lunes, 20 de julio de 2015

Federico García Lorca, Algunos poemas de Poeta en Nueva York

De Poeta en Nueva York:

PEQUEÑO VALS VIENÉS

    
En Viena hay diez muchachas, 
un hombro donde solloza la muerte 
y un bosque de palomas disecadas. 
Hay un fragmento de la mañana 
en el museo de la escarcha. 
Hay un salón con mil ventanas. 
        ¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals con la boca cerrada.
  
Este vals, este vals, este vals, 
de sí, de muerte y de coñac 
que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero, 
con la butaca y el libro muerto, 
por el melancólico pasillo, 
en el oscuro desván del lirio, 
en nuestra cama de la luna 
y en la danza que sueña la tortuga. 
        ¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos 
donde juegan tu boca y los ecos. 
Hay una muerte para piano 
que pinta de azul a los muchachos. 
Hay mendigos por los tejados. 
Hay frescas guirnaldas de llanto. 
        ¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío, 
en el desván donde juegan los niños, 
soñando viejas luces de Hungría 
por los rumores de la tarde tibia, 
viendo ovejas y lirios de nieve 
por el silencio oscuro de tu frente. 
        ¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals del "Te quiero siempre". 

En Viena bailaré contigo 
con un disfraz que tenga 
cabeza de río. 
¡Mira qué orilla tengo de jacintos! 
Dejaré mi boca entre tus piernas, 
mi alma en fotografías y azucenas, 
y en las ondas oscuras de tu andar 
quiero, amor mío, amor mío, dejar, 
violín y sepulcro, las cintas del vals.

    DANZA DE LA MUERTE

Un pájaro de papel en el pecho dice que el tiempo de los besos no ha llegado.

VICENTE ALEIXANDRE

El Mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Cómo viene del África a New York!

Se fueron los árboles de la pimienta, 
los pequeños botones de fósforo. 
Se fueron los camellos de carne desgarrada 
y los valles de luz que el cisne levantaba con el pico.

Era el momento de las cosas secas, 
de la espiga en el ojo y el gato laminado, 
del óxido de hierro de los grandes puentes 
y el definitivo silencio del corcho.

Era la gran reunión de los animales muertos, 
traspasados por las espadas de la luz; 
la alegría eterna del hipopótamo con las pezuñas de ceniza 
y de la gacela con una siempreviva en la garganta.

En la marchita soledad sin honda 
el abollado mascarón danzaba. 
Medio lado del mundo era de arena, 
mercurio y sol dormido el otro medio.

El mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Arena, caimán y miedo sobre Nueva York!

        *

Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío 
donde sonaban las voces de los que mueren bajo el guano. 
Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo, 
con el bozo y lirio agudo de sus montañas invisibles,

acabó con los más leves tallitos del canto 
y se fue al diluvio empaquetado de la savia, 
a través del descanso de los últimos desfiles, 
levantando con el rabo pedazos de espejo.

Cuando el chino lloraba en el tejado 
sin encontrar el desnudo de su mujer 
y el director del banco observaba el manómetro 
que mide el cruel silencio de la moneda, 
el mascarón llegaba al Wall Street.

No es extraño para la danza 
este columbario que pone los ojos amarillos. 
De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso 
que atraviesa el corazón de todos los niños pobres. 
El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico, 
ignorantes en su frenesí de la luz original. 
Porque si la rueda olvida su fórmula, 
ya puede cantar desnuda con las manadas de caballos; 
y si una llama quema los helados proyectos, 
el cielo tendrá que huir ante el tumulto de las ventanas. 
No es extraño este sitio para la danza, yo lo digo. 
El mascarón bailará entre columnas de sangre y de números, 
entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados 
que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces, 
¡oh salvaje Norteamérica! ¡oh impúdica! ¡oh salvaje, 
tendida en la frontera de la nieve!

El mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Qué ola de fango y luciérnaga sobre Nueva York!

        *

Yo estaba en la terraza luchando con la luna. 
Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche. 
En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos. 
Y las brisas de largos remos 
golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.

