Cultivo una rosa blanca,
en julio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni oruga cultivo:
cultivo una rosa blanca.
domingo, 18 de marzo de 2007
NOCTURNO III, José Asunción Silva
Una noche
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,
Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra
fina y lángida
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
Y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro,
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida
y el chillido
de las ranas,
sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortüorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada...
Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola,
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,
Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra
fina y lángida
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
Y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro,
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida
y el chillido
de las ranas,
sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortüorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada...
Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola,
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...
SERENATA, José Manuel Marroquín
Ahora que los ladros perran,
ahora que los cantos gallan,
ahora que albando la toca
las altas suenas campanan;
y que los rebuznos burran,
y que los gorjeos pájaran
y que los silbos serenan
y que los gruños marranan
y que la aurorada rosa
los extensos doros campa,
perlando líquidas viertas
cual yo lágrimo derramas
y friando de tirito
si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos
ventano de tus debajas.
Tú en tanto duerma tranquiles
en tu rega camalada
ingratándote así burla
de las amas del que te ansia.
¡Oh, ventánate a tu asoma!
¡Persiane un poco la abra
y suspire los recibos
que esta pobra exhale alma!
Ven, endecha las escuchas
en que mi exhala se alma
que un milicio de musicas
me flauta con su compaña,
en tinieblo de las medias
de esta madruga oscurada.
Ven y haz miradar tus brillas
a fin de angustiar mis calmas.
Esas tus arcas son cejos
con que flechando disparas.
Cupido peche mi hiero
y ante tus postras me planta.
Tus estrellos son dos ojas,
tus rosos son como labias,
tus perles son como dientas,
tu palme como una talla,
tu cisne como el de un cuello,
un garganto tu alabastra,
tus tornos hechos a brazo,
tu reinar como el de un anda.
Y por eso horo a estas vengas
a rejar junto a tus cantas
¡y a suspirar mis exhalos
ventano de tus debajas!
COMIENZO DEL MARTÍN FIERRO, José Hernández
Aquí me pongo a cantar
Al compás de la vigüela,
Que el hombre que lo desvela
Una pena estraordinaria
Como la ave solitaria
Con el cantar se consuela.
Pido a los Santos del Cielo
Que ayuden mi pensamiento;
Les pido en este momento
Que voy a cantar mi historia
Me refresquen la memoria
Y aclaren mi entendimiento.
Vengan Santos milagrosos,
Vengan todos en mi ayuda,
Que la lengua se me añuda
Y se me turba la vista;
Pido a Dios que me asista
En una ocasión tan ruda.
Yo he visto muchos cantores,
Con famas bien obtenidas,
Y que después de adquiridas
No las quieren sustentar
Parece que sin largar
se cansaron en partidas.
Mas ande otro criollo pasa
Martín Fierro ha de pasar;
nada lo hace recular
ni los fantasmas lo espantan,
y dende que todos cantan
yo también quiero cantar.
Cantando me he de morir
Cantando me han de enterrar,
Y cantando he de llegar
Al pie del eterno padre:
Dende el vientre de mi madre
Vine a este mundo a cantar.
Que no se trabe mi lengua
Ni me falte la palabra:
El cantar mi gloria labra
Y poniéndome a cantar,
Cantando me han de encontrar
Aunque la tierra se abra.
Me siento en el plan de un bajo
A cantar un argumento:
Como si soplara el viento
Hago tiritar los pastos;
Con oros, copas y bastos
Juega allí mi pensamiento.
Yo no soy cantor letrao,
Mas si me pongo a cantar
No tengo cuándo acabar
Y me envejezco cantando:
Las coplas me van brotando
Como agua de manantial.
Con la guitarra en la mano
Ni las moscas se me arriman,
Naides me pone el pie encima,
Y cuando el pecho se entona,
Hago gemir a la prima
Y llorar a la bordona.
Yo soy toro en mi rodeo
Y torazo en rodeo ajeno;
Siempre me tuve por güeno
Y si me quieren probar,
Salgan otros a cantar
Y veremos quién es menos.
No me hago al lao de la güeya
Aunque vengan degollando,
Con los blandos yo soy blando
Y soy duro con los duros,
Y ninguno en un apuro
Me ha visto andar tutubiando.
En el peligro, ¡qué Cristos!
El corazón se me enancha,
Pues toda la tierra es cancha,
Y de eso naides se asombre:
El que se tiene por hombre
Ande quiere hace pata ancha.
Soy gaucho, y entiendaló
Como mi lengua lo esplica:
Para mí la tierra es chica
Y pudiera ser mayor;
Ni la víbora me pica
Ni quema mi frente el sol.
Nací como nace el peje
En el fondo de la mar;
Naides me puede quitar
Aquello que Dios me dio
Lo que al mundo truje yo
Del mundo lo he de llevar.
Mi gloria es vivir tan libre
Como el pájaro del cielo:
No hago nido en este suelo
Ande hay tanto que sufrir,
Y naides me ha de seguir
Cuando yo remuento el vuelo.
Yo no tengo en el amor
Quien me venga con querellas;
Como esas aves tan bellas
Que saltan de rama en rama,
Yo hago en el trébol mi cama,
Y me cubren las estrellas.
Y sepan cuantos escuchan
De mis penas el relato,
Que nunca peleo ni mato
Sino por necesidá,
Y que a tanta alversidá
Sólo me arrojó el mal trato
Y atiendan la relación
que hace un gaucho perseguido,
que padre y marido ha sido
empeñoso y diligente,
y sin embargo la gente
lo tiene por un bandido.
AL NIÁGARA, José María de Heredia
Templad mi lira, dádmela, que siento
en mi alma estremecida, y agitada
arder la inspiración. ¡Oh! ¡Cuánto tiempo
en tinieblas pasó, sin que mi frente
brillase con su luz...! Niágara undoso,
tu sublime terror sólo podría
tornarme el don divino, que ensañada
me robó del dolor la mano impía.
Torrente prodigioso, calma, calla
tu trueno aterrador: disipa un tanto
las tinieblas que en torno te circundan;
déjame contemplar tu faz serena,
y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre
lo común y mezquino desdeñando,
ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
al retumbar sobre mi frente el rayo,
palpitando gocé: vi al Océano,
azotado por austro proceloso,
combatir mi bajel, y ante mis plantas
vórtice hirviente abrir, y amé el peligro.
Mas del mar la fiereza
en mi alma no produjo
la profunda impresión que tu grandeza
Sereno corres, majestuoso; y luego
en ásperos peñascos quebrantado,
te abalanzas violento, arrebatado,
como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
de la sirte rugiente
la aterradora faz? El alma mía
en vago pensamiento se confunde
al mirar esa férvida corriente,
que en vano quiere la turbada vista
en su vuelo seguir al borde oscuro
del precipicio altísimo: mil olas,
cual pensamiento rápidas pasando,
chocan, y se enfurecen,
y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
y entre espuma y fragor desaparecen.
¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo
devora los torrentes despeñados:
crúzanse en él mil iris, y asordados
vuelven los bosques el fragor tremendo
en las rígidas peñas
rómpese el agua: vaporosa nube
con elástica fuerza
llena el abismo en torbellino, sube,
gira en torno, y al éter
luminosa pirámide levanta,
y por sobre los montes que le cercan
al solitario cazador espanta.
Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
con inútil afán? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
que en las llanuras de mi ardiente patria
nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
y al soplo de las brisas del océano,
bajo un cielo purísimo se mecen?
Este recuerdo a mi pesar me viene...
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
ni otra corona que el agreste pino
a tu terrible majestad conviene.
La palma, y mirto, y delicada rosa,
muelle placer inspiren y ocio blando
en frívolo jardín: a ti la suerte
guardó más digno objeto, más sublime.
El alma libre, generosa, fuerte,
viene, te ve, se asombra,
el mezquino deleite menosprecia,
y aun se siente elevar cuando te nombra.
¡Omnipotente Dios! En otros climas
vi monstruos execrables,
blasfemando tu nombre sacrosanto,
sembrar error y fanatismo impío,
los campos inundar en sangre y llanto,
de hermanos atizar la infanda guerra,
y desolar frenéticos la tierra.
Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
en grave indignación. Por otra parte
vi mentidos fi1ósofos, que osaban
escrutar tus misterios, ultrajarte,
y de impiedad al lamentable abismo
a los míseros hombres arrastraban.
Por eso te buscó mi débil mente
en la sublime soledad: ahora
entera se abre a ti; tu mano siente
en esta inmensidad que me circunda,
y tu profunda voz hiere mi seno
de este raudal en el eterno trueno.
¡Asombroso torrente!
¡Cómo tu vista el ánimo enajena,
y de terror y admiración me llena!
¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza
por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
hace que al recibirte
No rebose en la tierra el océano?
Abrió el Señor su mano omnipotente;
cubrió tu faz de nubes agitadas,
dio su voz a tus aguas despeñadas
y ornó con su arco tu terrible frente.
¡Ciego, profundo, infatigable corres,
como el torrente oscuro de los siglos
en insondable eternidad. ..! ¡Al hombre
huyen así las ilusiones gratas,
los florecientes días,
y despierta al dolor...! ¡Ay! agostada
yace mi juventud; mi faz, marchita;
y la profunda pena que me agita
ruga mi frente, de dolor nublada.
Nunca tanto sentí como este día
mi soledad y mísero abandono
y lamentable desamor... ¿Podría
en edad borrascosa
sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡Si una hermosa
mi cariño fijase,
y de este abismo al borde turbulento
mi vago pensamiento
y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara, viéndola cubrirse
de leve palidez, y ser más bella
en su dulce terror, y sonreírse
al sostenerla mis amantes brazos. ..!
¡Delirios de virtud...! ¡Ay! ¡Desterrado,
sin patria, sin amores,
sólo miro ante mí llanto y dolores!
¡Niágara poderoso!
¡Adiós! ¡Adiós! Dentro de pocos años
ya devorado habrá la tumba fría
a tu débil cantor. ¡Duren mis versos
cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
viéndote algún viajero,
dar un suspiro a la memoria mía!
Y al abismarse Febo en occidente,
feliz yo vuele do el Señor me llama,
y al escuchar los ecos de mi fama,
alce en las nubes la radiosa frente.
en mi alma estremecida, y agitada
arder la inspiración. ¡Oh! ¡Cuánto tiempo
en tinieblas pasó, sin que mi frente
brillase con su luz...! Niágara undoso,
tu sublime terror sólo podría
tornarme el don divino, que ensañada
me robó del dolor la mano impía.
Torrente prodigioso, calma, calla
tu trueno aterrador: disipa un tanto
las tinieblas que en torno te circundan;
déjame contemplar tu faz serena,
y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre
lo común y mezquino desdeñando,
ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
al retumbar sobre mi frente el rayo,
palpitando gocé: vi al Océano,
azotado por austro proceloso,
combatir mi bajel, y ante mis plantas
vórtice hirviente abrir, y amé el peligro.
Mas del mar la fiereza
en mi alma no produjo
la profunda impresión que tu grandeza
Sereno corres, majestuoso; y luego
en ásperos peñascos quebrantado,
te abalanzas violento, arrebatado,
como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
de la sirte rugiente
la aterradora faz? El alma mía
en vago pensamiento se confunde
al mirar esa férvida corriente,
que en vano quiere la turbada vista
en su vuelo seguir al borde oscuro
del precipicio altísimo: mil olas,
cual pensamiento rápidas pasando,
chocan, y se enfurecen,
y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
y entre espuma y fragor desaparecen.
¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo
devora los torrentes despeñados:
crúzanse en él mil iris, y asordados
vuelven los bosques el fragor tremendo
en las rígidas peñas
rómpese el agua: vaporosa nube
con elástica fuerza
llena el abismo en torbellino, sube,
gira en torno, y al éter
luminosa pirámide levanta,
y por sobre los montes que le cercan
al solitario cazador espanta.
Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
con inútil afán? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
que en las llanuras de mi ardiente patria
nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
y al soplo de las brisas del océano,
bajo un cielo purísimo se mecen?
Este recuerdo a mi pesar me viene...
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
ni otra corona que el agreste pino
a tu terrible majestad conviene.
