domingo, 4 de septiembre de 2011

Tengo un tigre en casa


Tigre automático 

(1964)

Kit Reed

Traducción de J. Costa-Segur Giralt en Ciencia Ficción Selección-11, Libro Amigo 274, Editorial Bruguera S.A., primera edición en Junio de 1974.


Compró el juguete para su primo segundo Randolph, un muchacho de huesudas rodillas, tan rico que, a sus trece años, todavía vestía pantalón corto. Nacido pobre, Benedict no tenía esperanza alguna de heredar el dinero de su tío James. En cualquier caso, gastó demasiado en el juguete.

Siempre se sintió sobrecogido por la transparente y dura mirada de su tío, en anteriores visitas de fin de semana; empequeñecía en aquellos lóbregos salones de paredes recubiertas de obscura madera. Esta vez no iría a Syosset desarmado. El caro regalo que llevaba para Randolph, nieto del anciano, debiera asegurarle, en cierta medida al menos, el respeto de su tío James. Pero había algo más en todo aquello. Era una extraña sensación que le invadió en el mismo momento en que vio la caja, solitaria y orgullosa, en el oscuro escaparate de la juguetería cercana al río.

Era una caja de mediano tamaño, de color naranja y negro, con las palabras «Tigre real de Bengala» en su. parte superior. Según la descripción impresa en la caja, el tigre respondía a las ordenes dadas a través de un pequeño micrófono.

Benedict había visto robots y monstruos parecidos al tigre en los anuncios de televisión durante todo el año. «Poséalo con orgullo», rezaba un letrero. Edward Benedict, apartado de los juguetes más por razones de tipo económico que por inclinación, no tenía ni idea de que aquel tigre costaba diez veces más que cualquier otro de características similares, aunque, de haberlo sabido, probablemente no habría influido en su decisión. Impresionaría al muchacho. 

Además, el aspecto fiero de los ojos de la ilustración le atrajo como un imán. Le costó el salario de un mes de trabajo y aún le pareció barato. Después de todo, se decía a sí mismo, la piel era legítima.
Nada deseaba tanto como abrir la caja y acariciar la piel. pero el dependiente le observaba fríamente y abandonó la idea, dejando que lo envolviera y lo atara con un cordel. Luego. le colocó la caja en los brazos, sin darle tiempo de pedir que se la mandaran a casa. La cogió sin chistar ( odiaba las escenas). Estuvo pensando en el tigre durante todo el camino de vuelta a casa, en el autobús. Como todo hombre con un juguete, sabía que no resistiría la tentación de abrir el paquete y probarlo.

Sus manos temblaban al dejar el paquete en un rincón de la sala.
-Sólo para ver si anda -musitó-; luego lo envolveré otra vez para Randolph.

Desenvolvió la caja y le dio la vuelta de manera que pudiera ver la ilustración.

No quería precipitarse. Preparó la cena y se puso a comer con la caja frente a él. Después de quitar la mesa se sentó a cierta distancia de ella, estudiando al tigre. A medida que las sombras se adueñaban de la habitación. algo, en el dibujo de la caja, parecía obligarle, conducirle al borde de algo importante, manteniéndole en suspenso. No podía librarse de esta sensación ni siquiera al pensar que aquel tigre y él no eran más que juguete y hombre, regalo y ofrendador. El tigre del dibujo parecía mirarle con tanta intensidad que, al fin se puso en. pie, se dirigió a la caja y cortó el cordel.
Al caer los lados de la caja introdujo las manos en ella. Su primera impresión fue de desencanto; aquello parecía un montón de piel vacía. Era áspera y, por un momento, pensó si los empaquetadores de la fábrica no habrían cometido un error; luego, al tantear con sus dedos, oyó un chasquido y la estructura de acero que la piel cubría se desplegó, haciéndole caer de espaldas. sin respiración, viendo cómo la criatura tomaba forma.

Era un tigre de tamaño natural, hecho con piel auténtica, cuidadosamente adaptada a una estructura de acero tan bien confeccionada que la bestia tenía un aspecto tan real como las que Benedict había visto en el zoológico de la ciudad. Los ojos eran de ámbar, iluminados por detrás por medio de pequeñas bombillas. Rayando en la histeria, Benedict notó que los bigotes estaban hechos de rígido filamento de nailon.

Allí estaba, inmóvil, rodeado de una misteriosa aura de poder, esperando a que él hallara el micrófono y diera la primera orden. En su interior, un mecanismo independiente hacía mover su larga cola, que daba trallazos en el piso.