La gota de sangre buscaba la luz de la yema del astro 
para fingir una muerta semilla de manzana. 
El aire de la llanura, empujado por los pastores, 
temblaba con un miedo de molusco sin concha.

Pero no son los muertos los que bailan, 
estoy seguro. 
Los muertos están embebidos, devorando sus propias manos. 
Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela; 
son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos, 
los que crecen en el cruce de los muslos y llamas duras, 
los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras, 
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta 
o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.

¡Que no baile el Papa! 
¡No, que no baile el Papa! 
Ni el Rey, 
ni el millonario de dientes azules, 
ni las bailarinas secas de las catedrales, 
ni construcciones, ni esmeraldas, ni locos, ni sodomitas. 
Sólo este mascarón, 
este mascarón de vieja escarlatina, 
¡sólo este mascarón!

Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos, 
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas, 
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo, 
que ya vendrán lianas después de los fusiles 
y muy pronto, muy pronto, muy pronto. 
¡Ay, Wall Street!

El mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Cómo escupe veneno de bosque 
por la angustia imperfecta de Nueva York!

GRITO HACIA ROMA (DESDE LA TORRE DEL CHRYSLER BUILDING)

Manzanas levemente heridas 
por finos espadines de plata, 
nubes rasgadas por una mano de coral 
que lleva en el dorso una almendra de fuego, 
Peces de arsénico como tiburones, 
tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud, 
rosas que hieren 
Y agujas instaladas en los caños de la sangre, 
mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos 
caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula 
que untan de aceite las lenguas militares 
donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma 
y escupe carbón machacado 
rodeado de miles de campanillas.

Porque ya no hay quien reparte el pan ni el vino, 
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto, 
ni quien abra los linos del reposo, 
ni quien llore por las heridas de los elegantes. 
No hay más que un millón de herreros 
forjando cadenas para los niños que han de venir. 
No hay más que un millón de carpinteros 
que hacen ataúdes sin cruz. 
No hay más que un gentío de lamentos 
que se abren las ropas en espera de la bala. 
El hombre que desprecia la paloma debía hablar, 
debía gritar desnudo entre las columnas, 
y ponerse una inyección para adquirir la lepra 
y llorar un llanto tan terrible 
que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante. 
Pero el hombre vestido de blanco 
ignora el misterio de la espiga, 
ignora el gemido de la parturienta, 
ignora que Cristo puede dar agua todavía, 
ignora que la moneda quema el beso de prodigio 
y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.

Los maestros enseñan a los niños 
una luz maravillosa que viene del monte; 
pero lo que llega es una reunión de cloacas 
donde gritan las oscuras ninfas del cólera. 
Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas; 
pero debajo de las estatuas no hay amor, 
no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo. 
El amor está en las carnes desgarradas por la sed, 
en la choza diminuta que lucha con la inundación; 
el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre, 
en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas 
y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.

Pero el viejo de las manos traslucidas 
dirá: amor, amor, amor, 
aclamado por millones de moribundos; 
dirá: amor, amor, amor, 
entre el tisú estremecido de ternura; 
dirá: paz, paz, paz, 
entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita; 
dirá: amor, amor, amor, 
hasta que se le pongan de plata los labios.

Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto, 
los negros que sacan las escupideras, 
los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los 
directores, 
las mujeres ahogadas en aceites minerales, 
la muchedumbre de martillo, de violín o de nube, 
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro, 
ha de gritar frente a las cúpulas, 
ha de gritar loca de fuego, 
ha de gritar loca de nieve, 
ha de gritar con la cabeza llena de excremento, 
ha de gritar como todas las noches juntas, 
ha de gritar con voz tan desgarrada 
hasta que las ciudades tiemblen como niñas 
y rompan las prisiones del aceite y la música, 
porque queremos el pan nuestro de cada día, 
flor de aliso y perenne ternura desgranada, 
porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra 
que da sus frutos para todos.