La palma, y mirto, y delicada rosa,
muelle placer inspiren y ocio blando
en frívolo jardín: a ti la suerte
guardó más digno objeto, más sublime.
El alma libre, generosa, fuerte,
viene, te ve, se asombra,
el mezquino deleite menosprecia,
y aun se siente elevar cuando te nombra.
¡Omnipotente Dios! En otros climas
vi monstruos execrables,
blasfemando tu nombre sacrosanto,
sembrar error y fanatismo impío,
los campos inundar en sangre y llanto,
de hermanos atizar la infanda guerra,
y desolar frenéticos la tierra.
Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
en grave indignación. Por otra parte
vi mentidos fi1ósofos, que osaban
escrutar tus misterios, ultrajarte,
y de impiedad al lamentable abismo
a los míseros hombres arrastraban.
Por eso te buscó mi débil mente
en la sublime soledad: ahora
entera se abre a ti; tu mano siente
en esta inmensidad que me circunda,
y tu profunda voz hiere mi seno
de este raudal en el eterno trueno.
¡Asombroso torrente!
¡Cómo tu vista el ánimo enajena,
y de terror y admiración me llena!
¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza
por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
hace que al recibirte
No rebose en la tierra el océano?
Abrió el Señor su mano omnipotente;
cubrió tu faz de nubes agitadas,
dio su voz a tus aguas despeñadas
y ornó con su arco tu terrible frente.
¡Ciego, profundo, infatigable corres,
como el torrente oscuro de los siglos
en insondable eternidad. ..! ¡Al hombre
huyen así las ilusiones gratas,
los florecientes días,
y despierta al dolor...! ¡Ay! agostada
yace mi juventud; mi faz, marchita;
y la profunda pena que me agita
ruga mi frente, de dolor nublada.
Nunca tanto sentí como este día
mi soledad y mísero abandono
y lamentable desamor... ¿Podría
en edad borrascosa
sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡Si una hermosa
mi cariño fijase,
y de este abismo al borde turbulento
mi vago pensamiento
y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara, viéndola cubrirse
de leve palidez, y ser más bella
en su dulce terror, y sonreírse
al sostenerla mis amantes brazos. ..!
¡Delirios de virtud...! ¡Ay! ¡Desterrado,
sin patria, sin amores,
sólo miro ante mí llanto y dolores!
¡Niágara poderoso!
¡Adiós! ¡Adiós! Dentro de pocos años
ya devorado habrá la tumba fría
a tu débil cantor. ¡Duren mis versos
cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
viéndote algún viajero,
dar un suspiro a la memoria mía!
Y al abismarse Febo en occidente,
feliz yo vuele do el Señor me llama,
y al escuchar los ecos de mi fama,
alce en las nubes la radiosa frente.
AL CIELO, Francisco de Aldana
Clara fuente de luz, nuevo y hermoso,
rico de luminarias, patrio Cielo,
casa de la verdad sin sombra o velo,
de inteligencias ledo, almo reposo:
¡oh cómo allá te estás, cuerpo glorioso,
tan lejos del mortal caduco velo,
casi un Argos divino alzado a vuelo,
de nuestro humano error libre y piadoso!
¡Oh patria amada!, a ti sospira y llora
esta en su cárcel alma peregrina,
llevada errando de uno en otro instante;
esa cierta beldad que me enamora
suerte y sazón me otorgue tan benina
que, do sube el amor, llegue el amante.
rico de luminarias, patrio Cielo,
casa de la verdad sin sombra o velo,
de inteligencias ledo, almo reposo:
¡oh cómo allá te estás, cuerpo glorioso,
tan lejos del mortal caduco velo,
casi un Argos divino alzado a vuelo,
de nuestro humano error libre y piadoso!
¡Oh patria amada!, a ti sospira y llora
esta en su cárcel alma peregrina,
llevada errando de uno en otro instante;
esa cierta beldad que me enamora
suerte y sazón me otorgue tan benina
que, do sube el amor, llegue el amante.
GARCILASO Y BOSCÁN SIENDO LLEGADOS, Cristóbal de Castillejo
Garcilaso y Boscán, siendo llegados
al lugar donde están los trovadores
que en esta nuestra lengua y sus primores
fueron en este siglo señalados,
los unos a los otros alterados
se miran, con mudanza de colores,
temiéndose que fuesen corredores
espías o enemigos desmandados;
y juzgando primero por el traje,
pareciéronles ser, como debía,
gentiles españoles caballeros;
y oyéndoles hablar nuevo lenguaje
mezclado de extranjera poesía,
con los ojos los miraban de extranjeros.
EPÍSTOLA A ARIAS MONTANO SOBRE LA CONTEMPLACIÓN DE DIOS Y LOS REQUISITOS DELLA, Francisco de Aldana
Montano, cuyo nombre es la primera
estrellada señal por do camina
el sol el cerco oblicuo de la esfera,
nombrado así por voluntad divina,
para mostrar que en ti comienza Apolo
la luz de su celeste dciplina:
yo soy un hombre desvalido y solo,
expuesto al duro hado cual marchita
hoja al rigor del descortés Eolo;
mi vida temporal anda precita
dentro el infierno del común trafago
que siempre añade un mal y un bien nos quita.
Oficio militar profeso y hago,
baja condenación de mi ventura
que al alma dos infiernos da por pago.
Los huesos y la sangre que natura
me dio para vivir, no poca parte
dellos y della he dado a la locura,
mientras el pecho al desenvuelto Marte
tan libre di que sin mi daño puede,
hablando la verdad, ser muda el arte.
Y el rico galardón que se concede
a mi (llámola así) ciega porfía
es que por ciego y porfiado quede.
No digo más sobre esto, que podría
cosas decir que un mármol deshiciese
en el piadoso humor que el ojo envía,
y callaré las causas de interese,
no sé si justo o injusto, que en alguno
hubo porque mi mal más largo fuese.
Menos te quiero ser ora importuno
en declarar mi vida y nacimiento,
que tiempo dará Dios más oportuno:
basta decir que cuatro veces ciento
y dos cuarenta vueltas dadas miro
del planeta seteno al firmamiento
que en el aire común vivo y respiro,
sin haber hecho más que andar haciendo
yo mismo a mí, crüel, doblado tiro
y con un trasgo a brazos debatiendo
que al cabo, al cabo, ¡ay Dios!, de tan gran rato
mi costoso sudor queda rïendo.
Mas ya, ¡merced del cielo!, me desato,
ya rompo a la esperanza lisonjera
el lazo en que me asió con doble trato.
Pienso torcer de la común carrera
que sigue el vulgo y caminar derecho
jornada de mi patria verdadera;
entrarme en el secreto de mi pecho
y platicar en él mi interior hombre,
dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho.
Y porque vano error más no me asombre,
en algún alto y solitario nido
pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre
y, como si no hubiera acá nacido,
estarme allá, cual Eco, replicando
al dulce son de Dios, del alma oído.
Y ¿qué debiera ser, bien contemplando,
el alma sino un eco resonante
a la eterna beldad que está llamando
y, desde el cavernoso y vacilante
cuerpo, volver mis réplicas de amores
al sobrecelestial Narciso amante;
rica de sus intrínsecos favores
con un piadoso escarnio el bajo oficio
burlar de los mundanos amadores?
En tierra o en árbol hoja algún bullicio
no hace que, al moverse, ella no encuentra
en nuevo y para Dios grato ejercicio;
y como el fuego saca y desencentra
oloroso licor por alquitara
del cuerpo de la rosa que en ella entra,
así destilará, de la gran cara
del mundo, inmaterial varia belleza
con el fuego de amor que la prepara;
y pasará de vuelo a tanta alteza
que, volviéndose a ver tan sublimada,
su misma olvidará naturaleza,
cuya capacidad ya dilatada
allá verná do casi ser le toca
en su primera causa transformada.
Ojos, oídos, pies, manos y boca,
hablando, obrando, andando, oyendo y viendo,
serán del mar de Dios cubierta roca;
cual pece dentro el vaso alto, estupendo,
del oceano irá su pensamiento
desde Dios para Dios yendo y veniendo.
Serále allí quietud el movimiento,
cual círculo mental sobre el divino
centro, glorioso origen del contento,
que, pues el alto, esférico camino
del cielo causa en él vida y holganza,
sin que lugar adquiera peregrino,
llegada el alma al fin de la esperanza,
mejor se moverá para quietarse
dentro el lugar que sobre el mundo alcanza,
do llega en tanto extremo a mejorarse
(torno a decir) que en él se transfigura,
casi el velo mortal sin animarse.
No que del alma la especial natura,
dentro al divino piélago hundida,
cese en el hacedor de ser hechura,
o quede aniquilada y destruïda,
cual gota de licor, que el rostro enciende,
del altísimo mar toda absorbida,
mas como el aire, en quien en luz se extiende
el claro sol, que juntos aire y lumbre
ser una misma cosa el ojo entiende.
Es bien verdad que a tan sublime cumbre
suele impedir el venturoso vuelo
del cuerpo la terrena pesadumbre.
Pero, con todo, llega al bajo suelo
la escala de Jacob, por do podemos
al alcázar subir del alto cielo;
que, yendo allá, no dudo que encontremos
favor de más de un ángel diligente
con quien alegre tránsito llevemos.
Puede del sol pequeña fuerza ardiente
desde la tierra alzar graves vapores
a la región del aire allá eminente,
¿y tantos celestiales protectores,
para subir a Dios alma sencilla,
vernán a ejercitar fuerzas menores?
Mas pues, Montano, va mi navecilla
corriendo este gran mar con suelta vela,
hacia la infinidad buscando orilla,
quiero, para tejer tan rica tela,
muy desde atrás decir lo que podría
hacer el alma que a su causa vuela.
Paréme, Montano, que debría
buscar lugar que al dulce pensamiento,
encaminando a Dios, abra la vía,
ado todo exterior derramamiento
cese, y en su secreto el alma entrada
comience a examinar, con modo atento,
antes que del Señor fuese crïada
cómo no fue, ni pudo haber salido
de aquella privación que llaman nada;
ver aquel alto piélago de olvido,
aquel sin hacer pie luengo vacío,
tomado tan atrás del no haber sido,
y diga a Dios: "¡Oh causa del ser mío,
cuál me sacaste desa muerte escura,
rica del don de vida y de albedrío!"
Allí, gozosa en la mayor natura,
déjese el alma andar süavemente
con leda admiración de su ventura.
Húndase toda en la divina fuente
y, del vital licor humedecida,
sálgase a ver del tiempo en la corriente:
veráse como línea producida
del punto eterno, en el mortal sujeto
bajada a gobernar la humana vida
dentro la cárcel del corpóreo afeto,
hecha horizonte allí deste alterable
mundo y del otro puro y sin defeto;
donde, a su fin únicamente amable
vuelta, conozca dél ser tan dichosa
forma gentil de vida indeclinable,
y sienta que la mano dadivosa
de Dios cosas crïo tantas y tales,
hasta la más süez, mínima cosa,
sin que las calidades principales,
los cielos con su lúcida belleza,
los coros del Impíreo angelicales
consigan facultad de tanta alteza
que lo más bajo y vil que asconde el cieno
puedan crïar, ni hay tal naturaleza.
Enamórese el alma en ver cuán bueno
es Dios, que un gusanillo le podría
llamar su criador de lleno en lleno,
y poco a poco le amanezca el día
de la contemplación, siempre cobrando
luz y calor que Dios de allá le envía.
Déjese descansar de cuando en cuando
sin procurar subir, porque no rompa
el hilo que el amor queda tramando,
y veráse colmar de alegre pompa,
de divino favor, tan ordenado
cuan libre de desmán que le interrompa.
Torno a decir que el pecho enamorado
la celestial, de allá, rica inflüencia
espere humilde, atento y reposado,
sin dar ni recebir propia sentencia,
que en tal lugar la lengua más despierta
es de natura error y balbuencia.
Abra de par en par la firme puerta
de su querer, pues no tan presto pasa
el sol por la región del aire abierta,
ni el agua universal con menos tasa
hinchió toda del suelo alta abertura,
bajando a la región de luz escasa,
como aquella mayor, suma natura
hinche de su divino sentimiento
el alma cuando abrir se le procura.