Atemorizado, Benedict retrocedió hacia el sofá, se sentó y se quedó mirando al tigre. La obscuridad era casi completa en la habitación y, pronto, la única luz fue la emitida, por los ambarinos y fieros ojos del animal. Permanecía en una esquina del cuarto, golpeando el piso con la cola, y contemplándole con amarillenta mirada.

 Benedict abría y cerraba nerviosamente las manos sobre el sofá; pensaba en sí mismo, allí sentado; en el micrófono que transmitiría sus órdenes, en el tigre, esperando en su rincón y en los trallazos de la cola que inundaban la habitación. Se movió un poco y, al hacerlo, sus pies chocaron con algo. Lo recogió examinándolo. Era el micrófono. Todavía sentado, contemplaba al espléndido animal a la tenue luz emitida por sus ojos. Al fin, en la densa quietud de la noche, casi las primeras horas de la madrugada, sintiéndose extrañamente feliz, llevó el micrófono a sus labios y respiró trémulamente.

El tigre se estremeció.

Edward Benedict se levantó con cuidado. Luego, haciendo acopio de valor, consiguió que su garganta emitiera una orden:

-Camina.

Majestuosamente, el tigre obedeció.

-Siéntate -ordenó; apoyándose, trémulo, contra la puerta, sin creer aún lo que veía.

El tigre se sentó. Incluso en esta posición era tan alto como él. Aun estando en reposo, la satinada piel asentada con suavidad y ligereza sobre el cuerpo denunciaba la existencia de piezas de acero ensambladas en él interior.

Respiró otra vez junto al micrófono, maravillándose al ver que el tigre alzaba una pata y la mantenía, inmóvil, a la altura del pecho, mientras le contemplaba. Era tan real, tan emocionante, que Benedict, exultante, dijo «vamos a dar un paseo», y abrió la puerta. No usó el ascensor, sino que salió por la puerta que daba a la escalera de incendios, situada al fondo del corredor. Empezaron a bajar por ella, excitado al ver que el tigre le seguía en silencio, deslizándose, como agua, sobre los ennegrecidos peldaños.

¡Silencio ahora! -Benedict se detuvo tras la puerta que daba a la calle.

El tigre se paró tras él. Salió a la noche; la calle estaba tan solitaria, parecía tan irreal, que supuso serían las tres o las cuatro de la madrugada.

-Sígueme -susurró al tigre, internándose en la obscuridad.

Caminaron por las desiertas calles; el animal iba detrás de Benedict, confundiéndose en las sombras cuando parecía que un coche iba a pasar demasiado cerca. Finalmente, llegaron al parque y, después de haber dejado atrás algunas docenas de metros de sendero asfaltado, el tigre comenzó a distender sus patas como un caballo en marcha lenta, incansable, junto a las piernas de Benedict. Este le miró y, con un ramalazo de pena comprendió que una parte de él pertenecía aún a la jungla, que había permanecido demasiado tiempo en la caja y ahora quería correr.

-Vamos, ¡corre! -dijo, compadeciéndose, medio convencido de que no volvería a verlo más.

El felino marchó dando un salto; iba tan veloz que, sin darse cuenta, se vio por encima del pequeño lago artificial del parque. Cruzó por el aire de un tremendo salto y desapareció entre los arbustos de la otra orilla.

Solitario, Benedict se dejó caer sobre un banco. jugueteando con el micrófono. Ya no le serviría para nada, estaba seguro. Pensó en el próximo fin de semana, en el que tendría que presentarse en casa de su tío con las manos vacías. «Tenía un Juguete para Randolph, tío James, pero desapareció...» Pensó en el dinero que había gastado... Luego, reflexionando. pensó en los momentos que habían pasado juntos en el apartamento, la vida que había cobrado la habitación con su presencia, una vida que nunca tuvo antes... En definitiva, llegó al convencimiento de que no había gastado aquel dinero en vano.

El tigre... Ardía de impaciencia por volver a verlo. Tomó el micrófono. Pero, ¿por qué habría de volver siendo como era ahora libre? ¿Por qué, disponiendo de todo el parque, del mundo entero, para correr? Incluso con esta seguridad, no pudo evitar susurrar la orden:

-Vuelve -pidió fervientemente. Y luego-: Por favor.

Por algunos segundos, nada sucedió. Benedict escudriñó las tinieblas en un intento de ver algún movimiento; escuchó esperando oír siquiera un rumor, pero no ocurrió nada, hasta que la gran sombra cayó casi sobre él, saltando por encima del banco. Aterrizó, enorme y silencioso, junto a sus pies.

La voz de Benedict se quebró.

