
Porque la muerte nuestra tiene dueño:
ese desmesurado comprador
de la memoria y el deseo,
ese gran vendedor de la tristeza.
¡Ellos, los asesinos,
se llevaron tan lejos la alegría!
Para entonces ya sabes
que la vida también les pertenece.
Y te miras los brazos acaso con temor
– esa fuerza tronchada –
por si los reconoces después de tantos siglos
tendidos sobre un fondo de oficinas,
de fábricas,
abiertos entre gentes que como tú se agotan,
entre rostros que llevan
un secreto brutal de forzada miseria,
un obligado guiño de silencio.
Se diría que todo se desploma
aunque cruzas la calle y piensas en su cuerpo
y sigues adelante.
Todo parece demasiado lejos
bajo esta luz obrera de diciembre.
Y algo te adentra en la ciudad de nuevo,
algo que ni siquiera es el amor
pero que empuja poderosamente
hacia una voz,
un resto de firmeza, una piel que se ofrece,
sabiendo en cada paso con más fuerza
que no fueron los signos o el azar,
que hay demasiada sangre detrás de una caricia.
Así salgo con norte, más cansado,
a este paisaje despoblado, sin barcos,
y en qué puedo pensar
si no es en la curva brillante
de tu cintura con estrellas,
en tu espalda con mapas ignorados y abiertos,
en los caminos sin alba de la libertad.
Y te llevo conmigo,
compañero de esquinas de diciembre,
pequeña tempestad que zarandeas,
atónito viajero,
engranaje de sueños y verdín,
naúfrago dulce,
amarrado a la tabla de mi cuerpo
por este mar oscuro, despiadado,
de esa forma salvaje y tan extraña
que vive el corazón.
Hoy te lo llevo a ti porque lo veas
como él siempre ha sido,
con sus bolsillos rotos,
su vieja colección de cicatrices,
sus años, si de nieves, no de bienes,
su habitación con fotos y ceniza
y este badil en el rincón, cesante,
como si alguna lumbre antigua.
Una extraña madeja de tumbos y deseo
te va poniendo en pie cada mañana,
te dice que hay camino, que no regreses nunca.
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