No que de allí le quede atrevimiento
para creer que en sí mérito encierra
con que al supremo obligue entendimiento,
pues la impotencia misma que la tierra
tiene para obligar que le dé el cielo
llovida ambrosia en valle, en llano, o en sierra,
o para producir flores el hielo
y plantas levantar de verde cima
desierto estéril y arenoso suelo,
tiene el alma mejor, de más estima,
para obligar que en ella gracia influya
el bien que a tanta alteza le sublima.
Es don de Dios, manificiencia suya,
divina autoridad que el ser abona,
de nuestra indinidad que no le arguya;
y cuando da de gloria la corona,
es último favor que los ya hechos,
como sus propios méritos, corona.
Así que el alma en los divinos pechos
beba infusión de gracia sin buscalla,
sin gana de sentir nuevos provechos,
que allí la diligencia menos halla
cuanto más busca, y suelen los favores
trocarse en interior, nueva batalla.
No tiene que buscar los resplandores
del sol quien de su luz anda cercado,
ni el rico abril pedir hierbas y flores;
pues no mejor el húmido pescado
dentro el abismo está del oceano,
cubierto del humor grave y salado,
que el alma, alzada sobre el curso humano,
queda, sin ser curiosa o diligente,
de aquel gran mar cubierta ultramundano;
no, como el pece, sólo exteriormente,
mas dentro mucho más que esté en el fuego
el íntimo calor que en él se siente.
Digo que puesta el alma en su sosiego
espere a Dios, cual ojo que cayendo
se va sabrosamente al sueño ciego,
que al que trabaja por quedar durmiendo,
esa misma inquietud destrama el hilo
del sueño, que se da no le pidiendo.
Ella verá, con desusado estilo,
toda regarse, y regalarse junto,
de un salido de Dios sagrado Nilo;
recogida su luz toda en un punto,
aquella mirará de quien es ella
indinamente imagen y trasunto
y, cual de amor la matutina estrella
dentro el abismo del eterno día,
se cubrirá toda luciente y bella.
Como la hermosísima judía
que, llena de doncel, novicio espanto,
viendo Isaac que para sí venía,
dejó cubrir el rostro con el manto,
y decendida presto del camello
recoge humilde al novio casto y santo,
disponga el alma así con Dios hacello
y de su presunción decienda altiva,
cubierto el rostro y reclinado el cuello,
y aquella sacrosanta virtud viva,
única, criadora y redentora,
con profunda humildad en sí reciba.
Mas ¿quién dirá, mas quién decir agora
podrá los peregrinos sentimientos
que el alma en sus potencias atesora:
aquellos ricos amontonamientos
de sobrecelestiales inflüencias,
dilatados de amor descubrimientos;
aquellas ilustradas advertencias
de las musas de Dios sobreesenciales,
destierro general de contingencias;
aquellos nutrimientos divinales,
de la inmortalidad fomentadores,
que exceden los posibles naturales;
aquellos (¡qué diré!) colmos favores,
privanzas nunca oídas, nunca vistas,
suma especialidad del bien de amores?
¡Oh grandes, oh riquísimas conquistas
de las Indias de Dios, de aquel gran mundo
tan escondido a las mundanas vistas!
Mas ¡ay de mí!, que voy hacia el profundo
do no se entiende suelo ni ribera,
y si no vuelvo atrás, me anego y hundo.
No más allá ni puedo, aunque lo quiera.
Do la vista alcanzó, llegó la mano;
ya se les cierra a entrambos la carrera.
¿Notaste bien, dotísimo Montano,
notaste cuál salí, más atrevido
que del cretense padre el hijo insano?
Tratar en esto es sólo a ti debido,
en quien de Pindo las hermanas nueve
dejan sus montes, dejan sus amadas
aguas, donde la sed se mata y bebe,
y en el santo Sión ya trasladadas,
al profético coro por tu boca
oyendo están, atentas y humilladas.
¡Dichosísimo aquél que estar le toca
contigo en bosque o en monte o en valle umbroso
o encima la más alta, áspera roca!
¡Oh tres y cuatro veces yo dichoso
si fuese Aldino aquél, si aquél yo fuese
que, en orden de vivir tan venturoso,
juntamente contigo estar pudiese,
lejos de error, de engaño y sobresalto,
como si el mundo en sí no me incluyese!
Un monte dicen que hay sublime y alto,
tanto que, al parecer, la excelsa cima
al cielo muestra dar glorioso asalto
y que el pastor, con su ganado, encima,
debajo de sus pies correr el trueno
ve dentro el nubiloso, helado clima,
y en el puro, vital aire sereno
va respirando allá, libre y exento,
casi nuevo lugar, del mundo ajeno,
sin que le impida el desmandado viento,
el trabado granizo, el suelto rayo,
ni el de la tierra grueso, húmido aliento.
Todo es tranquilidad de fértil mayo,
purísima del sol templada lumbre,
de hielo o de calor sin triste ensayo.
Pareces tú, Montano, a la gran cumbre
deste gran monte, pues vivir contigo
es muerte de la misma pesadumbre,
es un poner debajo a su enemigo:
de la soberbia el trueno estar mirando
cuál va descomponiendo al más amigo,
las nubes de la invidia descargando
ver, de murmuración duro granizo,
de vanagloria el viento andar soplando,
y de lujuria el rayo encontradizo
de acidia el grueso aliento y de avaricia,
con lo demás que el padre antiguo hizo;
y desta turba vil que el mundo envicia
descargado, gozar cuanto ilustrare
el sol en ti de gloria y de justicia.
El alma que contigo se juntare
cierto reprimirá cualquier deseo
que contra el proprio bien la vida encare;
podrá luchar con el terrestre Anteo
de su reblede cuerpo, aunque le cueste
vencer la lid por fuerza y por rodeo,
y casi vuelta un Hércules celeste,
sompesará de tierra ese imperfeto,
porque el favor no pase della en éste,
tanto que el pie del sensitivo afeto
no la llegue a tocar y el enemigo
al hercúleo valor quede sujeto;
de sí le apartará, junto consigo
domándole, firmado en la potencia
del pecho ejecutor del gran castigo;
serán temor de Dios y penitencia
los brazos, coronada de diadema
la caridad, valor de toda esencia.
Mas para conclüir tan largo tema,
quiero el lugar pintar do, con Montano,
deseo llegar de vida al hora extrema.
No busco monte excelso y soberano,
de ventiscosa cumbre, en quien se halle
la triplicada nieve en el verano;
menos profundo, escuro, húmido valle
donde las aguas bajan despeñadas
por entre desigual, torcida calle;
las partes medias son más aprobadas
de la natura, siempre frutüosas,
siempre de nuevas flores esmaltadas.
Quiero también, Montano, entre otras cosas,
no lejos descubrir de nuestro nido
el alto mar, con ondas bulliciosas:
dos elementos ver, uno movido
del aéreo desdén, otro fijado,
sobre su mismo peso establecido;
ver uno desigual, otro igualado,
de mil colores éste, aquél mostrando
el claro azul del cielo no añublado.
Bajaremos allá de cuando en cuando,
altas y ponderadas maravillas
en recíproco amor juntos tratando.
Verás por las marítimas orillas
la espumosa resaca entre el arena
bruñir mil blancas conchas y lucillas,
en quien hiriendo el sol con luz serena,
echan como de sí nuevos resoles
do el rayo visüal su curso enfrena.
Verás mil retorcidas caracoles,
mil bucios istrïados, con señales
y pintas de lustrosos arreboles:
los unos del color de los corales,
los otros de la luz que el sol represa
en los pintados arcos celestiales,
de varia operación, de varia empresa,
despidiendo de sí como centellas,
en rica mezcla de oro y de turquesa.
Cualquiera especie producir de aquéllas
verás (lo que en la tierra no acontece)
pequeñas en extreno y grandes dellas,
donde el secreto, artificioso pece
pegado está, y en otros despegarse
suele y al mar salir, si le parece,
(por cierto, cosa dina de admirarse
tan menudo animal sin niervo y hueso
encima tan gran máquina arrastrarse,
crïar el agua un cuerpo tan espeso
como la concha, casi fuerte muro
reparador de todo caso avieso,
todo de fuera peñascoso y duro,
liso de dentro, que al salir injuria
no haga a su señor tratable y puro).
el nácar, el almeja y la purpuria
venera, con matices luminosos
que acá y allá del mar siguen la furia.
¡Ver los marinos riscos cavernosos
por alto y bajo en varia forma abiertos,
do encuentran mil embates espumosos;
los peces acudir por sus inciertos
caminos con agalla purpurina,
de escamoso cristal todos cubiertos!
También verás correr por la marina,
con sus airosas tocas, sesga y presta,
la nave, a lejos climas peregrina.
Verás encaramar la comba cresta
del líquido elemento a los extremos
de la helada región, al fuego opuesta;
los salados abismos miraremos
entre dos sierras de agua abrir cañada,
que de temor Carón suelta sus remos.
Veráse luego mansa y reposada
la mar, que por sirena nos figura
la bien regida y sabia edad pasada,
la cual en tan gentil, blanda postura
vista del marinero, se adormece
casi a música voz, süave y pura,
y en tanto el fiero mar se arbola y crece
de modo que, aun despierto, ya cualquiera
remedio de vivir le desfallece.
En fin, Montano, el que temiendo espera
y velando ama, sólo éste prevale
en la estrecha, de Dios, cierta carrera.
Mas ya parece que mi pluma sale
del término de epístola, escribiendo
a ti, que eres de mí lo que más vale;
a mayor ocasión voy remitiendo,
de nuestra soledad contemplativa,
algún nuevo primor que della entiendo.
Tú, mi Montano, así tu Aldino viva
contigo, en paz dichosa, esto que queda
por consumir de vida fugitiva;
y el cielo, cuando pides, te conceda
que nunca de su todo se desmiembre
ésta tu parte y siempre serlo pueda.
Nuestro Señor en ti su gracia siembre
para coger la gloria que promete.
De Madrid, a los siete de setiembre,
mil y quinientos y setenta y siete.
estrellada señal por do camina
el sol el cerco oblicuo de la esfera,
nombrado así por voluntad divina,
para mostrar que en ti comienza Apolo
la luz de su celeste dciplina:
yo soy un hombre desvalido y solo,
expuesto al duro hado cual marchita
hoja al rigor del descortés Eolo;
mi vida temporal anda precita
dentro el infierno del común trafago
que siempre añade un mal y un bien nos quita.
Oficio militar profeso y hago,
baja condenación de mi ventura
que al alma dos infiernos da por pago.
Los huesos y la sangre que natura
me dio para vivir, no poca parte
dellos y della he dado a la locura,
mientras el pecho al desenvuelto Marte
tan libre di que sin mi daño puede,
hablando la verdad, ser muda el arte.
Y el rico galardón que se concede
a mi (llámola así) ciega porfía
es que por ciego y porfiado quede.
No digo más sobre esto, que podría
cosas decir que un mármol deshiciese
en el piadoso humor que el ojo envía,
y callaré las causas de interese,
no sé si justo o injusto, que en alguno
hubo porque mi mal más largo fuese.
Menos te quiero ser ora importuno
en declarar mi vida y nacimiento,
que tiempo dará Dios más oportuno:
basta decir que cuatro veces ciento
y dos cuarenta vueltas dadas miro
del planeta seteno al firmamiento
que en el aire común vivo y respiro,
sin haber hecho más que andar haciendo
yo mismo a mí, crüel, doblado tiro
y con un trasgo a brazos debatiendo
que al cabo, al cabo, ¡ay Dios!, de tan gran rato
mi costoso sudor queda rïendo.
Mas ya, ¡merced del cielo!, me desato,
ya rompo a la esperanza lisonjera
el lazo en que me asió con doble trato.
Pienso torcer de la común carrera
que sigue el vulgo y caminar derecho
jornada de mi patria verdadera;
entrarme en el secreto de mi pecho
y platicar en él mi interior hombre,
dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho.