-¡Has vuelto! -exclamó emocionado.

Y, el tigre real de Bengala, emitiendo destellos de ámbar por los ojos, con sus blancos bigotes brillantes en la pálida luz, puso una pata sobre sus rodillas.

-Has vuelto -repitió Benedict y, tras una larga pausa, apoyó una indecisa mano sobre la cabeza del animal-. Creo que será mejor volver a. casa -susurró, al darse cuenta de que estaba amaneciendo.

¡Vamos! -le dio un vuelco el corazón al darse cuenta de su familiaridad-, ¡«Ben»!

Y emprendió el regreso al hogar, casi corriendo, gozoso de ver al tigre correr tras él con largos y silenciosos saltos.

-Debemos dormir ahora -dijo al tigre cuando llegaron al apartamento. Luego, cuando tuvo a «Ben» instalado, enroscado, con el hocico junto a la cola, en un rincón, telefoneó a la oficina, fingiendo estar enfermo. Alborozado, exhausto, se dejó caer en el sofá, olvidando, por primera vez, que sus zapatos descansaban sobre el mueble. Se durmió en seguida.

Cuando despertó era ya casi la hora de partir hacia Syosset. En el rincón, el tigre estaba tal y como lo dejara, inerte ahora, pero aún misteriosamente vivo, con los ojos resplandecientes y la cola golpeando el suelo de vez en cuando.

-Hola -dijo Benedict con voz queda-. Hola, «Ben» -sonrió cuando el tigre alzó la cabeza, mirándole. Había estado pensando en el modo de doblar al tigre y meterlo en la caja, pero, mientras el animal levantaba la cabeza, con los ojos relucientes, Benedict supo que tendría que llevarle otra cosa a Randolph. Aquél era su tigre. Moviéndose orgulloso bajo la ambarina luz, comenzó a preparar su marcha, guardando camisetas y calzoncillos en la maleta, envolviendo su cepillo de dientes y la rasuradora en papel higiénico, metiéndolo luego en uno de los departamentos destinados a los zapatos.

Debo irme, «Ben» -dijo cuando estuvo listo-. Aguárdame. Estaré de vuelta el domingo por la noche.

El tigre pareció mirarle atentamente, con los blancos bigotes brillando intensamente. Benedict imaginó haber herido los sentimientos de «Ben».

-Te diré lo que haremos, «Ben» -le consoló-. Me llevaré el micrófono, y si te necesito te llamaré. Te diré lo que debes hacer: primero vas a Manhattan y cruzas por Triboro Bridge...

Guardó el micrófono junto al pecho, en el bolsillo de la camisa. Por razones difíciles de comprender, aquel pequeño objeto cambiaba enteramente su aspecto.

-¿Para qué quiero un juguete para Randolph? -estaba ensayando algunos valientes discursos que dirigiría a tío James-. Tengo un tigre en casa.

En el tren empujó a varias personas, con tal de poder ocupar un asiento junto a la ventanilla. Más tarde, en lugar de tomar un autobús o un taxi que le llevara a casa de su tío, se encontró telefoneando para que mandaran a alguien con el coche a recogerlo a la estación.

Ya en el oscuro estudio de paredes revestidas de madera, estrechó la mano de su tío con tanta energía que alarmó al anciano. Randolph, con las rodillas ásperas y enrojecidas, se apoyó, beligerante, sobre un codo.

-Supongo que no me has traído nada -dijo, adelantando la barbilla con desafío.

Por una milésima de segundo Benedict se sintió desmayar. Luego, el contacto del micrófono junto al pecho, hizo que se acordara.

-Tengo un tigre en casa -murmuró.

-¿Eh? ¿Qué? -Randolph le empujó, hundiéndole los dedos en las costillas-. Anda, vamos a traerlo.

Con un sordo rugido, Benedict propinó un sopapo en la oreja de Randolph.

Desde aquel momento, Randolph fue un ejemplo de respetuosidad. Resultó muy sencillo en verdad. Benedict jamás lo hubiera imaginado.

Poco antes de partir, aquel domingo por la noche, su tío James colocó en sus manos un fajo de acciones.

-Eres un joven inteligente, Edward -dijo el anciano moviendo la cabeza, como si le costara creerlo-. Un joven inteligente.

Benedict sonrió de oreja a oreja.

-Hasta la vista, tío James. Tengo un tigre en casa.