  ODA A WALT WHITMAN

Por el East River y el Bronx 
los muchachos cantan enseñando sus cinturas, 
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo. 
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas 
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía, 
ninguno quería ser el río, 
ninguno amaba las hojas grandes, 
ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough 
los muchachos luchaban con la industria, 
y los judíos vendían al fauno del río 
la rosa de la circuncisión 
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados 
manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía, 
ninguno quería ser nube, 
ninguno buscaba los helechos 
ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga 
las poleas rodarán para turbar el cielo; 
un límite de agujas cercará la memoria 
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno, 
Nueva York de alambres y de muerte. 
¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla? 
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo? 
¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman, 
he dejado de ver tu barba llena de mariposas, 
ni tus hombros de pana gastados por la luna, 
ni tus muslos de Apolo virginal, 
ni tu voz como una columna de ceniza; 
anciano hermoso como la niebla 
que gemías igual que un pájaro 
con el sexo atravesado por una aguja, 
enemigo del sátiro, 
enemigo de la vid 
y amante de los cuerpos bajo la burda tela. 
Ni un solo momento, hermosura viril 
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles, 
soñabas ser un río y dormir como un río 
con aquel camarada que pondría en tu pecho 
un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho, 
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman, 
porque por las azoteas, 
agrupados en los bares, 
saliendo en racimos de las alcantarillas, 
temblando entre las piernas de los chauffeurs 
o girando en las plataformas del ajenjo, 
los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

¡También ese! ¡También!  Y se despeñan 
sobre tu barba luminosa y casta, 
rubios del norte, negros de la arena, 
muchedumbres de gritos y ademanes, 
como gatos y como las serpientes, 
los maricas, Walt Whitman, los maricas 
turbios de lágrimas, carne para fusta, 
bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También!  Dedos teñidos 
apuntan a la orilla de tu sueño 
cuando el amigo come tu manzana 
con un leve sabor de gasolina 
y el sol canta por los ombligos 
de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados, 
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños, 
ni la saliva helada, 
ni las curvas heridas como panza de sapo 
que llevan los maricas en coches y terrazas 
mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río, 
toro y sueño que junte la rueda con el alga, 
padre de tu agonía, camelia de tu muerte, 
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite 
en la selva de sangre de la mañana próxima. 
El cielo tiene playas donde evitar la vida 
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía agonía, sueño, fermento y sueño. 
Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía. 
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades, 
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises, 
los ricos dan a sus queridas 
pequeños moribundos iluminados, 
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo 
por vena de coral o celeste desnudo. 
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo 
una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman, 
entra el niño que escribe 
nombre de niña en su almohada, 
ni contra el muchacho que se viste de novia 
en la oscuridad del ropero, 
ni contra los solitarios de los casinos 
que beben con asco el agua de la prostitución, 
ni contra los hombres de mirada verde 
que aman al hombre y queman sus labios en silencio. 
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades, 
de carne tumefacta y pensamiento inmundo, 
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño 
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos 
gotas de sucia muerte con amargo veneno. 
Contra vosotros siempre, 
Faeries de Norteamérica, 
Pájaros de la Habana, 
Jotos de Méjico, 
Sarasas de Cádiz, 
Apios de Sevilla, 
Cancos de Madrid, 
Floras de Alicante, 
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas! 
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores, 
abiertos en las plazas con fiebre de abanico 
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel!  La muerte 
mana de vuestros ojos 
y agrupa flores grises en la orilla del cieno. 
¡No haya cuartel! ¡Alerta! 
Que los confundidos, los puros, 
los clásicos, los señalados, los suplicantes 
os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson 
con la barba hacia el polo y las manos abiertas. 
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando 
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo. 
Duerme, no queda nada. 
Una danza de muros agita las praderas 
y América se anega de máquinas y llanto. 
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda 
quite flores y letras del arco donde duermes 
y un niño negro anuncie a los blancos del oro 
la llegada del reino de la espiga.


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