Y porque vano error más no me asombre,
en algún alto y solitario nido
pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre
y, como si no hubiera acá nacido,
estarme allá, cual Eco, replicando
al dulce son de Dios, del alma oído.
Y ¿qué debiera ser, bien contemplando,
el alma sino un eco resonante
a la eterna beldad que está llamando
y, desde el cavernoso y vacilante
cuerpo, volver mis réplicas de amores
al sobrecelestial Narciso amante;
rica de sus intrínsecos favores
con un piadoso escarnio el bajo oficio
burlar de los mundanos amadores?
En tierra o en árbol hoja algún bullicio
no hace que, al moverse, ella no encuentra
en nuevo y para Dios grato ejercicio;
y como el fuego saca y desencentra
oloroso licor por alquitara
del cuerpo de la rosa que en ella entra,
así destilará, de la gran cara
del mundo, inmaterial varia belleza
con el fuego de amor que la prepara;
y pasará de vuelo a tanta alteza
que, volviéndose a ver tan sublimada,
su misma olvidará naturaleza,
cuya capacidad ya dilatada
allá verná do casi ser le toca
en su primera causa transformada.
Ojos, oídos, pies, manos y boca,
hablando, obrando, andando, oyendo y viendo,
serán del mar de Dios cubierta roca;
cual pece dentro el vaso alto, estupendo,
del oceano irá su pensamiento
desde Dios para Dios yendo y veniendo.
Serále allí quietud el movimiento,
cual círculo mental sobre el divino
centro, glorioso origen del contento,
que, pues el alto, esférico camino
del cielo causa en él vida y holganza,
sin que lugar adquiera peregrino,
llegada el alma al fin de la esperanza,
mejor se moverá para quietarse
dentro el lugar que sobre el mundo alcanza,
do llega en tanto extremo a mejorarse
(torno a decir) que en él se transfigura,
casi el velo mortal sin animarse.
No que del alma la especial natura,
dentro al divino piélago hundida,
cese en el hacedor de ser hechura,
o quede aniquilada y destruïda,
cual gota de licor, que el rostro enciende,
del altísimo mar toda absorbida,
mas como el aire, en quien en luz se extiende
el claro sol, que juntos aire y lumbre
ser una misma cosa el ojo entiende.
Es bien verdad que a tan sublime cumbre
suele impedir el venturoso vuelo
del cuerpo la terrena pesadumbre.
Pero, con todo, llega al bajo suelo
la escala de Jacob, por do podemos
al alcázar subir del alto cielo;
que, yendo allá, no dudo que encontremos
favor de más de un ángel diligente
con quien alegre tránsito llevemos.
Puede del sol pequeña fuerza ardiente
desde la tierra alzar graves vapores
a la región del aire allá eminente,
¿y tantos celestiales protectores,
para subir a Dios alma sencilla,
vernán a ejercitar fuerzas menores?
Mas pues, Montano, va mi navecilla
corriendo este gran mar con suelta vela,
hacia la infinidad buscando orilla,
quiero, para tejer tan rica tela,
muy desde atrás decir lo que podría
hacer el alma que a su causa vuela.
Paréme, Montano, que debría
buscar lugar que al dulce pensamiento,
encaminando a Dios, abra la vía,
ado todo exterior derramamiento
cese, y en su secreto el alma entrada
comience a examinar, con modo atento,
antes que del Señor fuese crïada
cómo no fue, ni pudo haber salido
de aquella privación que llaman nada;
ver aquel alto piélago de olvido,
aquel sin hacer pie luengo vacío,
tomado tan atrás del no haber sido,
y diga a Dios: "¡Oh causa del ser mío,
cuál me sacaste desa muerte escura,
rica del don de vida y de albedrío!"
Allí, gozosa en la mayor natura,
déjese el alma andar süavemente
con leda admiración de su ventura.
Húndase toda en la divina fuente
y, del vital licor humedecida,
sálgase a ver del tiempo en la corriente:
veráse como línea producida
del punto eterno, en el mortal sujeto
bajada a gobernar la humana vida
dentro la cárcel del corpóreo afeto,
hecha horizonte allí deste alterable
mundo y del otro puro y sin defeto;
donde, a su fin únicamente amable
vuelta, conozca dél ser tan dichosa
forma gentil de vida indeclinable,
y sienta que la mano dadivosa
de Dios cosas crïo tantas y tales,
hasta la más süez, mínima cosa,
sin que las calidades principales,
los cielos con su lúcida belleza,
los coros del Impíreo angelicales
consigan facultad de tanta alteza
que lo más bajo y vil que asconde el cieno
puedan crïar, ni hay tal naturaleza.
Enamórese el alma en ver cuán bueno
es Dios, que un gusanillo le podría
llamar su criador de lleno en lleno,
y poco a poco le amanezca el día
de la contemplación, siempre cobrando
luz y calor que Dios de allá le envía.
Déjese descansar de cuando en cuando
sin procurar subir, porque no rompa
el hilo que el amor queda tramando,
y veráse colmar de alegre pompa,
de divino favor, tan ordenado
cuan libre de desmán que le interrompa.
Torno a decir que el pecho enamorado
la celestial, de allá, rica inflüencia
espere humilde, atento y reposado,
sin dar ni recebir propia sentencia,
que en tal lugar la lengua más despierta
es de natura error y balbuencia.
Abra de par en par la firme puerta
de su querer, pues no tan presto pasa
el sol por la región del aire abierta,
ni el agua universal con menos tasa
hinchió toda del suelo alta abertura,
bajando a la región de luz escasa,
como aquella mayor, suma natura
hinche de su divino sentimiento
el alma cuando abrir se le procura.
No que de allí le quede atrevimiento
para creer que en sí mérito encierra
con que al supremo obligue entendimiento,
pues la impotencia misma que la tierra
tiene para obligar que le dé el cielo
llovida ambrosia en valle, en llano, o en sierra,
o para producir flores el hielo
y plantas levantar de verde cima
desierto estéril y arenoso suelo,
tiene el alma mejor, de más estima,
para obligar que en ella gracia influya
el bien que a tanta alteza le sublima.
Es don de Dios, manificiencia suya,
divina autoridad que el ser abona,
de nuestra indinidad que no le arguya;
y cuando da de gloria la corona,
es último favor que los ya hechos,
como sus propios méritos, corona.
Así que el alma en los divinos pechos
beba infusión de gracia sin buscalla,
sin gana de sentir nuevos provechos,
que allí la diligencia menos halla
cuanto más busca, y suelen los favores
trocarse en interior, nueva batalla.
No tiene que buscar los resplandores
del sol quien de su luz anda cercado,
ni el rico abril pedir hierbas y flores;
pues no mejor el húmido pescado
dentro el abismo está del oceano,
cubierto del humor grave y salado,
que el alma, alzada sobre el curso humano,
queda, sin ser curiosa o diligente,
de aquel gran mar cubierta ultramundano;
no, como el pece, sólo exteriormente,
mas dentro mucho más que esté en el fuego
el íntimo calor que en él se siente.
Digo que puesta el alma en su sosiego
espere a Dios, cual ojo que cayendo
se va sabrosamente al sueño ciego,
que al que trabaja por quedar durmiendo,
esa misma inquietud destrama el hilo
del sueño, que se da no le pidiendo.
Ella verá, con desusado estilo,
toda regarse, y regalarse junto,
de un salido de Dios sagrado Nilo;
recogida su luz toda en un punto,
aquella mirará de quien es ella
indinamente imagen y trasunto
y, cual de amor la matutina estrella
dentro el abismo del eterno día,
se cubrirá toda luciente y bella.
Como la hermosísima judía
que, llena de doncel, novicio espanto,
viendo Isaac que para sí venía,
dejó cubrir el rostro con el manto,
y decendida presto del camello
recoge humilde al novio casto y santo,
disponga el alma así con Dios hacello
y de su presunción decienda altiva,
cubierto el rostro y reclinado el cuello,
y aquella sacrosanta virtud viva,
única, criadora y redentora,
con profunda humildad en sí reciba.
Mas ¿quién dirá, mas quién decir agora
podrá los peregrinos sentimientos
que el alma en sus potencias atesora:
aquellos ricos amontonamientos
de sobrecelestiales inflüencias,
dilatados de amor descubrimientos;
aquellas ilustradas advertencias
de las musas de Dios sobreesenciales,
destierro general de contingencias;
aquellos nutrimientos divinales,
de la inmortalidad fomentadores,
que exceden los posibles naturales;
aquellos (¡qué diré!) colmos favores,
privanzas nunca oídas, nunca vistas,
suma especialidad del bien de amores?
¡Oh grandes, oh riquísimas conquistas
de las Indias de Dios, de aquel gran mundo
tan escondido a las mundanas vistas!
Mas ¡ay de mí!, que voy hacia el profundo
do no se entiende suelo ni ribera,
y si no vuelvo atrás, me anego y hundo.
No más allá ni puedo, aunque lo quiera.
Do la vista alcanzó, llegó la mano;
ya se les cierra a entrambos la carrera.
¿Notaste bien, dotísimo Montano,
notaste cuál salí, más atrevido
que del cretense padre el hijo insano?
Tratar en esto es sólo a ti debido,
en quien de Pindo las hermanas nueve
dejan sus montes, dejan sus amadas
aguas, donde la sed se mata y bebe,
y en el santo Sión ya trasladadas,
al profético coro por tu boca
oyendo están, atentas y humilladas.
¡Dichosísimo aquél que estar le toca
contigo en bosque o en monte o en valle umbroso
o encima la más alta, áspera roca!
¡Oh tres y cuatro veces yo dichoso
si fuese Aldino aquél, si aquél yo fuese
que, en orden de vivir tan venturoso,
juntamente contigo estar pudiese,
lejos de error, de engaño y sobresalto,
como si el mundo en sí no me incluyese!
Un monte dicen que hay sublime y alto,
tanto que, al parecer, la excelsa cima
al cielo muestra dar glorioso asalto
y que el pastor, con su ganado, encima,
debajo de sus pies correr el trueno
ve dentro el nubiloso, helado clima,
y en el puro, vital aire sereno
va respirando allá, libre y exento,
casi nuevo lugar, del mundo ajeno,
sin que le impida el desmandado viento,
el trabado granizo, el suelto rayo,
ni el de la tierra grueso, húmido aliento.
Todo es tranquilidad de fértil mayo,
purísima del sol templada lumbre,
de hielo o de calor sin triste ensayo.
Pareces tú, Montano, a la gran cumbre
deste gran monte, pues vivir contigo
es muerte de la misma pesadumbre,
es un poner debajo a su enemigo:
de la soberbia el trueno estar mirando
cuál va descomponiendo al más amigo,
las nubes de la invidia descargando
ver, de murmuración duro granizo,
de vanagloria el viento andar soplando,
y de lujuria el rayo encontradizo
de acidia el grueso aliento y de avaricia,
con lo demás que el padre antiguo hizo;
y desta turba vil que el mundo envicia
descargado, gozar cuanto ilustrare
el sol en ti de gloria y de justicia.
El alma que contigo se juntare
cierto reprimirá cualquier deseo
que contra el proprio bien la vida encare;
podrá luchar con el terrestre Anteo
de su reblede cuerpo, aunque le cueste
vencer la lid por fuerza y por rodeo,
y casi vuelta un Hércules celeste,
sompesará de tierra ese imperfeto,
porque el favor no pase della en éste,
tanto que el pie del sensitivo afeto
no la llegue a tocar y el enemigo
al hercúleo valor quede sujeto;
de sí le apartará, junto consigo
domándole, firmado en la potencia
del pecho ejecutor del gran castigo;
serán temor de Dios y penitencia
los brazos, coronada de diadema
la caridad, valor de toda esencia.
Mas para conclüir tan largo tema,
quiero el lugar pintar do, con Montano,
deseo llegar de vida al hora extrema.
No busco monte excelso y soberano,
de ventiscosa cumbre, en quien se halle
la triplicada nieve en el verano;
menos profundo, escuro, húmido valle
donde las aguas bajan despeñadas
por entre desigual, torcida calle;
las partes medias son más aprobadas
de la natura, siempre frutüosas,
siempre de nuevas flores esmaltadas.