Casi antes de que la puerta del apartamento se cerrara tras él, tenía ya el micrófono en la mano. Llamó al tigre y éste se echó a. sus pies. Benedict se abrazó a su gran cabeza. Luego se levantó y retrocedió unos pasos. El animal parecía mayor, más lustroso y cada uno de sus pelos vibraba con vida propia. Los bigotes de «Ben» parecían de nieve. Benedict también se sentía transformado. Pasó un largo rato frente al espejo, viendo unos cabellos que crepitaban llenos de vida: unas mandíbulas antes pesadas y prominentes y ahora tan ligeras.

Más tarde, caída ya la noche, salieron hacia el parque. Benedict se sentó en un banco para contemplar las evoluciones de su tigre, deleitándole la extraordinaria gracia de sus movimientos. Las correrías de «Ben» no duraron tanto en esta ocasión. No hacía más que volver al banco y apoyar la cabeza en las rodillas de Benedict.
Al despuntar el alba, «Ben» comenzó a correr de nuevo, describiendo amplios saltos a ras de suelo. Giró, de súbito, y marchó hacia el lago, con plena seguridad de saber adónde iba. Lo cruzó con tan limpio y formidable salto que hizo poner en pie a Benedict, gritando de contento.

-¡«Ben»!

El tigre pegó un segundo salto, tan espléndido como el anterior, y regresó junto a él. Cuando «Ben» tocó las rodillas de su amo, esta vez Benedict lanzó su chaqueta por el aire, gritando, y emprendió una loca carrera con el tigre. Fue casi una competición, con Benedict al lado de «Ben». Estaban a punto de cruzar el puente cuando una grácil figura femenina apareció, de pronto, ante ellos, con las manos extendidas ante sí, con visibles muestras de espanto y, a medida que ellos reducían su marcha, echó a correr lanzándoles algo, a la vez que abría la boca para proferir un grito que no llegó a encontrar voz. Algo blando le dio a «Ben» en el hocico; éste agitó la cabeza y retrocedió. Benedict se inclinó para recogerlo del suelo. Era un portamonedas.

-¡Eh, olvidó usted su...! -exclamó empezando a correr tras ella. 

Recordó de pronto que debería dar explicaciones por la presencia del tigre. Su voz se apagó y se detuvo, con un encogimiento de hombros, viéndose impotente, hasta que «Ben» le empujó.

-¡Eh, «Ben»...! -exclamó incrédulo-. La hemos asustado.

Se irguió contento y sonriente. «Vamos a ver esto» se dijo. Luego, en lo que pareció un nuevo alarde, abrió el bolso y halló algunos billetes. «Haremos que parezca un robo. Ningún policía creerá su historia del tigre» pensó. Después dejó el bolso abierto en el suelo, donde ella pudiera verlo y, abstraído, se guardó el dinero en el bolsillo, prometiéndose, in mente, devolverlo a la mujer algún día.
-Anda, «Ben» -dijo suavemente-. Vamos a casa.

Cansado, Benedict durmió toda la mañana con la cabeza apoyada en el suave lomo del tigre. «Ben» permaneció alerta, con el ámbar de sus ojos siempre brillante; los movimientos de su cola eran el único signo de vida en la habitación.

Despertó pasado el mediodía, alarmado al ver que llegaría con cuatro horas de retraso a la oficina. Sus ojos se cruzaron con los del tigre y rió. «Tengo un tigre.» Se desperezó largamente, bostezando. Tomó con calma el desayuno; luego, tranquilo, se vistió. Al hacerlo encontró las acciones que le entregara su tío el día anterior; las examinó y cayó en la cuenta de que representaban una respetable suma de dinero.

Por algunos días se sintió feliz sin hacer nada, pasando las tardes en el cine y las noches en restaurantes y bares; incluso, en dos ocasiones, fue a las carreras. El resto del tiempo lo pasaba en casa, sentado, contemplando al tigre. Cada día frecuentaba restaurantes de mayor categoría, sorprendido de que los jefes de comedor se inclinaran ante él con deferencia, y de que elegantes mujeres le miraran con interés (todo ello, estaba seguro, por el simple hecho de tener un tigre en casa).

Llegó un día en que se cansó de escoger la comida él solo. 

Incómodo en su nueva situación, se sentía impulsado a comprobar cuán lejos podía llegar. Había gastado hasta el último céntimo de los beneficios obtenidos con las acciones de su tío James, y (con cierta sensación de culpabilidad), el dinero tomado del bolso de aquella mujer, en el parque. Empezó a leer la sección de anuncios de The Times y, un día, copió una dirección y descolgó el teléfono.
-Deséame suerte, «Ben» -susurró al marchar.

Estuvo de vuelta una hora más tarde, moviendo la cabeza, aún atónito.

