domingo, 9 de agosto de 2015

Conrado Nalé Roxlo, A la manera de Alejandro Dumas padre

Conrado Nalé Roxlo,  Antología apócrifa. Buenos Aires: Kapelusz, 1971, pp. 124-127.

A la manera de Alejandro Dumas (padre)

He aquí uno de los capítulos más sombríos de la historia de Francia que, como el triste episodio del Hombre de la Máscara de Hierro y otros del mismo jaez, ha sido escamoteado persistentemente por los historiadores oficiales, pero que se encuentra debidamente documentado por un cronista de la época en los archivos secretos de la "Biblioteca Mazarino", apartado 316, casillero 489, expediente 1975. El cronista anónimo nos narra lo siguiente, en el pintoresco francés de la época: 

"El rey Sol amaneció nublado aquella mañana. Su nube no era detristeza, ni de mal humor, ni de furia; era, simplemente, una nube de distracción. Esto fue notado desde el primer momento por los cortesanos, basándose en el hecho, francamente insólito, de que, durante el besamanos, varias veces se equivocó ofreciendo a los labios palatinos su regio pie. Con tal motivo, el señor de Voltaire hizo esta ingeniosa frase: "Su Majestad da hoy más pie que nunca para la adulación". Luisa de Lavalliére fue confundida por él con una simple sirvienta y reprendida severamente por no haber barrido las escaleras del Louvre. Para desagraviarla, le regaló un collar de perlas, cuyo precio excesivo habría hecho temblar las finanzas del reino, cosa que no ocurrió porque se olvidó de pagarlo. Pero el episodio más grave fue el del desdichado maese Roulet. Maese Roulet era el encargado de mantener templados y en orden los cuernos de Su Majestad. Su colección de cuernos de caza era célebre. Maese Roulet se presentó aquella mañana llevando al rey una nueva pieza para su colección. El instrumento estaba hecho con el cuerno derecho de un toro sagrado de la India, y sonaba maravillosamente. El rey resopló los primeros compases de su alalí favorito, y, al devolver el instrumento al buen menestral, le dijo:

-Es de los buenos, marqués.

-Sire -respondió el bueno de Roulet-, yo no soy marqués, pertenezco al estado llano.

-El rey de Francia no se equivoca. Desde hoy lo eres.

-Gracias, sire. Y, si no es indiscreción, ¿marqués de qué?

-Marqués del Cuerno

Fue la regia respuesta. Una dama, de las muchas que en aquella época tenían abierta "boutique d'esprit", susurró: -He ahí un título al que la mitad de la nobleza tiene derechos adquiridos. Al oírla, el severo Fenelón enrojeció como una doncella. El nuevo marqués preguntó: -Sire, ¿Puedo retirarme? A lo que el rey Sol, que había vuelto a caer en la distracción que regía aquella mañana, le respondió: -Id con Dios, estimado conde. -¿Esto también va en serio, sire? -interrogó Roulet. -¿El qué, muchacho? -Lo de conde.-
Sacré nom d'un chien! -gritó Su Majestad, furioso por haberse equivocado otra vez; pero, no queriendo dar su cetro a torcer, pues era bastante testarudo, agregó-: Cuando yo digo conde, conde es.
-Gracias, Majestad, ¿y conde de qué soy ahora? -De lo mismo. 

Pero un maestro de heráldica, ciencia que respetaba mucho Luis XIV, explicó que, al ascenderle en la escala de la nobleza, tendría que agregarle otro cuerno por lo menos. Y así se resolvió.

-¿Quedamos, entonces -dijo el monarca-, en que sois duque de los Dos Cuernos?

-Duque no, simplemente conde.

-¿He dicho duque? ¡Pues sea, y no me repliquéis! ¡En mi vida he visto un príncipe más contestador!

-¿A qué príncipe os referís, sire? -preguntó el primer ministro Fouquet, bastante alarmado por el giro que tomaba el asunto.

-¡A este príncipe Roulet de los cien mil cuernos! -exclamó el rey fuera de sí, y agregó, ya perdidos los estribos de la corona-: ¡Idos de aquí, Majestad, o me enloqueceréis!

Un impresionante silencio recorrió la corte. Los cimientos del Louvre temblaban. El monarca, recobrando su escasa lucidez, dijo entonces:

-Lo siento mucho, mi pobre Roulet, pero, como no puede haber dos reyes en Francia, pues el rey es el jefe del Estado y el Estado soy yo, no tengo más remedio que hacerte ejecutar; eso sí, con honores reales.

Y el verdugo de París cumplió el penoso deber de decapitar en secreto a Jacobo Honorato Roulet, rey de Francia. 

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