Quiero también, Montano, entre otras cosas,
no lejos descubrir de nuestro nido
el alto mar, con ondas bulliciosas:
dos elementos ver, uno movido
del aéreo desdén, otro fijado,
sobre su mismo peso establecido;
ver uno desigual, otro igualado,
de mil colores éste, aquél mostrando
el claro azul del cielo no añublado.
Bajaremos allá de cuando en cuando,
altas y ponderadas maravillas
en recíproco amor juntos tratando.
Verás por las marítimas orillas
la espumosa resaca entre el arena
bruñir mil blancas conchas y lucillas,
en quien hiriendo el sol con luz serena,
echan como de sí nuevos resoles
do el rayo visüal su curso enfrena.
Verás mil retorcidas caracoles,
mil bucios istrïados, con señales
y pintas de lustrosos arreboles:
los unos del color de los corales,
los otros de la luz que el sol represa
en los pintados arcos celestiales,
de varia operación, de varia empresa,
despidiendo de sí como centellas,
en rica mezcla de oro y de turquesa.
Cualquiera especie producir de aquéllas
verás (lo que en la tierra no acontece)
pequeñas en extreno y grandes dellas,
donde el secreto, artificioso pece
pegado está, y en otros despegarse
suele y al mar salir, si le parece,
(por cierto, cosa dina de admirarse
tan menudo animal sin niervo y hueso
encima tan gran máquina arrastrarse,
crïar el agua un cuerpo tan espeso
como la concha, casi fuerte muro
reparador de todo caso avieso,
todo de fuera peñascoso y duro,
liso de dentro, que al salir injuria
no haga a su señor tratable y puro).
el nácar, el almeja y la purpuria
venera, con matices luminosos
que acá y allá del mar siguen la furia.
¡Ver los marinos riscos cavernosos
por alto y bajo en varia forma abiertos,
do encuentran mil embates espumosos;
los peces acudir por sus inciertos
caminos con agalla purpurina,
de escamoso cristal todos cubiertos!
También verás correr por la marina,
con sus airosas tocas, sesga y presta,
la nave, a lejos climas peregrina.
Verás encaramar la comba cresta
del líquido elemento a los extremos
de la helada región, al fuego opuesta;
los salados abismos miraremos
entre dos sierras de agua abrir cañada,
que de temor Carón suelta sus remos.
Veráse luego mansa y reposada
la mar, que por sirena nos figura
la bien regida y sabia edad pasada,
la cual en tan gentil, blanda postura
vista del marinero, se adormece
casi a música voz, süave y pura,
y en tanto el fiero mar se arbola y crece
de modo que, aun despierto, ya cualquiera
remedio de vivir le desfallece.
En fin, Montano, el que temiendo espera
y velando ama, sólo éste prevale
en la estrecha, de Dios, cierta carrera.
Mas ya parece que mi pluma sale
del término de epístola, escribiendo
a ti, que eres de mí lo que más vale;
a mayor ocasión voy remitiendo,
de nuestra soledad contemplativa,
algún nuevo primor que della entiendo.
Tú, mi Montano, así tu Aldino viva
contigo, en paz dichosa, esto que queda
por consumir de vida fugitiva;
y el cielo, cuando pides, te conceda
que nunca de su todo se desmiembre
ésta tu parte y siempre serlo pueda.
Nuestro Señor en ti su gracia siembre
para coger la gloria que promete.
De Madrid, a los siete de setiembre,
mil y quinientos y setenta y siete.
EPÍSTOLA MORAL A FABIO, Andrés Fernández de Andrada
Fabio, las esperanzas cortesanas
prisiones son do el ambicioso muere
y donde al más activo nacen canas;
el que no las limare o las rompiere
ni el nombre de varón ha merecido
ni subir al honor que pretendiere.
El ánimo plebeyo y abatido
elija, en sus intentos temeroso,
primero estar suspenso que caído;
que el corazón entero y generoso
al caso adverso inclinará la frente
antes que la rodilla al poderoso.
Más triunfos, más coronas dio al prudente
que supo retirarse la Fortuna,
que al que esperó obstinada y locamente.
Esta invasión terrible e importuna
de contrarios sucesos nos espera
desde el primer sollozo de la cuna.
Dejémosla pasar; como a la fiera
corriente del gran Betis cuando, airado
dilata hasta los montes su ribera.
Aquel entre los héroes es contado
que el premio mereció, no quien lo alcanza
por vanas consecuencias del estado.
Peculio propio es ya de la privanza
cuanto de Astrea fue, cuanto regía
con su temida espada y su balanza.
El oro, la maldad, la tiranía
del inicuo, precede y pasa al bueno...
¿qué espera la virtud, o en qué confía?
Vente y reposa en el materno seno
de la antigua Romúlea, cuyo clima
te será más humano y más sereno.
Adonde, por lo menos, cuando oprima
nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno:
«Blanda le sea» al derramarla encima;
donde no dejará la mesa ayuno
cuando en ella te falte el pece raro
o cuando su pavón nos niegue Juno.
Busca, pues, el sosiego dulce y caro,
como en la oscura noche del Egeo
busca el piloto el eminente faro;
que, si acortas y ciñes tu deseo,
dirás: «Lo que desprecio he conseguido;
que la opinión vulgar es devaneo»
Más quiere el ruiseñor su pobre nido
de pluma y leves pajas; más sus quejas
en el bosque repuesto y escondido,
que agradar lisonjero las orejas
de algún príncipe insigne, aprisionado
en el metal de las doradas rejas.
Triste de aquel que vive destinado
a esa antigua colonia de los vicios,
augur de los semblantes del privado.
Cese el ansia y la sed de los oficios;
que acepta el don y burla del intento
el ídolo a quien haces sacrificios.
Iguala con la vida el pensamiento,
y no le pasarás de hoy a mañana,
ni aun quizá de uno a otro momento.
Casi no tienes ni una sombra vana
de nuestra grande Itálica, y, ¿esperas?
¡Oh terror perpetuo de la vida humana!
Las enseñas grecianas, las banderas
del senado y romana monarquía
murieron, y pasaron sus carreras.
¿Qué es nuestra vida más que un breve día,
do apenas sale el sol, cuando se pierde
en las tinieblas de la noche fría?
¿Qué más que el heno, a la mañana verde,
seco a la tarde? ¡Oh ciego desvarío!
¿Será que de este sueño me despierte?
¿Será que pueda ver que me desvío
de la vida viviendo, y que está unida
la cauta muerte al simple vivir mío?
Como los ríos, que en veloz corrida
se llevan a la mar, tal soy llevado
al último suspiro de mi vida.
De la pasada edad ¿qué me ha quedado?
¡Oh si acabase, viendo cómo muero,
de aprender a morir, antes que llegue
aquel forzoso término postrero;
antes que aquesta mies inútil siegue
de la severa muerte dura mano,
y a la común materia se la entregue!
Pasáronse las flores del verano,
el otoño pasó con sus racimos,
pasó el invierno con sus nieves cano;
las hojas que en las altas selvas vimos
cayeron, ¡y nosotros a porfía
en nuestro engaño inmóviles vivimos!
Temamos al Señor que nos envía
las espigas del año y la hartura,
y la temprana lluvia y la tardía.
No imitemos la tierra siempre dura,
a las aguas del cielo y al arado,
ni la vid cuyo fruto no madura.
¿Piensas acaso tú que fue crïado
el varón para el rayo de la guerra,
para surcar el piélago salado,
para medir el orbe de la tierra
y el cerco por do el Sol siempre camina?
¡Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra!
Esta nuestra porción alta y divina,
a mayores acciones es llamada
y en más nobles objetos se termina.
Así aquella que al hombre solo es dada,
sacra razón y pura, me despierta
de esplendor y de rayos coronada,
y, en la fría región, dura y desierta,
de aqueste pecho, enciende nueva llama,
y la luz vuelve a arder que estaba muerta.
Quiero, Fabio, seguir a quien me llama,
y callado pasar entre la gente
que no afecto a los nombres ni a la fama.
El soberbio tirano del Oriente,
que maciza las torres de cien codos
del cándido metal puro y luciente,
apenas puede ya comprar los modos
del pecar; la virtud es más barata,
ella consigo misma ruega a todos.
¡Mísero aquel que corre y se dilata
por cuantos son los climas y los mares,
perseguidor del oro y de la plata!
Esto tan solamente es cuanto debe
naturaleza al parco y al discreto,
y algún manjar común, honesto y leve.
No, porque así te escribo, hagas conceto
que pongo la virtud en ejercicio:
que aun esto fue difícil a Epi[c]teto.
Basta, al que empieza, aborrecer el vicio
y el ánimo enseñar a ser modesto;
después le será el cielo más propicio.
Despreciar el deleite no es supuesto
de sólida virtud; que aun el vicioso
en sí proprio le nota de molesto.
Mas no podrás negarme cuán forzoso
este camino sea al alto asiento,
morada de la paz y del reposo.
No sazona la fruta en un momento
aquella inteligencia que mensura
la duración de todo a su talento.
Flor la vimos ayer hermosa y pura,
luego materia acerba y desabrida,
y sabrosa después, dulce y madura.
Tal la humana prudencia es bien que mida
y compase y dispense las acciones
que han de ser compañeras de la vida.
No quiera Dios que siga los varones
que moran nuestras plazas, macilentos,
de la verdad infames histrïones;
estos inmundos, trágicos, atentos
al aplauso común, cuyas entrañas
son oscuros e infaustos monumentos.
¡Cuán callada que pasa las montañas
el aura, respirando mansamente!
¡Qué gárrula y sonora por las cañas!
¡Qué muda la virtud por el prudente!
¡Qué redundante y llena de rüido
por el vano, ambicioso y aparente!
Quiero imitar al pueblo en el vestido;
en las costumbres, solo a los mejores,
sin presumir de roto y mal ceñido.
No resplandezca el oro y las colores
en nuestro traje, ni tampoco sea
igual al de los dóricos cantores.
Una mediana vida yo posea,
un estilo común y moderado,
que no le note nadie que le vea.
En el plebeyo barro mal tostado
hubo ya quien bebió tan ambicioso
como en el vaso múrino preciado;
y alguno tan ilustre y generoso
que usó, como si fuera vil gaveta,
del cristal transparente y luminoso.
Sin la templanza ¿viste tú perfeta
alguna cosa? ¡Oh muerte! Ven callada,
como sueles venir en la saeta;
no en la tonante máquina preñada
de fuego y de rumor; que no es mi puerta
de doblados metales fabricada.
Así, Fabio, me enseña descubierta
su esencia la verdad, y mi albedrío
con ella se compone y se concierta.
No te burles de ver cuánto confío,
ni al arte de decir vana y pomposa
el ardor atribuyas de este brío.
¿Es, por ventura, menos poderosa
que el vicio la verdad? ¿O menos fuerte?
No la arguyas de flaca y temerosa.
La codicia en las manos de la suerte
se arroja al mar, la ira a las espadas
y la ambición se ríe de la muerte.
Y, ¿no serán siquiera tan osadas
las opuestas acciones, si las miro
de más nobles objetos ayudadas?
Ya, dulce amigo, huyo y me retiro
de cuanto simple amé: rompí los lazos;
ven y sabrás al alto fin que aspiro,
antes que el tiempo muera en nuestros brazos.
prisiones son do el ambicioso muere
y donde al más activo nacen canas;
el que no las limare o las rompiere
ni el nombre de varón ha merecido
ni subir al honor que pretendiere.
El ánimo plebeyo y abatido
elija, en sus intentos temeroso,
primero estar suspenso que caído;
que el corazón entero y generoso
al caso adverso inclinará la frente
antes que la rodilla al poderoso.
Más triunfos, más coronas dio al prudente
que supo retirarse la Fortuna,
que al que esperó obstinada y locamente.
Esta invasión terrible e importuna
de contrarios sucesos nos espera
desde el primer sollozo de la cuna.
Dejémosla pasar; como a la fiera
corriente del gran Betis cuando, airado
dilata hasta los montes su ribera.
Aquel entre los héroes es contado
que el premio mereció, no quien lo alcanza
por vanas consecuencias del estado.
Peculio propio es ya de la privanza
cuanto de Astrea fue, cuanto regía
con su temida espada y su balanza.