-Debiste verme, «Ben». En su vida habían oído hablar de mí y, sin embargo, me pidieron que aceptase el empleo. Los tenía acorralados. Yo era un tigre -se sonrojó con modestia.
Los ojos del tigre parpadearon y se tornaron más brillantes.
.Aquel viernes, Benedict trajo a casa el cheque de su primera paga y, por la noche, fue él quien abrió la marcha hacia el parque. Corría hasta que sus ojos se anegaban en lágrimas por efecto del frío viento; corrió con el tigre a su lado la madrugada próxima y todas las que siguieron a aquélla y, cada día, se sentía más seguro de sí mismo. «Tengo un tigre en casa», se decía en los momentos difíciles. y ésta sería la clave que le ayudaría a salir airoso de las dificultades. Llevaba siempre el micrófono consigo, como si se tratara de un talismán, seguro como estaba de poder hacer uso de él en todo momento, atrayendo al tigre junto a él. Fue nombrado primer vicepresidente a los pocos días.

Fue progresando en su carrera; se convirtió en un hombre atareado y solvente, pero esto no le hizo olvidar nunca el paseo nocturno con su tigre. Había ocasiones en que, en plena velada, rodeado de gente importante, en cualquier atestado club nocturno, se excusaba para poder llevar el tigre al parque y correr a su lado vistiendo aún el smoking y la impecable camisa blanca, resplandeciente en la noche. Se tornó engreído, poderoso, pero permaneció fiel.

Hasta el día en que llevó a cabo su mayor negocio. Su superior le envió a comer con Quincy , el más importante cliente de la compañía, con instrucciones bien definidas: venderle dieciséis gruesas.

-Quincy -dijo Benedict-, usted necesita veinte gruesas.

Estaban sentados en un sofá cuyo tapizado imitaba la piel de tigre, en un restaurante de los caros. Quincy, un colérico hombretón, le habría aterrorizado un mes antes.

-¡Está usted muy seguro! -bufó Quincy-. ¿Qué demonios .le hace pensar que quiero veinte gruesas?

Por un segundo, Benedict sintió que le abandonaba el aplomo. Luego, aquella tapicería atigrada hizo sonar en él la cuerda de la inspiración y se lanzó.

--Desde luego, usted no quiere veinte gruesas -gruñó- : las necesita.
Quincy compró treinta gruesas. Benedict fue ascendido a director general.

Un nuevo título que no pesaba mucho sobre sus hombros. Se concedió el resto de la tarde. Se dirigía a la puerta, silencioso como un gato, cuando le detuvo un rumor inesperado, un roce de seda.

-¿Madeline? -exclamó interrogante.

Vistiendo un sedoso y oscuro vestido, la secretaria, inaccesible hasta aquel día, estaba ahora a su lado. Intentaba decirle algo, insinuante.

Benedict se dejó llevar por el impulso.

-Vendrás a cenar conmigo esta noche, Madeline.

Su voz era acariciante.

-Tengo una cita, Eddy. Mi rico tío de Cambridge está en la ciudad.
Benedict gruñó:

-¿El... ah... tío que te regaló esa piel de visón? Ya le he visto. Es demasiado gordo -dijo, y añadió con un gruñido que anuló la resistencia de Madeline: vendré por ti a las ocho.

-Pero, Eddy..., está bien -le miró a través de unas espesas pestañas-, pero debo advertirte que no soy una chica fácil de contentar.

-Harás la cena, claro, y luego daremos una vuelta por la ciudad -diose unas palmaditas en el bolsillo que contenía la billetera, dando luego un suave pellizco a su oreja.

Aquella noche, mientras revolvía en el cajón de los calcetines, su mano tropezó con algo duro. Era el micrófono. Por una u otra razón, había olvidado cogerlo aquella mañana. Debió de caerle entre los calcetines al vestirse y había ido sin él todo el día. Lo cogió con alivio y se dispuso a deslizarlo en el bolsillo del smoking. Pero no llegó a hacerlo. Cuidadosamente, lo dejó en el cajón, cerrándolo. Ya no lo necesitaba. El era el tigre ahora.

Aquella noche, todavía alegre, bajo el efecto de la bebida, del cálido son de la música y del acompasado respirar de Madeline junto a su oído, se acostó sin desnudarse y no despertó hasta clarear la mañana. Cuando empezó a andar por el cuarto, descalzo, vio a «Ben» en el rincón, con la mirada triste. Olvidó llevarle al parque.

-Lo siento, viejo amigo -se excusó al marchar a la oficina, dándole unas palmaditas.

