domingo, 26 de julio de 2015

Fedrico Balart, Restitución

Restitución

Federico Balart (1831–1905)

Estas pobres canciones que te consagro,
en mi mente han nacido por un milagro.
Desnudas de las galas que presta el arte,
mi voluntad en ellas no tiene parte:
yo no sé resistirlas ni suscitarlas;
yo ni aun sé comprenderlas al formularlas;
y es en mí su lamento, sentido y grave,
natural como el trino que lanza el ave.
santas inspiraciones que tú me envías,
puedo decir, esposa, que no son mías:
pensamiento y palabra de ti recibo;
tú en silencio las dictas; yo las escribo.

Desde que abandonaste nuestra morada,
de la mortal escoria purificada,
transformado está el fondo del alma mía,
y voces oigo en ella que antes no oía.
Todo cuanto en la tierra y el mar y el viento
tiene matiz, aroma, forma o acento,
de mi ánimo abatido turba la calma
y en canción se convierte dentro del alma.
Y es que, en estas tinieblas donde me pierdo,
todo está confundido con tu recuerdo:
¡Sin él, todo es silencio, sombra y vacío
en la tierra y el viento y el mar bravío!

Revueltos peñascales, áspera breña
donde salta el torrente de peña en peña;
corrientes bullidoras del claro río;
religiosos murmullos del bosque umbrío;
tórtola que en sus frondas unes tus quejas
al calmante zumbido de las abejas;
águila que levantas el corvo vuelo
por el azul espacio que cubre el cielo;
golondrina que emigras cuando el Octubre,
con sus pálidas hojas el suelo cubre,
y al amor de tu nido tornas ligera
cuando esparce sus flores la primavera;
aura mansa que llevas, en vuelo tardo,
efluvios de azucena, jazmín y nardo;
brisas que en el desierto sois mensajeras
de los tiernos amores de las palmeras
(¡de las pobres palmeras que, separadas,
se miran silenciosas y enamoradas!);
pardas nieblas del valle, nieves del monte,
cambiantes y vislumbres del horizonte;
tempestad que bramando con ronco acento
tus cabellos de lluvia tiendes al viento;
solitaria ensenada, restinga ignota
donde oculta su nido la gaviota;
olas embravecidas que pone a raya
con sus rubias arenas la corva playa;
grutas donde repiten con sordo acento
sus querellas y halagos la mar y el viento;
velas desconocidas que en lontananza
pasáis como los sueños de la esperanza;
nebuloso horizonte, tras cuyo velo
sus límites confunden la mar y el cielo;
rayo de sol poniente que te abres paso
por los rotos celajes del triste ocaso;
melancólico rayo de blanca luna
reflejado en la cresta de escueta duna;
negra noche que dejas de monte a monte
granizado de estrellas el horizonte;
lamento misterioso de la campana
que en la nocturna sombra suena lejana,
pidiendo por ciudades y por desiertos
la oración de los vivos para los muertos;
plegaria que te elevas entre la nube
del incienso que en ondas al cielo sube
cuando al Señor dirigen himnos fervientes
santos anacoretas y penitentes:
catedrales ruinosas, mudas y muertas,
cuyas góticas naves hallo desiertas,
cuyas leves agujas, al cielo alzadas,
parecen oraciones petrificadas;
torres donde, por cima de la veleta
que a merced de los vientos se agita inquieta,
señalando regiones que nadie ha visto
tiende inmóvil sus brazos la fe de Cristo:
luces, sombras, murmullos, flores, espumas,
transparentes neblinas, espesas brumas,
valles, montes, abismos, tormentas, mares,
auras, brisas, aromas, nidos y altares,
vosotros en el fondo del alma mía
despertáis siempre un eco de poesía:
y es que siempre a vosotros encuentro unido
el recuerdo doliente del bien perdido.
Sin él, ¿qué es la grandeza, qué es el tesoro
de la tierra y el viento y el mar sonoro?

Ya lo ves: las canciones que te consagro,
en mi mente han nacido por un milagro.
Nada en ellas es mío, todo es don tuyo:
por eso a ti, de hinojos, las restituyo.
¡Pobres hojas caídas de la arboleda,
sin su verdor el alma desnuda queda!

Pero no, que aun te deben mis desventuras
otras más delicadas, otras más puras:
canciones que, por miedo de profanarlas,
en el alma conservo sin pronunciarlas;
recuerdos de las horas que, embelesado,
en nuestro pobre albergue pasé a tu lado,
cuando al alma y al cuerpo daban pujanza
juventud y cariño, fe y esperanza;
cuando, lejos del mundo parlero y vano,
íbamos por la vida mano con mano;
cuando, húmedos los ojos, juntas las palmas,
en una se fundían nuestras dos almas:
canciones silenciosas que el alma hieren;
canciones que en mí nacen y que en mí mueren;
¡hechizadas canciones, con cuyo encanto
a mis áridos ojos se agolpa el llanto!

Y aun a veces aplacan mis amarguras
otras más misteriosas, otras más puras:
canciones sin palabra, sin pensamiento,
vagas emanaciones del sentimiento;
silencioso gemido de amor y pena
que, en el fondo del pecho, callado suena;
aspiración confusa que, en vivo anhelo,
ya es canción, ya plegaria que sube al cielo;
inquietudes del alma, de amor herida;
vagos presentimientos de la otra vida;
éxtasis de la mente que a Dios se lanza;
luminosos destellos de la esperanza;
voces que me aseguran que podré verte
cuando al mundo mis ojos cierre la muerte:
¡canciones que, por santas, no tienen nombres
en la lengua grosera que hablan los hombres!
Esas son las que endulzan mi amargo duelo;
esas son las que el alma llaman al cielo;
esas de mi esperanza fijan el polo,
¡y esas son las que guardo para mí solo!

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