El oro, la maldad, la tiranía
del inicuo, precede y pasa al bueno...
¿qué espera la virtud, o en qué confía?
Vente y reposa en el materno seno
de la antigua Romúlea, cuyo clima
te será más humano y más sereno.
Adonde, por lo menos, cuando oprima
nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno:
«Blanda le sea» al derramarla encima;
donde no dejará la mesa ayuno
cuando en ella te falte el pece raro
o cuando su pavón nos niegue Juno.
Busca, pues, el sosiego dulce y caro,
como en la oscura noche del Egeo
busca el piloto el eminente faro;
que, si acortas y ciñes tu deseo,
dirás: «Lo que desprecio he conseguido;
que la opinión vulgar es devaneo»
Más quiere el ruiseñor su pobre nido
de pluma y leves pajas; más sus quejas
en el bosque repuesto y escondido,
que agradar lisonjero las orejas
de algún príncipe insigne, aprisionado
en el metal de las doradas rejas.
Triste de aquel que vive destinado
a esa antigua colonia de los vicios,
augur de los semblantes del privado.
Cese el ansia y la sed de los oficios;
que acepta el don y burla del intento
el ídolo a quien haces sacrificios.
Iguala con la vida el pensamiento,
y no le pasarás de hoy a mañana,
ni aun quizá de uno a otro momento.
Casi no tienes ni una sombra vana
de nuestra grande Itálica, y, ¿esperas?
¡Oh terror perpetuo de la vida humana!
Las enseñas grecianas, las banderas
del senado y romana monarquía
murieron, y pasaron sus carreras.
¿Qué es nuestra vida más que un breve día,
do apenas sale el sol, cuando se pierde
en las tinieblas de la noche fría?
¿Qué más que el heno, a la mañana verde,
seco a la tarde? ¡Oh ciego desvarío!
¿Será que de este sueño me despierte?
¿Será que pueda ver que me desvío
de la vida viviendo, y que está unida
la cauta muerte al simple vivir mío?
Como los ríos, que en veloz corrida
se llevan a la mar, tal soy llevado
al último suspiro de mi vida.
De la pasada edad ¿qué me ha quedado?
o, ¿qué tengo yo a dicha, en la que espero,
sino alguna noticia de mi hado?
sino alguna noticia de mi hado?
¡Oh si acabase, viendo cómo muero,
de aprender a morir, antes que llegue
aquel forzoso término postrero;
antes que aquesta mies inútil siegue
de la severa muerte dura mano,
y a la común materia se la entregue!
Pasáronse las flores del verano,
el otoño pasó con sus racimos,
pasó el invierno con sus nieves cano;
las hojas que en las altas selvas vimos
cayeron, ¡y nosotros a porfía
en nuestro engaño inmóviles vivimos!
Temamos al Señor que nos envía
las espigas del año y la hartura,
y la temprana lluvia y la tardía.
No imitemos la tierra siempre dura,
a las aguas del cielo y al arado,
ni la vid cuyo fruto no madura.
¿Piensas acaso tú que fue crïado
el varón para el rayo de la guerra,
para surcar el piélago salado,
para medir el orbe de la tierra
y el cerco por do el Sol siempre camina?
¡Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra!
Esta nuestra porción alta y divina,
a mayores acciones es llamada
y en más nobles objetos se termina.
Así aquella que al hombre solo es dada,
sacra razón y pura, me despierta
de esplendor y de rayos coronada,
y, en la fría región, dura y desierta,
de aqueste pecho, enciende nueva llama,
y la luz vuelve a arder que estaba muerta.
Quiero, Fabio, seguir a quien me llama,
y callado pasar entre la gente
que no afecto a los nombres ni a la fama.
El soberbio tirano del Oriente,
que maciza las torres de cien codos
del cándido metal puro y luciente,
apenas puede ya comprar los modos
del pecar; la virtud es más barata,
ella consigo misma ruega a todos.
¡Mísero aquel que corre y se dilata
por cuantos son los climas y los mares,
perseguidor del oro y de la plata!
Un ángulo me basta entre mis lares,
un libro y un amigo, un sueño breve,
que no perturben deudas ni pesares.
un libro y un amigo, un sueño breve,
que no perturben deudas ni pesares.
Esto tan solamente es cuanto debe
naturaleza al parco y al discreto,
y algún manjar común, honesto y leve.
No, porque así te escribo, hagas conceto
que pongo la virtud en ejercicio:
que aun esto fue difícil a Epi[c]teto.
Basta, al que empieza, aborrecer el vicio
y el ánimo enseñar a ser modesto;
después le será el cielo más propicio.
Despreciar el deleite no es supuesto
de sólida virtud; que aun el vicioso
en sí proprio le nota de molesto.
Mas no podrás negarme cuán forzoso
este camino sea al alto asiento,
morada de la paz y del reposo.
No sazona la fruta en un momento
aquella inteligencia que mensura
la duración de todo a su talento.
Flor la vimos ayer hermosa y pura,
luego materia acerba y desabrida,
y sabrosa después, dulce y madura.
Tal la humana prudencia es bien que mida
y compase y dispense las acciones
que han de ser compañeras de la vida.
No quiera Dios que siga los varones
que moran nuestras plazas, macilentos,
de la verdad infames histrïones;
estos inmundos, trágicos, atentos
al aplauso común, cuyas entrañas
son oscuros e infaustos monumentos.
¡Cuán callada que pasa las montañas
el aura, respirando mansamente!
¡Qué gárrula y sonora por las cañas!
¡Qué muda la virtud por el prudente!
¡Qué redundante y llena de rüido
por el vano, ambicioso y aparente!
Quiero imitar al pueblo en el vestido;
en las costumbres, solo a los mejores,
sin presumir de roto y mal ceñido.
No resplandezca el oro y las colores
en nuestro traje, ni tampoco sea
igual al de los dóricos cantores.
Una mediana vida yo posea,
un estilo común y moderado,
que no le note nadie que le vea.
En el plebeyo barro mal tostado
hubo ya quien bebió tan ambicioso
como en el vaso múrino preciado;
y alguno tan ilustre y generoso
que usó, como si fuera vil gaveta,
del cristal transparente y luminoso.
Sin la templanza ¿viste tú perfeta
alguna cosa? ¡Oh muerte! Ven callada,
como sueles venir en la saeta;
no en la tonante máquina preñada
de fuego y de rumor; que no es mi puerta
de doblados metales fabricada.
Así, Fabio, me enseña descubierta
su esencia la verdad, y mi albedrío
con ella se compone y se concierta.
No te burles de ver cuánto confío,
ni al arte de decir vana y pomposa
el ardor atribuyas de este brío.
¿Es, por ventura, menos poderosa
que el vicio la verdad? ¿O menos fuerte?
No la arguyas de flaca y temerosa.
La codicia en las manos de la suerte
se arroja al mar, la ira a las espadas
y la ambición se ríe de la muerte.
Y, ¿no serán siquiera tan osadas
las opuestas acciones, si las miro
de más nobles objetos ayudadas?
Ya, dulce amigo, huyo y me retiro
de cuanto simple amé: rompí los lazos;
ven y sabrás al alto fin que aspiro,
antes que el tiempo muera en nuestros brazos.
Sonetos y redondillas de Juan de Tassis y Peralta, II conde de Villamediana
I
Silencio, en tu sepulcro deposito
ronca voz, pluma ciega y triste mano,
para que mi dolor no cante en vano
al viento dado y en la arena escrito.
Tumba y muerte de olvido solicito,
aunque de avisos más que de años cano,
donde hoy no más a la razón me allano
y al tiempo le daré cuanto me quito.
Limitaré deseos y esperanzas
y en el orbe de un claro desengaño
márgenes pondré breves a mi vida,
para que no me venzan acechanzas
de quien intenta procurar mi daño
y ocasionó tan próvida huida.
II
Como supe de mí solo perderme,
ya no me busco en mí para hallarme,
en vos estoy, en vos podéis buscarme,
que en mí, fuera de mí, mal podéis verme.
Vos allá me tenéis, aunque el tenerme
es solo por tener cómo dejarme;
si alguna vez me visteis sin mirarme,
muchas vi yo que podíades verme.
Solo en huir de mí me soy amigo;
tomo el hallarme, y a buscarme vengo,
ganando más si más de mí me aparto.
En vos hallé lo que perdí conmigo,
que el no tenerme a mí, por vos lo tengo,
y en no saber de mí, de mí sé harto.
III
Si alcanza conocimiento
de sus locuras un loco,
no debe a sus daños poco,
pues dellos saca escarmiento.
Mas un sujeto agraviado
en vano prueba a sacar
de razón de escarmentar,
aviso de escarmentado.
Alivio fuera el castigo
cuando alejarme procuro,
si pudiera estar seguro,
llevándome a mí conmigo.
Toda es prolija cadena
cuanto pienso y cuanto miro,
y lo mismo que respiro,
o me ahoga o me condena.
Entre inaccesibles montes,
y por piélagos de enojos,
parece que con mis ojos
se abrasan los horizontes.
Falta en mis pasos camino,
falta en mis designios medio,
sin ti no para el remedio,
solo a mis daños atino.
En tan ofendido extremo,
agravio nunca postrero
desengaña cuanto espero
y asegura cuanto temo.
Mi razón, de sospechosa
o de advertida, se aleja,
por conocer que mi queja
aun callada es peligrosa.
Desterrado y ofendido,
no me aseguro de nada,
porque no hay voz confïada
si habla por un caído.
Largos siglos de inquietud
pueden haberme avisado
que no pierda un desdichado
tiempo ni solicitud.
Veré, a luz de desengaños,
que son remedios precisos
en los daños, los avisos,
y por avisos, los daños.
Pasaré la vida así,
más quejosa que importuna,
porque le deba a Fortuna
noticia della y de mí;
tan conortado a mis daños
que, firme entre mil mudanzas,
ni me alegran esperanzas,
ni me asustan desengaños.
Compañía es la tristeza,
hábito la pesadumbre,
donde el pesar por costumbre
se ha hecho naturaleza.
Esta consideración,
ofendiendo, satisface,
porque es la envidia quien hace
del aplauso emulación.
Pero estoy muy satisfecho:
que en el peligro más fuerte,
si me empeñare la suerte,
la sabré oponer el pecho.
Cierto que no habrá ocasión
que de mí se compadezca,
ni tiempo en que no escurezca
mi desdicha a mi razón.
La tolerancia se esfuerza,
pero no sabré buscar
medio entre el desesperar
y la paciencia por fuerza.
Conozco que estoy caído,
pero los tiros del hado
halláranme derribado,
mas no me hallarán rendido.
Fiar más de la paciencia
es culpa y no tolerancia,
pues violenta la constancia
el que espera la violencia;
en tan prolijo dudar
que el tiempo me da a sentir
sinrazones por sufrir
y razones que callar.
La desdicha o la ventura
hacen, en fe de opinión,
enloquecer la razón
y atinar la locura.
Mas no me parece mucha
pena a que yo me sentencio,
si no es muerta de silencio
la querella que no escucha.
Las razones que no digo
no son las que menos siento,
mas por no dallas al viento
quiero que mueran conmigo.
IV
Sépase, pues ya no puedo
levantarme ni caer,
que, al menos, puedo tener
perdido a Fortuna el miedo.
Desde luego me sentencio
no solo a morir callando,
sin paciencia acreditando,
sino ahogado en silencio.
Por sacrado, a mis cuidados,
ausente remedio exijo,
que en desengaño prolijo
no hay arma contra los hados.
La fortuna se declara,
el que la rige porfía,
y mi razón, porque es mía,
me niega o me desampara.
Mas no llega esta opresión,
por más que el tiempo me ofenda,
a que el remedio pretenda
de la conmiseración.
Cuanto del agravio es ira
apriete el lazo crüel,
quizá quebrará el cordel
que le tuerce una mentira.
Fuerza de costosos daños, 25
en nuevas contrariedades,
desmintiendo las verdades,
verifica los engaños.
Mas la paciencia esta vez
vénzase a sí, que no es poco, 30
pues un Catón será loco
en manos de algún jüez.