Y al día siguiente, «estoy muy ocupado», una rápida caricia y «voy a llevar a Madeline de compras».

A medida que los días pasaban y Benedict veía más a la joven, olvidó darle a «Ben» satisfacciones por sus descuidos. El tigre quedó allí, en su rincón, sin vida, viéndole ir y venir, con la mirada cargada de reproches.

Benedict le compró a Madeline un «Oleg Cassini».

En el rincón de la sala de estar, una fina capa de polvo empezaba a cubrir la piel de «Ben».

Benedict compró a Madeline un brazalete de diamantes.

En el rincón, una colonia de polillas se estableció en la piel de «Ben».

Benedict y Madeline pasaron una semana en Nassau. De regreso, cruzaron ante el establecimiento de un vendedor de coches y Benedict compró un «Jaguar» a Madeline.

El sistema de fijación de los enhiestos y brillantes bigotes de «Ben», comenzó a ceder. Ahora estaban fláccidos, y algunos pelos habían caído ya.

En el taxi que le traía a casa desde el apartamento de Madeline, Benedict examinó su talonario de cheques por primera vez en muchos días. El viaje y el primer pago del coche habían reducido casi a cero su cuenta corriente. Y al día siguiente vencía uno de los pagos de la pulsera. Pero ¿qué importaba? Se encogió de hombros. Era un hombre importante.

Ya en la puerta de su domicilio, extendió un cheque al taxista por el importe de la carrera, añadiendo cinco dólares como propina. Luego subió a su apartamento deteniéndose un momento ante el espejo para admirar su bronceado semblante. Después, se acostó.
Despertó a las tres en punto de la madrugada. Se sentía oprimido por las sombras, intranquilo, por primera vez. A la fría luz de la lámpara de la mesita de noche, revisó su cuenta corriente otra vez. Le quedaba mucho menos dinero del que pensaba. Tendría que ir al Banco, hacer un depósito con el que cubrir el cheque que le diera al taxista, o el que extendiera por el primer pago del «Jaguar» no podría hacerse efectivo. Pero, no. Había entregado un cheque por el último plazo del brazalete, y ya debían de haberlo cobrado. Estaba sin fondos...

Tenía que conseguir dinero. Sentado en la cama, meditaba. Recordaba a la mujer que habían asustado en el parque, él y «Ben., el primer día, y el dinero que encontró en el bolso. Se le ocurrió que podía conseguir el dinero que necesitaba en el parque. Recordó el pánico de la mujer, su huida. En su mente, aquello tomaba la forma de un arriesgado robo. ¿No había, acaso, gastado el dinero? Cuanto más pensaba en ello, más decidido estaba a intentarlo de nuevo, olvidando que en aquella ocasión le había acompañado el tigre, y, también, mientras se ponía un jersey a rayas y anudaba un pañuelo a su garganta, que él no era el tigre. Salió sin ver siquiera a «Ben» en su rincón. Corrió al parque, decidido.

Reinaba aún la oscuridad; caminaba ligero, silenciosamente, por los senderos, sintiendo crecer sus fuerzas a medida que avanzaba. Una vaga figura apareció, caminando hacia él (su presa), y gruñó un poco, pero rompió a reír, quedamente, al reconocer a la mujer -la misma pobre mujer asustada por un tigre-; gruñó de nuevo, corriendo hacia ella. «La asustaré otra vez», pensó.

-¡Eh! -gritó la mujer al abalanzarse Benedict sobre ella. Se detuvo en seco, casi perdiendo el equilibrio al ver que no retrocedía asustada; permaneció quieta, con los pies algo separados, balanceando el bolso.

Al verlo, la rodeó e intentó abalanzarse de nuevo.

-¡Démelo! -ordenó.

-¿Perdón? -repuso ella fríamente, sorprendida al intentar Benedict, gruñendo, una nueva acometida-. ¿Qué es lo que le pasa?

-El bolso -dijo amenazador, con el cabello erizado.

-Oh, el bolso -alzó el bolso y lo dejó caer con violencia sobre su cabeza.

Retrocedió, sobresaltado, y antes de que pudiera rehacerse, la mujer se dirigió hacia la salida del parque, riendo despreciativamente.

Había ya demasiada luz para buscar otra víctima. Se quitó el jersey y salió del parque en mangas de camisa, caminando lentamente, dándole vueltas en su mente a su fallido intento de robo. Meditando aún, entró en un café para desayunar. Preocupado, lo hizo sin darse ni cuenta. La cosa no había funcionado bien, decidió al fin, arreglándose el nudo de fa corbata. Aquella mañana fue a la oficina demasiado pronto.

-Me han llamado desde el establecimiento donde compraste el «Jaguar» -declaró Madeline al llegar, una hora más tarde-. No han podido cobrar el cheque que les diste.

-¿No? -algo en sus ojos le hizo desistir de hacer algún comentario-. ¡Oh! -dijo con suavidad-, ya me ocuparé de ello.

-Será mejor que lo hagas -contestó ella. Sus ojos eran fríos.

En condiciones normales, habría aprovechado la circunstancia de encontrarse solo con ella para darle un pequeño mordisco en el cuello, pero aquella mañana parecía tan distante... Pensó que la razón estaría en no haberse afeitado. Volvió, pues, a su despacho, donde revisó, cejijunto, varias columnas de cifras en su agenda.

-Esto no. marcha -murmuró-. Necesito un aumento.

El nombre del director era John Gilfoyle (mister Gilfoyle o señor, para la mayoría de empleados); Benedict pronto aprendió que el uso de iniciales le confundía, y empleaba este conocimiento en su provecho.

Quizá se había levantado con el pie izquierdo aquel día, o puede que fuera el ir sin chaqueta. Estaba desorientado. El caso es que Gilfoyle ni siquiera parpadeó.

-Hoy no tengo tiempo para eso -casi ladró.

-No parece comprenderlo -Benedict hinchó el pecho y caminó por la alfombra hacia el escritorio, con suavidad, notando, al hacerlo, con gran disgusto, que sus zapatos estaban enlodados de resultas de sus correrías por el parque. Pero era aún el tigre-. Quiero más dinero.

-Hoy no, Benedict.

-Podría conseguir el doble en cualquier otra parte -alardeó Benedict, displicente como siempre; pero, en aquella ocasión, parecía existir algún error en su actitud. Quizá estaba un poco ronco de caminar bajo el húmedo y frío aire de la noche.

El caso es que Gilfoyle, en lugar de acceder a su petición como siempre hacía, dijo:

-No parece muy hábil esta mañana, Benedict. No como debe serlo un hombre de la Compañía.

-En Welchel Works me ofrecieron... -estaba diciendo en aquellos momentos.

-¿Por qué no se larga entonces con los de la Welchel Works? -gritó Gilfoyle, dando un puñetazo sobre .la mesa.

-Me necesita -contestó Benedict. Su expresión era decidida, como siempre; pero su fracaso en el parque le había afectado más de lo que suponía. Debía de estar haciéndolo todo al revés.

-No le necesito -ladró Gilfoyle-, y salga de aquí antes de que decida que ni siquiera deseo que siga aquí.

-Usted... ,-empezó Benedict.

-¡Fuera!

-Sí, señor. -Completamente abatido, salió del despacho.

En et pasillo tropezó con Madeline.

-¿Qué hay del pago? -empezó ella.

-Me ocuparé de ello. Si pudiéramos vernos...

-Esta noche, no -parecía notar un cambio en él-. Estaré ocupada.
Benedict estaba demasiado aturdido para protestar.

De nuevo en su despacho, repasó una y otra vez las cifras de su agenda. Era la hora de comer y seguía en su silla, ausente, acariciando el pisapapeles (una esfera de cristal, a rayas atigradas, comprado en tiempos mejores). Al tenerlo en sus manos pensó en «Ben». Por primera vez en varias semanas pensó en el tigre, inesperadamente, abrumado por la añoranza. Permaneció allí sentado el resto de la tarde, abatido, con demasiada poca confianza en sí mismo como para atreverse a salir antes de que el reloj diera la hora. Tan pronto como pudo, abandonó el despacho y tomó un taxi con unas pocas monedas que encontrara en uno de los cajones de su mesa. Pensaba que al menos el tigre no le abandonaría, que sería bueno llevarle a pasear otra vez, encontrando consuelo al correr juntos, su viejo amigo y él, por los senderos del parque.

Prescindiendo del ascensor, echó a correr escaleras arriba, deteniéndose solo para encender una lamparita junto a la puerta de la sala de estar.

-¡«Ben»! -exclamó, abrazándose al cuello del tigre. Fue al dormitorio en busca del micrófono. Lo encontró en el lavabo, bajo un montón de calcetines sucios-. «Ben» -llamó con suavidad por el micrófono.