Voime primero, que vuelto
testificaré agraviado,
que de alguno condenado 35
me quiero más que no absuelto.
Locura no fue jamás
remedio a sujeto cuerdo;
si me voy, sé que me pierdo,
y si espero, pierdo más. 40
Mas es apretado punto,
en tantos daños, sin medio,
tener el mal y el remedio,
la vida y la muerte junto.
Tarde a mi ofensa vendrá, 45
con el desengaño, aviso,
cuando aun la tierra que piso
o me falta o se me va.
En cuyo desvalimiento,
sin alivio y sin buscalle, 50
más me ahoga el procuralle
que no la falta del viento;
a donde viniera a ser
descanso el desesperar,
si se pudiera quejar 55
quien no tiene qué perder.
¿Quién vio los tronos poblados
de aplauso y de adulación,
y el aire de su ambición
hoy los tiene derribados? 60
¿Quién ha visto ejecutadas
iras de injustas querellas,
y dónde vio cometellas
ahora las ve vengadas?
Mas ya del tiempo presumo, 65
en un estado tan ciego,
que como en humo aquel fuego
volverá este fuego en humo.
Cualquier desvanecimiento
más toca en la potestad, 70
donde hay mucha voluntad
y ningún entendimiento.
Este esperar sin temer
logra plazos ofendidos,
siendo alivios de caídos 75
el no poder ya caer.
Pero con las que derribo
del tiempo fieras venganzas,
entre muertas esperanzas,
el susto me dejé vivo. 80
Grandes encubiertos lazos,
costosos inconvenientes,
si plazos, ¿cómo presentes?,
si presentes, ¿cómo plazos?
Los que contra mí se animan 85
siempre aciertan lo que trazan,
con lo futuro amenazan,
y con lo que es ya lastiman.
Nunca esta cuerda se afloja
y, con apretarme el cuello, 90
sólo de que caiga en ello,
quien más me aprieta se enoja.
Donde vienen a querer,
no sólo verme morir,
sino darme que sufrir 95
y quitarme el conocer.
Cuya violencia cruel,
que la sufro y que la miro,
por mano ajena hace tiro
para que no caiga en él. 100
Pero vaya todo así
cuanto en la fortuna cabe,
que el tiempo vengar se sabe
de quien se venga de mí.
Que aunque es ya para caer 105
tarde, quién pudiere en ello;
tarda Fortuna en hacello
porque es razón ya de ser.
Estoy tan en el profundo
que idolatrara el castigo 110
si se hundiera conmigo
cuanto me cansa en el mundo.
Pero en tan quejoso extremo,
no sé de qué mal me guardo,
ni en qué ofensa me acobardo, 115
pues todos los males temo.
Perseguido y condenado,
los que mi daño pretenden
con lo mismo que me ofenden
quieren dejarme obligado. 120
Pero podrá la malicia
de tan costosa violencia
desesperar la paciencia,
si no engañar la noticia.
Obligado yo, ¿de qué? 125
Quejoso de tantas cosas
que pierdo en las más dudosas
lugar, el mundo y la fe.
Estos valles y estos ríos,
para mí tan poco amenos, 130
mirándolos como ajenos
me lastiman como míos.
Parece melancolía
antever con ella ya,
que mala fortuna hará 135
con otra buena la mía.
De este susto no se espanta
razón que en razón estriba,
pues sólo el tiempo derriba
lo que Fortuna levanta. 140
Caen los aplausos vanos
de los más bravos progresos,
y las fábricas de excesos
mueren a sus propias manos.
El aliento ni el valor 145
no dependen de mudanza,
donde Fortuna no alcanza
como a región superior.
Luz que en propia lumbre crece
no eclipsa envidiosa nube, 150
ni al que por méritos sube
la altura le desvanece.
El poderoso crüel,
sólo a su ambición atento,
no es mucho que coja viento, 155
pues que sólo sembró en él.
Quien desvaneció una fraude
con sólo aliento sufrido
quizá verá escarnecido
lo mismo que ahora aplaude. 160
Pero ya tarde será
cura de llaga tan vieja,
que desengañada queja
desesperación es ya.
Tolerancia siempre vana 165
de su propia carne muerde,
y por ignorancia pierde
lo que por paciencia gana.
En tan dudoso partido,
¿cuál es más para aceptado, 170
un sufrir desesperado
o un desesperar sufrido?
Engaño es tratar de medio
en tiempo tan riguroso,
que no es menos peligroso 175
morir que buscar remedio.
No queda qué elegir
en tan prolijo penar
que anima el desesperar
y desespera el sufrir. 180
Bien sé yo que esta violencia,
que aun el poder no disculpa,
ha de condenar por culpa
lo que sabe que es paciencia.
Tan claro plazo ha de ser 185
que a mis cadenas lastima,
por estar sorda la lima
que las pudiera romper.
Alivio no le pretendo,
antes vengo a persuadirme, 190
que con el no resistirme
parece que me defiendo.
Su mismo agravio escrutinia
una fortuna que deja
a la paciencia con queja 195
y vengada la ignominia.
Mas como todo lo iguala
temida, buscada muerte,
lo mismo es que buena suerte
el conortarse a la mala. 200
O es estar cuerdo o muy loco
que una fortuna agraviada
no espere del tiempo nada
y todo lo tenga en poco.
Ora el sol las alas queme, 205
ora las coja el abismo;
quien vive dentro en sí mismo
ningún desengaño teme.
Deme luz otra esperanza
para que sin ésta muera, 210
ya que en lo que no se espera
ni hay engaño ni tardanza.
En cuyos largos destierros
el desengaño esta vez,
parte de aviso y jüez, 215
presta pared a mis yerros.
Silencio, en tu sepulcro deposito
ronca voz, pluma ciega y triste mano,
para que mi dolor no cante en vano
al viento dado y en la arena escrito.
Tumba y muerte de olvido solicito,
aunque de avisos más que de años cano,
donde hoy no más a la razón me allano
y al tiempo le daré cuanto me quito.
Limitaré deseos y esperanzas
y en el orbe de un claro desengaño
márgenes pondré breves a mi vida,
para que no me venzan acechanzas
de quien intenta procurar mi daño
y ocasionó tan próvida huida.
II
Como supe de mí solo perderme,
ya no me busco en mí para hallarme,
en vos estoy, en vos podéis buscarme,
que en mí, fuera de mí, mal podéis verme.
Vos allá me tenéis, aunque el tenerme
es solo por tener cómo dejarme;
si alguna vez me visteis sin mirarme,
muchas vi yo que podíades verme.
Solo en huir de mí me soy amigo;
tomo el hallarme, y a buscarme vengo,
ganando más si más de mí me aparto.
En vos hallé lo que perdí conmigo,
que el no tenerme a mí, por vos lo tengo,
y en no saber de mí, de mí sé harto.
III
Si alcanza conocimiento
de sus locuras un loco,
no debe a sus daños poco,
pues dellos saca escarmiento.
Mas un sujeto agraviado
en vano prueba a sacar
de razón de escarmentar,
aviso de escarmentado.
Alivio fuera el castigo
cuando alejarme procuro,
si pudiera estar seguro,
llevándome a mí conmigo.
Toda es prolija cadena
cuanto pienso y cuanto miro,
y lo mismo que respiro,
o me ahoga o me condena.
Entre inaccesibles montes,
y por piélagos de enojos,
parece que con mis ojos
se abrasan los horizontes.
Falta en mis pasos camino,
falta en mis designios medio,
sin ti no para el remedio,
solo a mis daños atino.
En tan ofendido extremo,
agravio nunca postrero
desengaña cuanto espero
y asegura cuanto temo.
Mi razón, de sospechosa
o de advertida, se aleja,
por conocer que mi queja
aun callada es peligrosa.
Desterrado y ofendido,
no me aseguro de nada,
porque no hay voz confïada
si habla por un caído.
Largos siglos de inquietud
pueden haberme avisado
que no pierda un desdichado
tiempo ni solicitud.
Veré, a luz de desengaños,
que son remedios precisos
en los daños, los avisos,
y por avisos, los daños.
Pasaré la vida así,
más quejosa que importuna,
porque le deba a Fortuna
noticia della y de mí;
tan conortado a mis daños
que, firme entre mil mudanzas,
ni me alegran esperanzas,
ni me asustan desengaños.
Compañía es la tristeza,
hábito la pesadumbre,
donde el pesar por costumbre
se ha hecho naturaleza.
Esta consideración,
ofendiendo, satisface,
porque es la envidia quien hace
del aplauso emulación.
Pero estoy muy satisfecho:
que en el peligro más fuerte,
si me empeñare la suerte,
la sabré oponer el pecho.
Cierto que no habrá ocasión
que de mí se compadezca,
ni tiempo en que no escurezca
mi desdicha a mi razón.
La tolerancia se esfuerza,
pero no sabré buscar
medio entre el desesperar
y la paciencia por fuerza.
Conozco que estoy caído,
pero los tiros del hado
halláranme derribado,
mas no me hallarán rendido.
Fiar más de la paciencia
es culpa y no tolerancia,
pues violenta la constancia
el que espera la violencia;
en tan prolijo dudar
que el tiempo me da a sentir
sinrazones por sufrir
y razones que callar.
La desdicha o la ventura
hacen, en fe de opinión,
enloquecer la razón
y atinar la locura.
Mas no me parece mucha
pena a que yo me sentencio,
si no es muerta de silencio
la querella que no escucha.
Las razones que no digo
no son las que menos siento,
mas por no dallas al viento
quiero que mueran conmigo.
IV
Sépase, pues ya no puedo
levantarme ni caer,
que, al menos, puedo tener
perdido a Fortuna el miedo.
Desde luego me sentencio
no solo a morir callando,
sin paciencia acreditando,
sino ahogado en silencio.
Por sacrado, a mis cuidados,
ausente remedio exijo,
que en desengaño prolijo
no hay arma contra los hados.
La fortuna se declara,
el que la rige porfía,
y mi razón, porque es mía,
me niega o me desampara.
Mas no llega esta opresión,
por más que el tiempo me ofenda,
a que el remedio pretenda
de la conmiseración.
Cuanto del agravio es ira
apriete el lazo crüel,
quizá quebrará el cordel
que le tuerce una mentira.
Fuerza de costosos daños, 25
en nuevas contrariedades,
desmintiendo las verdades,
verifica los engaños.
Mas la paciencia esta vez
vénzase a sí, que no es poco, 30
pues un Catón será loco
en manos de algún jüez.
Voime primero, que vuelto
testificaré agraviado,
que de alguno condenado 35
me quiero más que no absuelto.
Locura no fue jamás
remedio a sujeto cuerdo;
si me voy, sé que me pierdo,
y si espero, pierdo más. 40
Mas es apretado punto,
en tantos daños, sin medio,
tener el mal y el remedio,
la vida y la muerte junto.
Tarde a mi ofensa vendrá, 45
con el desengaño, aviso,
cuando aun la tierra que piso
o me falta o se me va.
En cuyo desvalimiento,
sin alivio y sin buscalle, 50
más me ahoga el procuralle
que no la falta del viento;
a donde viniera a ser
descanso el desesperar,
si se pudiera quejar 55
quien no tiene qué perder.
¿Quién vio los tronos poblados
de aplauso y de adulación,
y el aire de su ambición
hoy los tiene derribados? 60
¿Quién ha visto ejecutadas
iras de injustas querellas,
y dónde vio cometellas
ahora las ve vengadas?
Mas ya del tiempo presumo, 65
en un estado tan ciego,
que como en humo aquel fuego
volverá este fuego en humo.
Cualquier desvanecimiento
más toca en la potestad, 70
donde hay mucha voluntad
y ningún entendimiento.
Este esperar sin temer
logra plazos ofendidos,
siendo alivios de caídos 75
el no poder ya caer.
Pero con las que derribo
del tiempo fieras venganzas,
entre muertas esperanzas,
el susto me dejé vivo. 80
Grandes encubiertos lazos,
costosos inconvenientes,
si plazos, ¿cómo presentes?,
si presentes, ¿cómo plazos?
Los que contra mí se animan 85
siempre aciertan lo que trazan,
con lo futuro amenazan,
y con lo que es ya lastiman.
Nunca esta cuerda se afloja
y, con apretarme el cuello, 90
sólo de que caiga en ello,
quien más me aprieta se enoja.
Donde vienen a querer,
no sólo verme morir,
sino darme que sufrir 95
y quitarme el conocer.
Cuya violencia cruel,
que la sufro y que la miro,
por mano ajena hace tiro
para que no caiga en él. 100
Pero vaya todo así
cuanto en la fortuna cabe,
que el tiempo vengar se sabe
de quien se venga de mí.
Que aunque es ya para caer 105
tarde, quién pudiere en ello;
tarda Fortuna en hacello
porque es razón ya de ser.
Estoy tan en el profundo
que idolatrara el castigo 110
si se hundiera conmigo
cuanto me cansa en el mundo.
Pero en tan quejoso extremo,
no sé de qué mal me guardo,
ni en qué ofensa me acobardo, 115
pues todos los males temo.
Perseguido y condenado,
los que mi daño pretenden
con lo mismo que me ofenden
quieren dejarme obligado. 120
Pero podrá la malicia
de tan costosa violencia
desesperar la paciencia,
si no engañar la noticia.
Obligado yo, ¿de qué? 125
Quejoso de tantas cosas
que pierdo en las más dudosas
lugar, el mundo y la fe.
Estos valles y estos ríos,
para mí tan poco amenos, 130
mirándolos como ajenos
me lastiman como míos.
Parece melancolía
antever con ella ya,
que mala fortuna hará 135
con otra buena la mía.
De este susto no se espanta
razón que en razón estriba,
pues sólo el tiempo derriba
lo que Fortuna levanta. 140
Caen los aplausos vanos
de los más bravos progresos,
y las fábricas de excesos
mueren a sus propias manos.
El aliento ni el valor 145
no dependen de mudanza,
donde Fortuna no alcanza
como a región superior.
Luz que en propia lumbre crece
no eclipsa envidiosa nube, 150
ni al que por méritos sube
la altura le desvanece.
El poderoso crüel,
sólo a su ambición atento,
no es mucho que coja viento, 155
pues que sólo sembró en él.
Quien desvaneció una fraude
con sólo aliento sufrido
quizá verá escarnecido
lo mismo que ahora aplaude. 160
Pero ya tarde será
cura de llaga tan vieja,
que desengañada queja
desesperación es ya.
Tolerancia siempre vana 165
de su propia carne muerde,
y por ignorancia pierde
lo que por paciencia gana.
En tan dudoso partido,
¿cuál es más para aceptado, 170
un sufrir desesperado
o un desesperar sufrido?
Engaño es tratar de medio
en tiempo tan riguroso,
que no es menos peligroso 175
morir que buscar remedio.
No queda qué elegir
en tan prolijo penar
que anima el desesperar
y desespera el sufrir. 180
Bien sé yo que esta violencia,
que aun el poder no disculpa,
ha de condenar por culpa
lo que sabe que es paciencia.
Tan claro plazo ha de ser 185
que a mis cadenas lastima,
por estar sorda la lima
que las pudiera romper.
Alivio no le pretendo,
antes vengo a persuadirme, 190
que con el no resistirme
parece que me defiendo.
Su mismo agravio escrutinia
una fortuna que deja
a la paciencia con queja 195
y vengada la ignominia.
Mas como todo lo iguala
temida, buscada muerte,
lo mismo es que buena suerte
el conortarse a la mala. 200
O es estar cuerdo o muy loco
que una fortuna agraviada
no espere del tiempo nada
y todo lo tenga en poco.
Ora el sol las alas queme, 205
ora las coja el abismo;
quien vive dentro en sí mismo
ningún desengaño teme.
Deme luz otra esperanza
para que sin ésta muera, 210
ya que en lo que no se espera
ni hay engaño ni tardanza.
En cuyos largos destierros
el desengaño esta vez,
parte de aviso y jüez, 215
presta pared a mis yerros.
CANTAR DEL ALMA QUE SE HUELGA DE CONOSCER A DIOS POR FEE, San Juan de la Cruz
¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche!.
I
Aquella eterna fonte está ascondida.
¡Que bien sé yo do tiene su manida
aunque es de noche!
II
Su origen no lo sé pues no le tiene
mas sé que todo origen della viene
aunque es de noche.
III
Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben della
aunque es de noche.
IV
Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla
aunque es de noche.
V
Su claridad nunca es escurecida
y sé que toda luz de ella es venida
aunque es de noche.
VI
Sée ser tan caudalosos sus corrientes,
que infiernos cielos riegan y a las gentes
aunque es de noche.
VII
El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente
aunque es de noche.
VIII
El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede
aunque es de noche.
IX
Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida
aunque es de noche.
X
Aquí se está llamando a las criaturas
y de esta agua se hartan, aunque a escuras
porque es de noche.
XI
Aquesta viva fuente que deseo
en este pan de vida yo la veo
aunque es de noche.
aunque es de noche!.
I
Aquella eterna fonte está ascondida.
¡Que bien sé yo do tiene su manida
aunque es de noche!
II
Su origen no lo sé pues no le tiene
mas sé que todo origen della viene
aunque es de noche.
III
Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben della
aunque es de noche.
IV
Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla
aunque es de noche.
V
Su claridad nunca es escurecida
y sé que toda luz de ella es venida
aunque es de noche.
VI
Sée ser tan caudalosos sus corrientes,
que infiernos cielos riegan y a las gentes
aunque es de noche.
VII
El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente
aunque es de noche.
VIII
El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede
aunque es de noche.
IX
Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida
aunque es de noche.
X
Aquí se está llamando a las criaturas
y de esta agua se hartan, aunque a escuras
porque es de noche.
XI
Aquesta viva fuente que deseo
en este pan de vida yo la veo
aunque es de noche.
A LA VIDA RETIRADA, fray Luis de León
¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido! 5
Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado. 10
No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera. 15
¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas y mortal cuidado? 20
¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso. 25
Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero. 30
Despiértenme las aves
con su cantar süave no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
quien al ajeno abritrio está atenido. 35
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo. 40
Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto. 45
Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura. 50
Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo. 55
El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo,
que del oro y del cetro pone olvido. 60
Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver al lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían. 65
La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna; al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía. 70
A mí una pobrecilla
mesa, de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada. 75
Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
en sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando. 80
A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado. 85
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido! 5
Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado. 10
No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera. 15
¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas y mortal cuidado? 20
¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso. 25
Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero. 30
Despiértenme las aves
con su cantar süave no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
quien al ajeno abritrio está atenido. 35
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo. 40
Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto. 45
Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura. 50
Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo. 55
El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo,
que del oro y del cetro pone olvido. 60
Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver al lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían. 65
La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna; al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía. 70
A mí una pobrecilla
mesa, de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada. 75
Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
en sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando. 80
A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado. 85
NO ME MUEVE, MI DIOS, PARA QUERERTE, Juan de Ávila
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
¡Tú me mueves, Señor! Muéveme el verte 5
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muévenme en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 10
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
¡Tú me mueves, Señor! Muéveme el verte 5
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muévenme en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 10
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Otro aquí no se ve que frente a frente, Francisco de Aldana
Otro aquí no se ve que frente a frente
animoso escuadrón moverse guerra,
sangriento humor teñir la verde tierra
y tras honroso fin correr la gente.
Este es el dulce son que acá se siente:
«¡España, Santïago, cierra, cierra!»
y por süave olor que el aire atierra
humo que azufre dar con llama ardiente.
El gusto envuelto va tras corrompida
agua, y el tacto sólo apalpa y halla
duro trofeo de acero ensangrentado,
hueso en astilla, en él carne molida,
despedazado arnés, rasgada malla...
¡Oh sólo, de hombres, digno y noble estado!
animoso escuadrón moverse guerra,
sangriento humor teñir la verde tierra
y tras honroso fin correr la gente.
Este es el dulce son que acá se siente:
«¡España, Santïago, cierra, cierra!»
y por süave olor que el aire atierra
humo que azufre dar con llama ardiente.
El gusto envuelto va tras corrompida
agua, y el tacto sólo apalpa y halla
duro trofeo de acero ensangrentado,
hueso en astilla, en él carne molida,
despedazado arnés, rasgada malla...
¡Oh sólo, de hombres, digno y noble estado!
MIL VECES CALLO, QUE ROMPER DESEO, Francisco de Aldana
Mil veces callo, que romper deseo
el cielo a gritos, y otras tantas tiento
dar a mi lengua voz y movimiento,
que en silencio mortal yacer la veo.
Anda cual velocísimo correo
por dentro el alma el suelto pensamiento,
con alto, y de dolor, lloroso acento,
casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.
No halla la memoria o la esperanza
rastro de imagen dulce y deleitable
con que la voluntad viva segura.
Cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,
muerte que tarda, llanto inconsolable,
desdén del cielo, error de la ventura.
el cielo a gritos, y otras tantas tiento
dar a mi lengua voz y movimiento,
que en silencio mortal yacer la veo.
Anda cual velocísimo correo
por dentro el alma el suelto pensamiento,
con alto, y de dolor, lloroso acento,
casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.
No halla la memoria o la esperanza
rastro de imagen dulce y deleitable
con que la voluntad viva segura.
Cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,
muerte que tarda, llanto inconsolable,
desdén del cielo, error de la ventura.
YA SE ACERCA, SEÑOR, O YA ES LLEGADA, Hernando de Acuña
Ya se acerca, señor, o ya es llegada
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio, en tal jornada,
os muestra el fin de nuestro santo celo
y anuncia al mundo, para más consuelo,
un Monarca, un Imperio y una Espada.
Ya el orbe de la tierra siente en parte
y espera en todo vuestra monarquía,
conquistada por vos en justa guerra.
Que a quien ha dado Cristo su estandarte,
dará el segundo más dichoso día
en que, vencido el mar, venza la tierra.
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio, en tal jornada,
os muestra el fin de nuestro santo celo
y anuncia al mundo, para más consuelo,
un Monarca, un Imperio y una Espada.
Ya el orbe de la tierra siente en parte
y espera en todo vuestra monarquía,
conquistada por vos en justa guerra.
Que a quien ha dado Cristo su estandarte,
dará el segundo más dichoso día
en que, vencido el mar, venza la tierra.
RECONOCIMIENTO DE LA VANIDAD DEL MUNDO, Francisco de Aldana
En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo;
tras tanto acá y allá, yendo y viniendo
cual sin aliento, inútil peregrino;
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino
yo mismo de mi mal ministro siendo,
hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido;
y en un rincón vivir con la vitoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo;
tras tanto acá y allá, yendo y viniendo
cual sin aliento, inútil peregrino;
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino
yo mismo de mi mal ministro siendo,
hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido;
y en un rincón vivir con la vitoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.
MADRIGAL, Gutierre de Cetina
Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.
DICEN QUE ME CASE YO, Gil Vicente
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
Más quiero vivir segura
n'esta sierra a mi soltura,
que no estar en ventura
si casaré bien o no.
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
Madre, no seré casada
por no ver vida cansada,
o quizá mal empleada
la gracia que Dios me dio.
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
No será ni es nacido
tal para ser mi marido;
y pues que tengo sabido
que la flor ya me la só,
dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
no quiero marido, no.
Más quiero vivir segura
n'esta sierra a mi soltura,
que no estar en ventura
si casaré bien o no.
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
Madre, no seré casada
por no ver vida cansada,
o quizá mal empleada
la gracia que Dios me dio.
Dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
No será ni es nacido
tal para ser mi marido;
y pues que tengo sabido
que la flor ya me la só,
dicen que me case yo:
no quiero marido, no.
MUY GRACIOSA ES LA DONCELLA, Gil Vicente
Muy graciosa es la doncella,
¡cómo es bella y hermosa!
Digas tú, el marinero
que en las naves vivías,
si la nave o la vela o la estrella
es tan bella.
Digas tú, el caballero
que las armas vestías,
si el caballo o las armas o la guerra
es tan bella.
Digas tú, el pastorcico
que el ganadico guardas,
si el ganado o los valles o la sierra
es tan bella.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)