Le llevó mucho tiempo al tigre poder levantarse. Su ojo derecho había perdido gran parte de su resplandor, de tal modo que apenas pudo verle. La luz tras el ojo izquierdo se había extinguido. Cuando su amo le llamó desde la puerta, se movió despacio, y, al aproximarse a la luz de la lámpara, Benedict comprendió por qué.
La cola de «Ben» se movía ahora lentamente, sin fuerza, y sus ojos aparecían cubiertos de polvo. Había perdido el brillo, y el mecanismo que convirtiera en movimiento las órdenes de Benedict estaba agarrotado por falta de uso. Los soberbios bigotes plateados eran ahora amarillentos, y estaban manchados aquí y allá donde las polillas habían roído; Con pesados movimientos, «Ben» apretó su cabeza contra Benedict.

-Hola, compañero. -dijo éste con un nudo en la garganta-. ¿Qué tal? Te diré lo que haremos -exclamó acariciando la estropeada piel-. Tan pronto oscurezca saldremos para el parque, a respirar un poco de aire fresco -prometió con voz rota-. El aire fresco te devolverá las. fuerzas. ¡Ya verás!

Con una sensación de vacío que trataba de encubrir con sus palabras esperanzadas, se sentó en el sofá y esperó. Cuando el tigre llegó a su lado, cogió uno de sus cepillos con mango de plata y empezó a cepillar la piel sin vida de «Ben». Saltaba a pedazos, pegándose a las cerdas. La tristeza de Benedict iba en aumento. 

Dejó el cepillo.

-Todo irá bien, compañero -dijo acariciando su cabeza, como para tranquilizarse a sí mismo. Por un momento los ojos de «Ben» reflejaron la luz de la lámpara de la habitación y Benedict quiso creer que empezaban a cobrar nueva vida-. Ya es hora -dijo Benedict-. Anda, vamos -empezó a caminar, despacio. El tigre le siguió rechinando y, juntos, emprendieron el penoso camino hacia el parque.

Algunos minutos más tarde llegaron ante las puertas. Benedict pensaba, no sabía por qué, que una vez allí, en plena naturaleza, el tigre recobraría las fuerzas. Así parecía en realidad, al principio. La oscuridad disfrazaba la miseria de «Ben» y, además, empezó a moverse con cierta rapidez cuando Benedict se volvió y dijo:

-¡Adelante!

Benedict echó a correr a grandes, locas zancadas, por un corto trecho, asegurándose de que el tigre corría tras él; luego, acomodó su velocidad a la de «Ben». Pensó, con razón, que si iba muy aprisa, el tigre no sería capaz de seguirle. Continuó al mismo ritmo por algún tiempo y el tigre se las compuso para seguir a su lado. Después, de un modo imperceptible, decreció su velocidad, yendo más y más despacio, siguiendo los movimientos de «Ben» que, valientemente, movía sus silenciosas patas en un simulacro de marcha.

Al fin, Benedict se dirigió a un banco y le llamó a su lado, con la cabeza gacha, de modo que el tigre no pudiera ver que estaba a punto de llorar.

-«Ben» -dijo-, perdóname.

La gran cabeza le propinó un cariñoso golpe y, al levantar la cara, la débil luz del único ojo útil la iluminó. «Ben» pareció comprender su expresión, porque tocó las rodillas de Benedict con una pata, mirándole con sentimiento con su desafiante ojo ciego. Luego, encogió su cuerpo para distenderlo después, haciendo recordar el poder y ]a gracia que tuviera antaño. Se puso a correr hacia el lago artificial. Miró atrás en una ocasión, describiendo un pequeño salto extra, como para asegurar a Benedict que volvía a ser el mismo de antes, que no había nada que perdonar. Tomó impulso para saltar de nuevo y cruzar el lago. E] comienzo fue espléndido, pero inútil. El mecanismo había estado demasiado tiempo en desuso y, justo cuando estaba en el aire, falló, agarrotándose el grácil cuerpo, cayendo, rígido, dentro del lago.

Cuando pudo ver con suficiente claridad, Benedict se dirigió a la orilla del agua con los ojos anegados en lágrimas. Polvo y algunos pelos flotaban sobre el agua, pero eso era todo. «Ben» había desaparecido. Con cuidado, Benedict extrajo el micrófono de su bolsillo y lo arrojó a] agua. Permaneció allí, de pie, mirando el lago, hasta que las primeras luces de la mañana se abrieron paso a través de las ramas de los árboles, luchando por alcanzar el agua.

No se apresuró. Sabía, sin necesidad de que se lo dijeran, que estaba sin trabajo. Tendría que vender sus nuevas ropas y los cepillos de plata para poder afrontar, en parte, las deudas. Pero no importaba ya. Parecía lo más apropiado, ahora que ya no tenía nada.

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